INICIAR SESIÓNUna copa, una habitación equivocada y una noche que ninguna de las dos olvidará. Vanessa es una joven ingenua que confía en su hermanastra Laura. Pero Laura la traiciona: la droga y la lleva a un hotel para venderla. Solo que confunde los números y la mete en la suite equivocada. Allí la espera Ignacio, un poderoso CEO que ha alquilado un vientre para tener un heredero sin necesidad de esposa. Ella está drogada. Él cree que es la profesional. Es la primera vez de ella. Él no lo sabe. Al amanecer, ella despierta sola y es echada de su casa. Él la busca durante cinco años sin éxito. Ahora ella ha vuelto. Ya no es la misma: es una mujer empoderada, con curvas de madre y un hijo pequeño que es su única familia. Él la ve y queda flechado. Quiere enamorarla, pero ella no recuerda quién es él y desconfía de todos. Y el niño, un pequeño genio de cinco años, le deja claro algo: él no quiere un papá, y hará lo que sea por proteger a su madre. ¿Podrá Ignacio conquistar a la mujer que nunca olvidó y ganarse al hijo que no sabe que es suyo?
Ver másEl pasillo del sexto piso olía a cera de abejas y a rosas negras. Vanessa caminaba descalza había dejado sus tacones tirados en el ascensor, porque de repente el mármol bajo sus plantas era lo único real en un mundo que se derretía como una vela y cada paso que daba le recordaba que algo andaba mal. O quizás demasiado bien.
La última copa que Laura le dio sabía a fresa y a medicina. “Tómatela”, le había dicho su hermanastra con esos ojos de culebra que Vanessa siempre eligió ignorar. “Es para los nervios”. Y ahora los nervios habían explotado en una ola de calor que le subía desde el vientre hasta la nuca, alterando sus sentidos y envolviéndola en una neblina flotante y desconocida.
—Nueve… y seis… —murmuró, leyendo un papel arrugado que Laura le había metido en la mano. Pero sus pupilas bailaban como dos lunas borrachas, y el 6 se parecía peligrosamente a un 9.
La puerta que encontró no era la 96. Era la 69.
Y estaba entreabierta.
Vanessa apoyó la palma en la madera barnizada y empujó sin hacer ruido. La suite era enorme. Una cama imponente de sábanas color burdeos, un ventanal que devoraba la ciudad y, en medio de todo eso, de espaldas a ella, un hombre.
Alto. Hombros anchos. El torso desnudo brillaba bajo la luz tenue de la lámpara, y un pantalón de vestir negro le colgaba de las caderas con una elegancia descuidada. Ignacio estaba de pie frente al minibar, con una botella de agua en la mano, esperando.
Llevaba cuarenta y cinco minutos esperando a la mujer. Su asistente se la había conseguido a través de una agencia de gestación subrogada de élite. “Es profesional, discreta, saludable. Se llama Daniela. Te va a dar el hijo que quieres, Ignacio. Sin bodas, sin reclamos, solo un contrato bien firmado”. Pero Daniela no aparecía.
En su lugar, la puerta se movió.
Ignacio se giró. Y se encontró con una muchacha tambaleante, de ojos enormes y vidriosos, pecas en las mejillas y un vestido azul marino que se le resbalaba por un hombro, delatando el ritmo acelerado de su respiración. Sus labios vibraban. Y su mirada… su mirada era un incendio absoluto.
—¿Daniela? —preguntó él, frunciendo el ceño.
Vanessa oyó “Vanessa” debido al eco en su cabeza, y asintió con una lentitud de película antigua.
—Sí… yo… —dijo, y su voz salió ronca, rota—. Hace calor aquí. ¿Tú también sientes calor?
Ignacio la observó con atención. Drogada, pensó. Pero no le importó. No podía importarle. Su abuelo llevaba años presionándolo: "El linaje de los Montesinos no puede morir contigo. Necesito un heredero antes de que cierre los ojos". Cada comida familiar era un interrogatorio. Cada llamada, una exigencia. Ignacio ya no buscaba un hijo por deseo propio, sino por obligación. Un vientre, nada más. Un contrato frío. Así que si aquella mujer había tomado algo para calmar los nervios antes de una cita tan clínica, no era su problema. Ella había aceptado. Lo demás eran detalles.
