Siempre me ha fascinado cómo un libro puede nacer de otros libros y de la vida real al mismo tiempo: en el caso de «Don Quijote», la fuente histórica más clara son los viejos libros de caballerías, con «Amadís de Gaula» como el referente más señalado. Yo veo a Cervantes riéndose y a la vez llorando sobre esa tradición literaria: por un lado
parodia los exagerados ideales caballerescos, y por otro les reconoce una potencia narrativa que había marcado generaciones. «Amadís de Gaula» ofrecía el modelo de caballero andante, hazañas imposibles y amores cortesanos; Cervantes toma esa materia y la pone en el filtro de la realidad cotidiana de la España del siglo XVII, desmontando mitos con humor y ternura.
Además, no creo que se trate solo de un libro concreto: hay una mezcla de influencias. Personalmente creo que Cervantes también bebió de otras obras y tradiciones —pienso en «Tirant lo Blanc» y en la épica renacentista, incluso en los romances de caballería castellanos— y en la situación histórica de su tiempo. Su propia experiencia como
soldado y cautivo en Argel dejó huellas: el contraste entre la gloria narrada en los libros y la experiencia dura y prosaica de la vida real está en el corazón de «El ingenioso
hidalgo «Don Quijote» de la Mancha». La España de la baja Edad Media y el inicio de la modernidad, con hidalgos empobrecidos, cambios económicos y el auge de la imprenta, también son fuentes históricas que alimentan la novela.
Al final, me gusta pensar que la “fuente histórica” del Quijote no es solo un documento, sino un cruce: la tradición de los libros de caballerías (con «Amadís» como nombre propio inevitable), la propia biografía de Cervantes y el contexto social de su época. Todo eso hace que el libro funcione a muchos niveles: como sátira, como homenaje y como espejo social. Me deja la sensación de que Cervantes reclamó para la literatura la capacidad de mirar al pasado con ironía y cariño a la vez, y por eso sigo volviendo a sus páginas con ganas.