Mag-log inHabían pasado varios meses desde la campaña de invierno y, su efecto había sido satisfactorio. La segunda generación “La casta de Hierro”, ya hablaba de Seiya Kurosawa como de una leyenda en construcción. El heredero de Oshōri se había convertido en la cara fresca del lujo, reclamado por marcas de todo tipo, lo que lo había puesto en la mira del mundo de espectáculo internacional.
En las fiestas, en las sobremesas, en las reuniones de negocios, siempre había alguien que lo mencionaba, que lo celebraba, que lo señalaba como el ejemplo brillante de lo que ellos mismos aspiraban a ser. Así nació el apodo: “El Dragón Azul”.
Para todos era motivo de orgullo. Para todos, menos para Eliot Foster, para él, la fama de Seiya no era un ascenso, era un tormento. Lo veía en cada vitrina, en cada revista que quedaba olvidada sobre una mesa, en cada cartel iluminado que lo sorprendía al doblar una esquina. Lo perseguía como una maldición; lo peor no era verlo, sino recordar aquella azotea, aquellos besos compartidos con descaro, pero con ternura, la risa fácil, los amantes en plural.
Mientras el mundo lo llamaba Dragón Azul, Eliot lo rebautizaba en silencio con rabia contenida: el libertino azul. Una forma miserable de convencerse de que lo despreciaba, aunque cada fibra de su cuerpo gritara lo contrario.
Una noche de verano, intentó ahogar su estrés en un par de tragos junto a Cassian. El humo del tabaco y el murmullo del bar daban un respiro, hasta que su acompañante se inclinó hacia él con una sonrisa traviesa.
—Te tengo un chisme increíble.
Eliot lo miró de reojo y bebió con desgano.
—Sabes que no me interesan esas cosas.
—No, en serio, tienes que escucharlo —insistió Cassian, casi divertido—. Ni yo mismo lo creí cuando lo escuché.
Eliot no respondió, pero el gesto de su ceja bastó para darle permiso.
—Mi padre me contó que el viejo De Martel andaba borracho, presumiendo en la mesa que había besado al Dragón Azul. Que lo había atrapado en la oficina y... bueno, ya te imaginas.
El ceño de Eliot se endureció al instante.
—Qué tontería. Kurosawa no necesita besar viejos morbosos, le sobran amantes jóvenes.
Cassian se encogió de hombros, como si diera la razón, pero no del todo.
—Yo tampoco lo creí. Lo raro es que, según el viejo, Seiya no lo rechazó. Dijo que fue... dócil. Que hasta se estremeció, como si estuviera a punto de llorar con el beso.
Eliot lo miró fijo, incrédulo.
—Eso es imposible. Si alguien intentara algo así, Seiya le partiría la cara, no es un hombre dócil.
—Eso pensé yo —rio Cassian—. Pero el viejo juró por la memoria de su abuela que era cierto.
Cassian soltó la carcajada, divertido con lo absurdo del rumor. Eliot fingió acompañarlo, pero en el fondo la carcajada le supo a hierro, no le hizo ni pizca de gracia.
Los días siguientes a esa noche fueron un tormento. Eliot no podía sacar de la cabeza el rumor sobre el beso del viejo De Martel, cada vez que veía una publicidad con el rostro perfecto de Seiya, lo imaginaba en brazos de aquel hombre, estremeciéndose como había contado el maldito viejo y eso lo enloquecía. No sabía si quería mandar al infierno al vejestorio, o darle una bofetada al propio Seiya por dejarse besar de semejante hombre.
La rabia fue creciendo hasta convertirse en obsesión. ¿Cómo era posible que hasta ese viejo hubiera probado suerte, y él no? Seiya lo había llamado “señor” en público, lo había ridiculizado frente a todos... ¿y mientras tanto se dejaba besar por alguien que ya no podía ni sostener la copa en la mano?