—El contrato —dijo él, dejando la botella sobre la mesa y acercándose—. ¿Lo leíste completo?
Vanessa negó con la cabeza. No sabía de qué contrato hablaba. Pero él estaba demasiado cerca ahora, y el perfume que llevaba —algo amaderado, con un fondo de cuero y tabaco— la envolvió por completo, disparando un magnetismo salvaje que la dominaba. De repente, el mundo real desapareció.
—No hace falta leer —susurró ella, dejándose llevar por la extraña audacia que la recorría—. Yo… yo quiero.
Ignacio alzó una ceja. “Quería.” Esa no era la actitud clínica que esperaba de una gestante profesional. Pero al ver la vulnerabilidad de su piel expuesta bajo la luz tenue y la entrega ciega en sus ojos, él olvidó todas las preguntas.
—Ven aquí —dijo, con una voz profunda que la hizo estremecer.
Vanessa fue. Caminó hacia él con ese balanceo que la euforia convertía en la cadencia de una bailarina, y cuando estuvo a un paso, acortó la distancia. Sus cuerpos chocaron con suavidad. El contacto arrancó un suspiro de sus labios, y entonces ella se puso de puntillas y lo besó.
El beso fue torpe, desesperado. Había un hambre voraz en él, una urgencia que Ignacio no había recibido de ninguna otra mujer. Ella lo besaba como si se ahogara y él fuera el aire, aferrándose a sus hombros con una fuerza inesperada.
—¿Segura que quieres esto? —preguntó él contra su boca, atrapándole la nuca para mirarla a los ojos y buscar un rastro de duda.
Vanessa asintió. No podía hablar. La sustancia que corría por sus venas le había robado las palabras, pero le había regalado un cuerpo que respondía con un deseo ciego.
—Quiero todo —dijo.
Esa fue la gota que colmó la paciencia de Ignacio. La levantó en vilo —ella soltó una risita ahogada que sonó a cristal rompiéndose— y la depositó sobre la cama burdeos. El colchón la recibió como una ola suave, y el vestido azul se deslizó, rompiendo las últimas barreras entre los dos.
Ignacio se detuvo un segundo, conteniendo el aliento mientras se deshacía de lo que le quedaba de ropa.
—Así que tú eres mi vientre de alquiler —murmuró, más para sí mismo que para ella.
Vanessa no escuchó. Estaba perdida en la textura de la seda contra su espalda, en el roce del aire frío sobre su piel erizada y en la imperiosa necesidad de entregarse a lo desconocido. Cerró los ojos y estiró los brazos hacia él, invitándolo a borrar la distancia.
—Por favor —susurró—. Ya.
Ignacio se inclinó sobre ella, envolviéndola con su calor. En un movimiento firme y decidido, la unió a él, y la habitación pareció desaparecer.
Vanessa arqueó la espalda, conteniendo el aliento cuando la sorpresa inicial se transformó de inmediato en una abrumadora ola de calidez. Sus ritmos encajaron a la perfección, guiados por una marea que los arrastraba a ambos. Cuando Ignacio comenzó a moverse, dictando un compás cada vez más intenso, ella se aferró a su espalda, perdiéndose por completo en el laberinto de sus sensaciones.
Todo se volvió un torbellino de respiraciones agitadas, caricias urgentes y suspiros contenidos en la penumbra. Sus piernas se enredaron, sus dedos se hundieron en los hombros de él y el mundo exterior se redujo a ese instante perfecto, donde la piel hablaba el único idioma posible.
Cuando el clímax los alcanzó, Ignacio ocultó el rostro en su cuello con un gemido ahogado, mientras Vanessa sentía un espasmo arrollador que la recorrió por completo, una explosión de luces ciegas detrás de sus párados que la dejó flotando en la nada.
Cayeron uno al lado del otro, exhaustos, escuchando únicamente el eco de sus propios corazones. Ignacio pasó un brazo por encima de su cintura, atrayéndola hacia sí mientras recuperaba el aliento.
—El contrato —dijo, después de un largo silencio— lo firmamos mañana. Pero quiero que sepas… has sido mucho mejor de lo que esperaba.
Vanessa sonrió, con la mirada aún nublada por los efectos de la copa y la resaca de la pasión. No sabía de qué contrato hablaba. Pero aquella noche, en la habitación equivocada, algo dentro de ella se había roto para siempre… y también algo había nacido.
