Con el viento salado aún en la piel, recuerdo los tramos que más me marcaron cuando crucé pueblos costeros que parecen salidos de una postal: la carretera SS163 que serpentea por la «Costa Amalfitana», donde Positano y Amalfi aparecen y desaparecen entre curvas y miradores; el sendero y los vapores entre los cinco de «Cinque Terre» (Monterosso, Vernazza, Corniglia, Manarola y Riomaggiore), que combinan caminata y barco para conectar cada alma del lugar; y la D8 croata, esa carretera junto al Adriático que enlaza pequeñas joyas como Split, Makarska y Dubrovnik, mientras ferris regulares llevan a las islas cercanas. Me gusta pensar en estas rutas como una mezcla de carretera, tren costero y rutas marítimas: cada tramo tiene su ritmo propio, a veces lento y contemplativo, otras veces rápido y vibrante con bares y mercados de pescado. En viajes distintos he elegido medios diferentes según el humor: en la «Costa Brava» preferí saltar de cala en cala en barco desde Calella de Palafrugell hasta Begur, disfrutando del contraste entre playas escondidas y pueblos con casas de pescadores; en la Riviera Francesa probé la línea de tren TER que te deja en Villefranche-sur-Mer y Antibes sin tener que lidiar con el tráfico, ideal para días de playa y aperitivos; en Grecia, los ferris entre las Cícladas (Santorini, Naxos, Paros) son rutas esenciales para conectar pueblos marineros llenos de escaleras blancas y tabernas marinas. También guardo cariño a carreteras menos obvias: la Atlanterhavsveien en Noruega, con su arquitectura sobre el mar que une comunidades costeras, o la Pacific Coast Highway en California, que convierte cada parada (Monterey, Carmel, Big Sur) en una experiencia distinta gracias a miradores y senderos costeros. Si te atrae recorrer estos pueblos, mi consejo personal es mezclar transportes: a veces tomo el coche para ver miradores y luego dejo el vehículo para explorar a pie o en barco; otras veces el tren o el ferry te regala la mejor perspectiva. Me encanta cómo cada ruta tiene su banda sonora: bocinas de pesca en la mañana, pasos sobre piedras en las callejuelas, olas rompiendo en los acantilados. La sensación de llegar a un pueblo costero al atardecer, con la luz cayendo sobre fachadas salpicadas de color, sigue siendo una de mis recompensas favoritas al viajar, y cada ruta que he tomado aporta una nota distinta a esa melodía costera.
2026-05-04 23:31:44
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