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30 Sombras de Lujuria Prohibida
30 Sombras de Lujuria Prohibida
Autor: Grace

Book 1: Agujeros Prohibidos – Follando a los amigos de mi padrastro

Autor: Grace
last update Fecha de publicación: 2026-04-12 20:33:49

Capítulo – 0001

~~ E L E N A ~~

«Me metí la MONSTRUOSA POLLA de mi padrastro en mi apretado coño {Grosor 6.5 pulgadas, Largo 11 pulgadas, Ancho 2.0 pulgadas}»

Quería sorprender a Tyler. Llevaba semanas distante, siempre “ocupado”, siempre cancelando planes. Como una idiota, había horneado sus galletas favoritas, entré en su apartamento con la llave de repuesto que me había dado meses atrás. Lo primero que me golpeó fueron los gemidos, profundos, guturales, masculinos. Luego el sonido de piel contra piel.

Tyler estaba inclinado sobre su propio sofá, pantalones en los tobillos, mientras mi mejor amigo —mi puto mejor amigo— Leo lo embestía por detrás. Las caderas de Leo chocaban con un ritmo brutal, su mano agarrada en el pelo de Tyler. Se besaban de forma desordenada entre embestidas, lenguas visibles, saliva conectando sus bocas cuando se separaban para gemir.

—Joder, tu culo está tan apretado —gruñó Leo, la misma voz que me había consolado en cada ruptura—. Tómalo como un buen chico.

Tyler había gemido, empujando hacia atrás.

—Más fuerte. Lléname.

Me quedé allí, en la puerta, como un fantasma. Al principio ninguno de los dos me vio. Mi novio recibiendo que le destrozaran el culo por la única persona en la que más confiaba. Las lágrimas rodaron por mis mejillas en ese momento, calientes y silenciosas, mientras veía a Leo rodearlo con la mano, acariciando la polla chorreante de Tyler mientras lo follaba hasta dejarlo sin sentido.

Leo se enterró hasta el fondo, las caderas sacudiéndose mientras se corría dentro del culo de Tyler. Tyler eyaculó sobre los cojines del sofá con un grito roto. Solo entonces Leo miró hacia un lado y se quedó congelado.

—Elena…

Salí corriendo.

Ahora, de vuelta en casa, me derrumbé sobre mi vieja cama, la cara hundida en la almohada que todavía olía ligeramente al detergente que Marcus siempre usaba. Mi cuerpo temblaba con sollozos que no cesaban. Tres novios. Tres fracasos.

Una vez me reí de un programa que decía que deberíamos empezar a revisar el culo de nuestros hombres en esta época porque lo que creemos no es lo que realmente está pasando. ¿Cómo iba yo a hacer eso? Pero ahora es mi realidad.

Novio #1, Kyle. Misionero cada vez, dos minutos de torpeza, luego se apartaba y preguntaba si me había corrido mientras revisaba su teléfono. Fingí cada puta vez solo para acabar con la incomodidad. Nunca tocó mi culo. Nunca me hizo sentir llena.

Novio #2, Damien. Emocionalmente cruel pero, dios, el sexo. Me ahogaba, me abofeteaba las tetas, me llamaba su sucia puta mientras me follaba hasta dejarme en carne viva. Me corría tan fuerte que lloraba, pero después me destruía hasta que me sentía inútil. Me quedé enganchada a la intensidad hasta que me dejó magullada por dentro y por fuera.

Novio #3, Tyler. El estúpido que decía que me amaba pero ignoraba mis necesidades y al parecer las había satisfecho con la polla de Leo. El hombre con el que casi hice un pacto de sangre.

Necesitaba hacer algo para superar lo que acababa de presenciar.

Mi mano bajó por mi estómago antes de que pudiera detenerme. Aparté los shorts y las bragas, metí dos dedos en mi coño empapado. Estaba chorreando. La traición me quemaba, pero mi coño se apretaba codicioso alrededor de mis dedos. Añadí un tercero, estirándome.

—Joder… —susurré en la oscuridad.

Me puse boca abajo, culo en alto, y empujé un dedo resbaladizo contra mi pequeño y apretado agujero del culo. Resistió, luego entró con un sonido húmedo y sucio. La quemazón me hizo gemir. Follé ambos agujeros frenéticamente, moviendo las caderas, con las lágrimas todavía cayendo.

En mi cabeza ya no eran Tyler y Leo. Era un hombre al que había deseado toda mi vida. Un hombre que sabría exactamente cómo abrirme y volver a recomponerme.

—Papi… —La palabra se escapó sin que pudiera evitarlo mientras frotaba mi clítoris en círculos rápidos. Mi culo se contrajo alrededor de mi dedo, mi coño chorreando por mis muslos.

Me corrí con fuerza, mordiendo la almohada para ahogar el grito, el cuerpo convulsionando. No fue suficiente. Nunca era suficiente.

Lloré hasta quedarme dormida preguntándome qué demonios me pasaba.

✧・゚: ✧・゚: ─── :・゚✧:・゚✧

A la mañana siguiente tenía los ojos hinchados. Evité el espejo y bajé las escaleras con una camiseta oversized y unos diminutos shorts de dormir. Lo primero que me golpeó fue el olor a café.

Marcus estaba de pie junto a la isla de la cocina, de espaldas a mí, sirviendo una taza. A sus 45 años parecía tallado en algo más duro que la mayoría de los hombres de su edad. Alto, musculoso, con un cuerpo forjado por trabajo real, no solo por el gimnasio.

—Princesa —dijo sin girarse. Su voz era grave, como siempre había sido desde que se casó con mi mamá años atrás. Ella se había ido hacía mucho (“Divorciada”), pero Marcus se había quedado en mi vida como una roca.

Volví a estallar en lágrimas.

Se giró y me atrajo hacia su pecho sin dudar. Una de sus grandes manos frotaba lentos círculos en mi espalda, la otra acunaba mi cabeza contra él. Podía sentir el calor sólido de su cuerpo, el latido constante de su corazón.

—¿Elena? —preguntó en voz baja.

—¿Qué es lo q… —Mi voz se quebró—. Me estaba follando a Leo. Mi Leo. Por el culo. Besándolo mientras se… mientras se corrían.

La mano de Marcus se detuvo medio segundo, luego siguió acariciando.

—Lo siento, cariño.

Me quedé apretada contra él más tiempo del que debía. Cuando por fin me aparté, mi mirada bajó hasta sus pantalones de chándal. El contorno grueso e inconfundible de su polla.

El calor inundó mi cara. Mis pezones se endurecieron contra la fina camiseta. Me avergonzaba lo rápido que mi coño se mojó de nuevo. «Es tu padrastro, zorra enferma».

Me limpió una lágrima de la mejilla con el pulgar. La yema rozó mi labio inferior. Solo un roce, pero mi boca se abrió con un aliento tembloroso. Sus ojos se oscurecieron, fijándose en mis labios un segundo de más.

—Estás en casa ahora —dijo con voz más ronca—. Estás a salvo. Se acabaron los chicos que no saben cómo cuidarte.

Asentí, incapaz de hablar. Mi clítoris latía al ritmo de mi corazón.

Me preparó el desayuno. Después nos sentamos en el sofá sin ver nada. Su brazo descansaba en el respaldo, sus dedos rozaban mi hombro de vez en cuando. Cada roce se sentía eléctrico.

Cuando me levanté para llevar mi plato a la cocina, sentí sus ojos en mi culo todo el camino. No me bajé los shorts. Dejé que se me subieran.

Esa noche volví a tocarme pensando en ese bulto. En su pulgar sobre mi labio. En él llamándome princesa mientras me partía en dos.

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