Un mediodía, sin pensarlo demasiado, Eliot tomó impulso y se presentó en las oficinas de Oshōri. No se anunció, se saltó hasta el más mínimo protocolo y entró al despacho sin más.
Seiya estaba en su escritorio, revisando unos papeles. Levantó la vista al verlo se sorprendió un poco.
—¿Foster? —preguntó con calma—. ¿En qué puedo ayudarte?
Eliot se quedó parado en la mitad de la oficina, como si todavía estuviera decidiendo qué hacer. Había ido sin plan, sin excusa, movido solo por la rabia y las ganas de comprobar el rumor. La improvisación fue su única salida.
—Necesito... el informe de cierre —soltó, casi al azar.
Seiya arqueó una ceja.
—Ya lo tienes en tu correo. ¿No lo viste?
—A mí no me llegó nada —respondió Eliot, encogiéndose de hombros con la mentira más torpe del mundo.
Seiya sonrió con esa ironía fina que siempre usaba para incomodarlo.
—Entonces vas a tener que ir a revisarte los ojos, porque te lo envié ayer.
Se levantó con calma, rodeó el escritorio y se inclinó frente al computador.
—Ven, lo revisamos juntos —añadió, abriendo la bandeja de enviados.
Eliot se movió sin pensarlo. Le tomó la muñeca a Seiya con brusquedad, lo jaló hacia atrás y lo arrinconó contra la pared.
Los ojos violetas lo miraron con sorpresa, sin comprender del todo.
—¿Qué haces? —preguntó, incrédulo.
Eliot no contestó. Le pasó una mano por la cintura para asegurarlo, y con la otra le levantó la barbilla, como si quisiera dejarlo inmóvil. El whisky escocés de sus feromonas se expandió en el aire, seco y abrasador, buscando quebrarlo. Seiya ni parpadeó. Seguía mirándolo, expectante, como esperando ver hasta dónde llegaba.
Eliot acercó su rostro, milímetros de distancia, la respiración mezclada con la suya.
—¿Qué haces? — Repitió con calma.
Eliot no retrocedió. Lo besó. Fue un contacto breve, torpe, cargado de rabia. Seiya no respondió, pero tampoco lo apartó. Cuando el alfa se separó, aún con el corazón desbocado, lo encontró igual de relajado.
—Enserio Foster, ¿Qué haces? —repitió Seiya, sin alterarse.
—Quiero besarte... como De Martel —escupió Eliot, entre dientes.
El otro suspiró con desgano.
—Ah... era por eso. Tú también escuchaste ese cuento.
Eliot se tensó.
—¿Qué quieres decir con “también”?
—Que contigo ya van siete que vienen a probar suerte desde que el viejo abrió la boca —contestó Seiya, encogiéndose de hombros—. Ese anciano no sabe callarse.
—¿Entonces es verdad que te besó?
—Sí. El viejo es un sinvergüenza.
—¿Y por qué no lo detuviste?
—¿Para qué? Apenas aguanta de pie, ¿Qué hubiera pasado si lo tocaba? Además, tendría que darle explicaciones a mi abuelo de porque lo hice, así que no vale el desgaste; lo mejor era dejarlo ser feliz... antes de que se muera.
Eliot apretó los dientes, encendido.
—Eres un insensato sin cordura.
Seiya se encogió de hombros.
—Los besos son como el agua... no se le niegan a nadie.
Esa frase era un reto. Eliot lo sujetó de nuevo y lo besó con furia. Seiya se mantuvo inmóvil, de piedra, así que no tuvo más remedio que soltarlo, aunque permanecía indignado.
—¿Entonces, por qué a mí no me respondes? Dices que no le niegas besos a nadie, pero me tratas distinto.
Seiya lo miró sin pestañear.
—Yo no te negué que me besaras, eso ya lo hiciste. Pero que yo lo corresponda es distinto... Para eso tendrías que gustarme.
El silencio se clavó como un cuchillo. Eliot lo apartó con violencia.
