Recuerdo leer una nota larga sobre John Ashker que me dejó pensando en lo prodigioso de su curiosidad; según lo que contaban, no se formó en un solo lugar fijo sino en una suma de experiencias. Yo lo imagino así: muchas horas de lectura atenta, cursos cortos y talleres intensivos con
autores de distintos estilos, más estancias en residencias literarias donde podía probar ideas y recibir críticas en
caliente. Ese tipo de aprendizaje, mixto y práctico, suele forjar técnicas narrativas más personales que un currículo rígido.
En mis
lecturas posteriores descubrí que Ashker valorizaba mucho el aprendizaje colaborativo: escribía en comunidades, participaba en mesas de lectura y buscaba retroalimentación directa. Además, indagó en tradiciones narrativas ajenas a su propia cultura, lo cual amplió su paleta técnica. Todo eso suena a que su formación fue muy autodidacta, potenciada por
mentores puntuales y por la práctica constante. Me gusta pensar que, más que diplomas, acumuló ejercicios, borradores y correcciones que terminaron siendo su escuela.
Eso me inspira: me recuerda que estudiar narrativa no significa solo estar en una universidad, sino exponerse a lecturas diversas, talleres donde te obliguen a reescribir, y residencias que te sacudan de la rutina. Al final, su técnica parece fruto de la curiosidad sostenida y de buscar rigor en cada texto que entregaba.