Me encanta cómo la película presenta al bebé con una mezcla de ternura y autoridad silenciosa.
A nivel visual lo dibujan con rasgos grandes y redondos —ojos inmensos, mejillas que parecen almohadas—, pero esos rasgos no son solo para hacerlo adorable: sirven para que cada mirada y cada pestañeo comuniquen un montón. La animación apuesta por gestos pequeños pero muy expresivos; en vez de diálogos, el cuerpo del bebé habla, y eso lo convierte en un personaje con una voz propia aunque apenas emita sonidos.
Narrativamente lo usan como motor emocional: sus reacciones desarman a los adultos, revelan intenciones ocultas y ponen en marcha conflictos. Además, el diseño de color y la iluminación lo sitúan casi siempre en tonos cálidos cuando está seguro y en contrastes fríos cuando el entorno es amenazante. El resultado es que el bebé se siente simultáneamente vulnerable y potente, un imán para la empatía del espectador. Me dejó pensando en lo poderosa que puede ser la voz no verbal en el cine, y lo mucho que disfruto cuando una película confía en la imagen para contar la historia.