—Es ridículo. Besas hasta a omegas simplones como Lior Valenne, pero a mí, un alfa dominante de buen porte, me desprecias.
Seiya sonrió con ironía.
—Lior es bonito, frágil, inocente. Dan ganas de besarlo para arrancarle la pureza. Tú, en cambio... eres un señor demasiado experimentado. No tiene gracia.
Eliot se encendió aún más.
—¿Tú me hablas de inocencia? Si cargas con dos parejas, de puro no tienes nada.
Seiya lo sostuvo con la mirada, sereno.
—Es cierto. Soy alguien que puede amar a dos. Pero no a tres, a ellos les debo mi lealtad.
Esa calma fue peor que cualquier bofetada. Eliot sintió la humillación arderle en la piel. Salió de la oficina hecho un volcán, dejando tras de sí el olor áspero de su rabia.
Al salir de la oficina, Eliot caminó sin rumbo fijo por los pasillos de Oshōri. Las secretarias lo saludaban y él ni siquiera las veía. Sentía todavía el peso de los ojos violetas en la nuca, la frialdad de esa voz diciéndole que no tenía gracia. ¿No tengo gracia?
La frase lo taladraba. Podía haberlo llamado arrogante, pesado, incluso violento. Pero sin gracia... eso lo destruía más que cualquier insulto. Se detuvo frente a un espejo del corredor y se observó como si viera a un extraño.
Alfa dominante, heredero de Cuoressi, respetado en cada sala... ¿y para Kurosawa no era másque un señor, un “experimentado” sin atractivo? Quiso reír, pero lo únicoque salió fue un gruñido. Esa humillación no se la perdonaría jamás.
La habitación de huéspedes del penthouse guardaba una calma tibia, ajena al ajetreo que poco a poco se apagaba en el resto de la casa. La iluminación tenue daba un matiz suave a la estancia mientras Shun permanecía sentado sobre el borde de la cama, apoyando la espalda contra los cojines. Théon, arrodillado con naturalidad sobre la alfombra, le masajeaba las piernas cansadas con un cariño pausado y reverente, aplicando justo la presión necesaria para aliviar la tensión del día.El omega observaba los detalles de la habitación con detenimiento, recorriendo con la mirada los muebles de madera clara y las cortinas pesadas, hasta que finalmente fijó los ojos en su alfa.—Mamushi... ¿aquí dormías cuando te estabas escondiendo de mí? —preguntó con un tinte de timidez en la voz, jugando con el borde de su camisa.El francés dejó escapar una sonrisa tranquila sin interrumpir el ritmo de sus manos.—Yo no me estaba escondiendo de ti... —respondió con suavidad—, pero es verdad que dormí aquí al
La noche veraniega terminó por asentarse sobre el horizonte de Milán, transformando la terraza de CityLife en un espectáculo de luces lejanas. En el interior del penthouse, la sala lucía un ambiente mucho más distendido y cálido tras la cena, con el murmullo de las distintas conversaciones repartidas por el espacio.Alrededor de la mesa de centro, las gemelas disputaban una animada partida de cartas con Lucien y Kyle, simulando un pequeño casino entre risas y fichas de colores.A unos metros, en un rincón de la sala decorado con elegantes sillones de cuero, Eliot, Théon y Nataniel compartían un vaso de whisky con camaradería.— Hacía mucho que no pasábamos un rato tan alegre —comentó el patriarca, contemplando el grupo con una sonrisa tranquila antes de darle un sorbo a su bebida—. Creo que deberían dejar que el joven Bellmont haga más fiestas, tiene talento para entretener a los niños.—Claro, cualquiera es divertido si solo se aparece para dar dulces y regalos —replicó Eliot con evid
