Recuerdo con claridad la primera vez que vi a Kerwin Mathews encabezando una película
fantástica: su presencia me pareció hecha a la medida del héroe clásico. En «The 7th Voyage of Sinbad» (1958) encarna a Simbad con ese porte de
aventurero romántico:
valiente, charmoso y siempre dispuesto a enfrentarse a
criaturas imposibles creadas por Ray Harryhausen. Esa película es la que lo convirtió en
sinónimo de héroe de efectos especiales en stop-motion, y su química con los
monstruos y paisajes exóticos se queda en la memoria.
También llegó a otros papeles que reforzaron esa imagen
aventurera. En «The 3 Worlds of Gulliver» (1960) interpretó a Lemuel Gulliver, un hombre que despierta en
tres mundos distintos, desde reinos de enanos a civilizaciones gigantes; allí su actuación se centra más en la reacción humana
frente a lo fantástico, y muestra su habilidad para llevar el peso dramático cuando la historia exige más que acción. Unos años después, en «Jack the Giant Killer» (1962), da vida a Jack, un joven audaz que se enfrenta a gigantes y
brujas en una suerte de cuento medieval: es su versión más juvenil y juguetona del héroe.
Más allá de los títulos, lo que realmente me gusta de Mathews es cómo representó ese tipo de protagonista clásico que hace creíble lo increíble: no hace falta que hable mucho, su mirada y su energía ya cuentan la aventura. Para quien disfruta de los clásicos de efectos prácticos y
fantasía ochentera—bueno, en realidad más bien finales de los 50 y principios de los 60—estas tres películas son la mejor carta de presentación de su cine; siempre vuelvo a ellas cuando quiero un buen rato de escapismo y nostalgia.