Me encanta perderme en las historias detrás de los
dioses egipcios; es como abrir un cómic antiguo lleno de símbolos y rituales.
En el centro de todo estaba
ra (o Re), el dios del sol, adorado como la fuerza que daba luz y vida. A Ra se le unieron otros grandes como Amun, que empezó como una deidad tebana y terminó fundiéndose con Ra en la famosa forma «Amun‑Ra», símbolo del poder estatal en la época de Tebas. Osiris y Isis forman la pareja funeraria más poderosa: Osiris rey muerto y juez de los difuntos, Isis protectora y madre mágica; su mito sobre la muerte y resurrección marcó la esperanza del más allá.
Horus, hijo de Isis y Osiris, representaba la realeza y la protección del faraón; Anubis supervisaba la momificación y el tránsito al juicio, y Thoth llevaba las cuentas y la escritura. No puedo dejar de mencionar a Ptah, patrón de los artesanos en Menfis, y a Hathor o Bastet,
diosas muy queridas que cubrían desde la música y el amor hasta la protección doméstica. Cada dios tenía templos, festivales y clanes de sacerdotes que hacían que la religión fuera parte del día a día.
Me resulta emocionante cómo esos personajes no eran solo mitos: eran una forma de entender la naturaleza, la muerte y la autoridad. Al pensar en ellos, siento que aún hablan desde las paredes de los templos.