El sol de la tarde veraniega caía de lleno sobre la terraza del tercer nivel del penthouse en CityLife, tiñendo el horizonte de Milán con destellos dorados. En el área de la piscina de borde infinito, el ambiente estaba cuidadosamente preparado para la ocasión: inflables de formas divertidas flotaban en el agua, la hielera del bar exterior rebosaba de bebidas frías y golosinas, y sobre la mesa baja se acumulaba una colorida selección de bocadillos y juegos.A pesar de que todo lucía impecable, Lucien no paraba de moverse; iba y venía por la cubierta de madera ajustando la posición de los cojines, alineando las copas en la barra del bar por tercera vez y acomodando las toallas con un nivel de exigencia desmedido.Adelard, recostado en una de las asoleadoras traseras, lo observaba ir y venir con una sonrisa entretenida. Le complacía verlo tan enfocado y lleno de energía, aunque era evidente que la ansiedad lo estaba dominando.Cuando vio que se disponía a reacomodar los inflables en el
Shun terminó de beber su último sorbo de té de cebada antes de que Théon, con la firmeza servicial que lo caracterizaba, lo tomara suavemente del brazo para ayudarlo a ponerse en pie. Cruzaron el pasillo iluminado por el sol matutino hasta llegar al consultorio, donde lo guio hasta la camilla con sumo cuidado, sosteniéndole la espalda hasta que el omega estuvo completamente acomodado.Mientras comenzaba a encender la unidad del ecógrafo y a calibrar los controles del monitor, Shun se reclinó sobre la camilla, subiéndose la camisa para dejar al descubierto la redondez de su vientre. Un cosquilleo de ansiedad le recorrió el pecho ante la expectativa; en lo más profundo de su corazón, ansiaba con fuerza que fuera un varoncito, un pequeño alfa fuerte y noble que heredara los rasgos pulidos de Théon.El francés preparó la sonda y tomó el tubo de gel conductor, cuando lo vertió sobre la piel tibia de Shun, sus manos temblaron ligeramente por un arrebato de nerviosismo que intentó disimular
La luz cálida y brillante de finales de primavera se filtraba a través de las cortinas ligeras del ventanal, tiñendo la habitación de un tono dorado y anunciando la llegada del calor mañanero. Shun dormía plácidamente acurrucado de lado, con la colcha liviana apenas cubriéndole la cadera para hacer frente a la temperatura suave de la temporada.El vibrar continuo de su teléfono sobre el buró interrumpió el silencio de la estancia. Con extrema parsimonia, estiró la mano por fuera de la cama y tanteó la superficie hasta dar con el aparato. Entornó los ojos por la claridad del sol y miró la pantalla, confirmando que se trataba de su padre. Aceptó la llamada y se llevó el teléfono al oído, pegando la mejilla a la almohada.—Buenos días, Otōsan... —saludó con la voz ronca y pegajosa por el sueño.—¡Buenos días, hijo mío! —lo saludó Ren del otro lado de la línea, con una energía desbordante—. ¿Cómo amaneciste? ¿Cómo está mi nieto?—Bien, Otōsan... Mushi está moviéndose mucho —sonrió despaci
El convertible cortó el aire fresco de la noche milanesa a una velocidad considerable. Lucien sostenía el volante con fuerza, impulsado por una emoción desbordante que lo hacía sin prestar atención al tacómetro y a las luces que pasaban a los lados como ráfagas borrosas; su mente solo estaba concentrada en recortar minutos para llegar cuanto antes a CityLife.Entraron al estacionamiento subterráneo del complejo y, casi sin dar tiempo a que el motor se apagara del todo, caminaron a paso apresurado hacia el ascensor. Tan pronto como las puertas metálicas se cerraron, acorraló a Adelard contra la pared del espejo, atrapándolo en un enjambre de besos ansiosos.El omega soltó una risa baja y cristalina al ver la devoción desesperada del alfa, correspondiéndole los besos y pasándole las manos por la nuca para seguirle el juego mientras el elevador ascendía.Al cruzar el umbral del penthouse, Adelard puso un par de dedos sobre el pecho de Lucien para marcar una ligera distancia, rompiendo un







