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El asesino en «La matanza de Texas» es Leatherface, un personaje perturbador que forma parte de una familia disfuncional de caníbales. Lo que más me impacta es cómo retrata la soledad rural y la decadencia del sueño americano. Usa una máscara de piel humana y maneja esa motosierra con una torpeza que resulta aterradora. No es un asesino inteligente como Hannibal Lecter, sino más instintivo, casi animal. La película juega con nuestros miedos más primitivos, sin necesidad de explicaciones psicológicas complejas.
El contexto socioeconómico de Texas en los 70 también añade capas de significado. Leatherface no nació monstruo, se convirtió en uno por su entorno. Eso lo hace más real y, por tanto, más escalofriante. No necesita diálogos memorables; su presencia física basta para generar incomodidad.
Leatherface, claro. Pero lo interesante está en los detalles que rodean su personaje. La casa llena de huesos, el negocio familiar de carne humana, incluso el martillo que usa en una escena. Todo construye una mitología propia. No sigue las reglas típicas del slasher: no persigue adolescentes, no tiene un motivo vengativo. Mata por necesidad, como quien sacrifica ganado. Eso lo separa de Jason o Freddy Krueger. Es más víctima que villano, producto de un sistema familiar enfermo que normaliza lo aberrante.
Leatherface, pero olvida el nombre. Importa cómo lo percibes: desproporcionado, jadeante, torpe. Grita cuando mata, como si también sufriera. No controla la situación; la familia sí. Él solo reacciona. Usa trajes distintos según el «trabajo»: delantal de carnicero, corbata para «recibir visitas». Esa teatralidad involuntaria lo hace impredecible. No es un villano, es un síntoma de algo peor: la América profunda que nadie quiere ver.
Leatherface. Pero lo genial está en cómo lo filman. Los planos cerrados en su ojo sudoroso, los sonidos de la motosierra que ahogaban diálogos. Tobe Hooper convirtió limitaciones presupuestarias en estilo. El asesino no necesita hablar cuando su herramienta lo hace por él. ¿Sabías que el actor (Gunnar Hansen) casi se desmayó dentro del traje por el calor texano? Eso añade autenticidad a su agotamiento visible. No es un asesino, es un obrero del horror.
Leatherface, obvio. Pero dime, ¿alguna vez te fijaste en su dinámica familiar? Es el brazo ejecutor de un clan donde cada miembro tiene roles definidos: el abuelo decrépito como figura patriarcal, el hermano que trae «carne fresca». Es como una empresa macabra con estructura jerárquica. Su violencia no es gratuita; tiene un propósito económico dentro de su lógica retorcida. Cuando cuelga a esa chica en el gancho de carne, no es solo por sadismo: es almacenamiento eficiente. Esa cotidianidad horroriza más que cualquier monstruo sobrenatural.