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C2-ME DEBES LA VIDA

Author: Paulina W
last update publish date: 2026-04-03 12:30:06

C2-ME DEBES LA VIDA

Savanna arrastró al desconocido hasta la habitación de invitados con ayuda de Jodie, quien no dejó de lanzar miradas nerviosas.

—¿Estás segura de que esto no es secuestro? —preguntó la joven secretaria mientras acomodaban al hombre en la cama.

—Está herido y soy médica. Haz las cuentas.

Jodie levantó las manos en señal de rendición y salió, dejando a Savanna con su improvisado paciente. La lluvia golpeaba contra los ventanales mientras ella cortaba la camisa empapada con unas tijeras, revelando la herida en el costado.

—Vaya desastre —murmuró.

La herida era un corte limpio, no demasiado profundo pero lo suficiente para ser preocupante. Savanna limpió la sangre con movimientos precisos, evaluando el daño. 

No había alcanzado órganos vitales, pero necesitaría puntos.

Mientras preparaba el material de sutura, sus ojos se desviaron hacia el rostro del hombre, entonces su mente comenzó a divagar. 

¿Quién era? ¿Por qué estaba herido en medio de la carretera? ¿Y si era un criminal? Podría estar metiendo a un asesino en su casa.

Sus manos se detuvieron un momento, pero… respiró hondo y continuó. 

Ya era tarde para esas preguntas.

Con movimientos metódicos, desinfectó la herida y comenzó a suturar. Diez puntos precisos cerraron el corte. Aplicó un vendaje y limpió los restos de sangre de su abdomen bien definido.

Terminado el trabajo médico, se permitió observar al desconocido con más detalle.

Era guapo.

Cabello negro, espeso, mandíbula fuerte, nariz recta, labios carnosos. Su cuerpo era atlético, con músculos marcados pero no exagerados.

—Pareces un maldito dios griego —susurró—. Lástima que los hombres guapos siempre sean los más peligrosos.

Sin embargo, su curiosidad venció a su cautela. Extendió la mano, queriendo tocar su rostro, comprobar si era real o si el estrés del día la había llevado a alucinar a este hombre perfecto en su cama.

Sus dedos estaban a centímetros de su mejilla cuando, en un movimiento imprevisto, una mano se aferró a su muñeca con fuerza. Savanna ni siquiera tuvo tiempo de jadear antes de sentir el frío metal de un bisturí contra su cuello —su propio bisturí, que había dejado sobre la mesita auxiliar.

Los ojos del hombre se abrieron de golpe. 

Eran azules, intensos, como el océano en plena tormenta y la miraban con una mezcla de confusión y amenaza. El corazón de Savanna comenzó a galopar contra su pecho, su respiración se aceleró, pero mantuvo la voz firme cuando habló.

—Si me cortas, te desangras.

El hombre entrecerró los ojos, sin aflojar su agarre.

—¿Quién eres? —preguntó con voz ronca.

—La persona que acaba de salvarte la vida. Diez puntos en tu costado. Y si haces un movimiento brusco, los romperás y volverás a sangrar.

Se miraron fijamente durante lo que pareció una eternidad. El bisturí seguía presionado contra su piel, pero Savanna notó que la mano del hombre temblaba ligeramente.

—¿Dónde estoy? —exigió él.

—En mi casa. Te encontré en la carretera. Estabas herido.

El hombre miró rápidamente alrededor, evaluando la habitación sin bajar la guardia. Sus ojos volvieron a ella, estudiándola con intensidad, hasta que finalmente el metal frío del bisturí cedió. El hombre soltó un gruñido, el sudor le empapaba la frente. El dolor, punzante y rítmico, terminó por doblegarlo y sus párpados pesaron hasta que la negrura lo absorbió por completo.

Savanna soltó el aire que no sabía que estaba reteniendo. 

Sus manos, aún enfundadas en guantes de látex manchados, vibraban. Odiaba el contacto, odiaba la cercanía, pero el deber profesional la mantuvo en pie, guardó el bisturí y luego se acercó al cuerpo inerte en la cama y terminó de asegurar el vendaje y mientras lo hacía, se dio cuenta que este hombre no hablaba como los tipos que solía ver en las guardias de urgencias. 

No había jerga, ni rastro de aspereza barata. 

Sus órdenes, incluso herido, tenían el peso de quien está acostumbrado a ser obedecido.

Con el corazón martilleando contra sus costillas, metió la mano en los bolsillos del pantalón oscuro del hombre. 

Estaban vacíos de carteras o teléfonos. 

Solo encontró un objeto. Un anillo de oro macizo, pesado, con un escudo grabado y una inscripción en el interior: Moretti.

—¿Moretti? —susurró, girando la joya bajo la lámpara.

Caminó hacia el ventanal, apretando el anillo contra su palma. Necesitaba respuestas, por eso sacó su teléfono para marcar a Mateo Blackwell. Si alguien conocía el árbol genealógico de las familias que movían el mundo era él. Porque ser un duque tenía sus ventajas, y el acceso a registros exclusivos era una de ellas.

Pero antes de pulsar "llamar", la pantalla se iluminó con una notificación de correo.

"Asunto: Notificación de suspensión de activos corporativos."

Savanna leyó el cuerpo del mensaje y sintió que la sangre se le congelaba. Su tío lo había hecho, bloqueó cuentas y el acceso a la junta. La cláusula del testamento de su padre brillaba en su mente como una condena: si no contraía matrimonio antes de la próxima asamblea, el control total pasaba a Arthur. 

Y la asamblea era mañana.

—Maldito seas, Arthur —siseó. La impotencia ya empezaba a doblegarla, pero al mismo tiempo la determinación—. Pero… no vas a quedarte con lo mío. ¡No lo harás!

La rabia le quemaba la garganta. Miró el teléfono. Mateo aún no había encontrado a nadie lo suficientemente discreto y "comprable" para el papel de esposo.

Entonces giró la cabeza lentamente hacia la cama, donde el hombre descansaba bajo el efecto de los fármacos. Su pecho subía y bajaba con lentitud. 

«Ni lo pienses, se dijo a sí misma. Es un extraño. Podría ser un criminal.»

—Pero… no tienes tiempo, Savanna —le gritó su otra mitad. —Si no tienes un esposo. Mañana lo pierdes todo.

Se acercó a la cama, observando las facciones del hombre. Era un muro de secretos, pero era un muro que ella podía usar para detener a su tío. Se abrazó a sí misma, sintiendo un escalofrío que no era de miedo, sino de una anticipación que la asustaba y lo recorrió con la mirada, deteniéndose en sus labios entreabiertos.

Se giró de espaldas, cerrando los ojos con fuerza, para luego volver a mirarlo.

—Tú me debes la vida —murmuró, observando al hombre que aún sostenía el secreto de su apellido en su mano—. Y mañana, serás el hombre que salve mi legado... aunque seas un extraño.

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Comments (2)
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Cristina Sánchez
querida Savanna todo por el todo
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Katty Collado
Bueno savanna está con el agua al cuello es tómalo y déjalo
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