Tengo en la memoria noches enteras leyendo a quienes reinventaron el cuento en Latinoamérica.
Si tuviera que señalar a unos cuantos, arrancaría por
horacio quiroga: su pulso para el paisaje y lo trágico, sobre todo en «
cuentos de amor de locura y de muerte», trazó un territorio emocional y natural que marcó a generaciones. Después viene
jorge luis borges, que rompió esquemas con la metaficción y los laberintos en «Ficciones» y «El
aleph», enseñándonos que el cuento podía ser filosófico y delirante a la vez.
No puedo dejar de mencionar a Julio Cortázar, que multiplicó las posibilidades formales con piezas como «Final del juego» y «Bestiario», y a Juan Rulfo, cuyo silencio y economía en «El llano en llamas» hicieron que lo dicho pesara como un golpe. Sumando voces como Juan José Arreola, Alejo Carpentier y, más tarde, Gabriel García Márquez en sus relatos, se fue conformando lo que hoy llamamos el cuento latinoamericano moderno. Para mí, esa mezcla de experimentación, mitos locales y dolor social es lo que lo hace tan vivo.