El puerto estaba bañado por la luz dorada del atardecer cuando el coche de Ignacio se detuvo frente al muelle. El velero que había llevado a Vanessa y Liam a aquella aventura forzada estaba atracado, y en la cubierta, dos figuras los esperaban con el corazón latiéndoles con fuerza. Vanessa, con el cabello revuelto por el viento salado y una sonrisa de alivio en los labios, bajó del barco con Liam de la mano. El niño, con sus gafas azules firmes sobre la nariz y su mochila de dinosaurios a la espalda, caminaba con la misma seguridad de siempre, como si hubiera estado en un crucero de placer en lugar de haber escapado de una trampa mortal.Ignacio no pudo esperar más. Corrió hacia ellos, sintiendo que el tiempo se detenía a su alrededor. Liam lo vio llegar y, con una sonrisa que ocultaba más de lo que mostraba, soltó la mano de su madre y extendió los brazos.—¡Señor Montesinos! —gritó Liam, mientras Ignacio lo levantaba en vilo—. ¡Llegó justo a tiempo! Íbamos a pedir un helado de emerg
Vanessa se despertó con el corazón encogido y la certeza de que algo no estaba bien. Se levantó de la cama con sigilo, para no despertar a Liam, y caminó hacia la puerta de la habitación contigua. La puerta de Sebastián estaba entreabierta, como si alguien hubiera salido con prisa. La empujó con cuidado y encontró la habitación vacía. La cama, sin usar, con las sábanas perfectamente estiradas. La maleta, desaparecida. Solo una nota sobre la mesilla de noche, escrita con una caligrafía temblorosa que apenas podía leer: «Lo siento. No puedo hacer esto. No soy quien crees que soy. Cuida de Liam. – S.»Vanessa sintió que el mundo se desmoronaba a su alrededor. No entendía qué había pasado. No entendía por qué se había ido. Solo sabía que, una vez más, el padre de su hijo la había abandonado. El dolor, que había estado latente durante cinco años, volvía a aflorar con una fuerza que no esperaba. Se dejó caer en la silla junto a la ventana, sintiendo que las piernas le flaqueaban.Regresó a
El avión de Javier aterrizó en Miami con el rugido de los motores y el cansancio acumulado de tres días de viaje de negocios en Nueva York. No había dormido bien, y la imagen de Liam, recuperándose en el hospital, lo había acompañado durante todas las reuniones. Pero ahora, al pisar el suelo de Miami, lo único que quería era ver a Vanessa, asegurarse de que todo estaba bien, de que la paz que habían ganado seguía intacta.Llamó a Ignacio en cuanto salió del aeropuerto. El teléfono sonó dos veces antes de que contestara.—Javier —dijo Ignacio, con la voz tensa, como si algo lo estuviera molestando—. ¿Ya llegaste?—Acabo de aterrizar —respondió Javier, caminando hacia la salida con su maleta en la mano—. ¿Dónde está Vanessa? La he estado llamando, pero no contesta. Quería verla antes de ir a mi casa.El silencio al otro lado de la línea se alargó. Javier sintió un escalofrío que le recorrió la espalda.—Ignacio —dijo, con la voz más baja—. ¿Dónde está Vanessa?Ignacio guardó silencio un
La avería ocurrió cuando el sol ya se había ocultado por completo detrás del horizonte, dejando solo un rastro de luz naranja que se desvanecía lentamente en la oscuridad, como un suspiro de despedida. El motor del velero emitió un ruido sordo, un quejido metálico que resonó en el silencio de la noche, y luego se apagó por completo con un estertor final. El barco comenzó a derivar lentamente, mecido por las olas que ahora parecían más grandes, más amenazadoras, como si el mar mismo estuviera conspirando contra ellos. Las luces de la costa, que antes se veían nítidas en el horizonte, se habían desvanecido en la distancia, reemplazadas por un manto de oscuridad que se cerraba a su alrededor como una prisión invisible.Sebastián maldijo en voz baja y se dirigió rápidamente a la sala de máquinas, con el rostro tenso y la mandíbula apretada. Vanessa, con el corazón latiéndole con fuerza y un nudo en el estómago que no podía ignorar, se acercó a Liam y lo abrazó, sintiendo el frío de la noc












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