Mag-log in"Firma el contrato o tu hijo no recibirá el tratamiento que necesita," sentenció Alessandro Russo, clavando sus ojos negros en los míos sin piedad. "Es una extorsión," respondí en un susurro. "Es un negocio, Elena," roncó él, acorralándome contra el escritorio. "Y tú acabas de vender tu libertad." Cuatro años atrás en Roma, entregué mi inocencia a un desconocido peligroso antes de huir aterrada. De esa noche nació Leo, mi hijo de tres años, por quien he luchado sola contra la ruina y una enfermedad respiratoria que consume mis ahorros. Mi único objetivo era trabajar como asistente en Russo Enterprises para pagar sus facturas médicas. Pero el destino me tendió una trampa: mi nuevo jefe es Alessandro Russo, el multimillonario y temido Don de la mafia que reinó en mis fantasías. Alessandro cree que soy una cazafortunas que le ocultó a su heredero. Para proteger a Leo de la ambición de la familia, me obliga a entrar a su penthouse y firmar un matrimonio falso de seis meses. Bajo el mismo techo, la tensión romántica y el deseo desenfrenado amenazan con quemar nuestras defensas. Pero el verdadero peligro es el testamento de la mafia: si no demuestro que mi matrimonio es real ante el consejo de la familia antes de seis meses, perderé la custodia de mi hijo para siempre. Atrapada entre el deseo por el hombre que jura dominarme y la lucha por mi hijo, descubriré que mi mayor debilidad es empezar a enamorarme del hombre al que debería odiar.
view moreCapítulo 1: La factura del hospital
"Si no liquida el saldo atrasado antes del mediodía, tendremos que trasladar a su hijo a una sala común," advirtió la recepcionista del hospital, deslizándome la factura de cinco mil dólares por el mostrador de cristal.
"Por favor, solo necesito tres días más," supliqué, pegando el teléfono a mi oreja mientras miraba la puerta de la habitación donde Leo dormía con la mascarilla de oxígeno puesto.
"Le dimos dos semanas, señorita Vance," respondió la mujer sin levantar la vista del monitor. "El reglamento de la clínica privada es estricto."
"Pagaré hasta el último centavo en cuanto firme el contrato en Russo Enterprises," prometí, tragándome el nudo de humillación que me quemaba la garganta. "Tengo la entrevista final esta misma mañana."
"Tiene hasta las doce," sentenció ella, sellando la hoja con tinta roja. "Si a esa hora no hay comprobante de pago, el tratamiento de nebulización quedará suspendido."
Guardé el papel arrugado en mi bolso barato y caminé a toda prisa hacia la parada del autobús. El viento helado de la mañana me golpeó el rostro, pero el calor del pánico me ardía por dentro.
Leo tenía apenas tres años. Su bronquitis crónica exigía medicamentos caros que mi salario de mesera a tiempo parcial no podía cubrir. Mi única meta, la única razón por la que soportaba el cansancio extremo, era conseguir el puesto de asistente administrativa en Russo Enterprises.
"Vas a lograrlo, Elena," me dije a mí misma en un susurro, arreglándome el saco ajustado frente al reflejo del cristal del autobús. "Es un trabajo de oficina, nada más. Pagas las deudas, cuidas a Leo y sigues adelante."
Veinte minutos después, atravesé las puertas giratorias de la torre corporativa de Russo Enterprises. El vestíbulo de mármol negro y candelabros de cristal imponía un respeto helado. Las empleadas caminaban en ropa de diseñador, taconando con elegancia, mientras yo apretaba mi carpeta de cartón contra el pecho.
"Elena Vance para la entrevista de la Vicepresidencia de Finanzas," anuncié en el escritorio de recepción del piso cuarenta.
"Pase a la última oficina a la derecha," dijo la secretaria, mirándome de arriba abajo con frialdad. "El nuevo Director Ejecutivo no tolera la impuntualidad."
Apreté los dientes y caminé por el pasillo alfombrado. Ajusté mi moño, respiré profundo y golpeé la madera pesada de la puerta doble tres veces.
"Adelante," resonó una voz grave, profunda y rasposa desde el interior.
Esa voz hizo que cada vello de mi piel se erizara al instante. Un escalofrío helado me recorrió la espina dorsal, trayéndome el eco distante de una noche calurosa en Roma hace cuatro años. Negué con la cabeza, sacudiéndome la tontería. Roma estaba en el pasado. Aquella noche de pasión desenfrenada con un desconocido en un hotel de lujo había sido un error de juventud que me dejó el regalo más grande de mi vida: mi hijo.
Giré el picaporte de bronce y entré a la oficina.
"Buenos días, señor," dije, manteniendo la vista fija en el suelo mientras daba dos pasos hacia la mesa. "Soy Elena Vance, la candidata para el puesto de..."
"Levanta la cabeza, Elena," ordenó la voz de mando, cortando mis palabras como una navaja.
Alzar la vista fue el mayor error de mi vida.
Detrás del enorme escritorio de caoba, de pie frente al ventanal que dominaba toda la ciudad, estaba el hombre de mis pesadillas y de mis fantasías más oscuras. Llevaba un traje a medida gris oscuro que remataba su porte imponente, hombros anchos y una mandíbula partida marcada por la sombra de una barba corta. Sus ojos negros, fríos y calculadores como los de un depredador, estaban clavados directamente en mí.
"Alessandro..." se me escapó en un hilo de voz sin aliento, haciendo que mi carpeta cayera al suelo y las hojas de mi currículum se esparcieran por la alfombra.
"Señor Russo para ti," corrigió él, saliendo de detrás del escritorio con pasos lentos, dominantes y pausados.
"Tú... tú no puedes ser el Director Ejecutivo," balbuceé, dando un paso atrás por instinto hasta que mi espalda chocó contra la puerta cerrada.
"Esta empresa lleva mi apellido," dijo él, deteniéndose a solo medio metro de mí. El aroma a madera de cedro, tabaco caro y su propia piel me envolvió en una ola sofocante. "Y este puesto me pertenece desde esta mañana."
"Me equivoqué de piso," mentí rápidamente, buscando el picaporte detrás de mi espalda con manos temblorosas. "Pido disculpas por interrumpir."
"No te has equivocado de nada," murmuró Alessandro, estirando un brazo largo para apoyar la palma de su mano contra la madera, justo al lado de mi cabeza, acorralándome por completo. "Cuatro años buscándote por toda Europa y caminas directo hacia mi oficina."
"No sé de qué hablas," dije, apretando los labios mientras mi corazón golpeaba frenéticamente contra mis costillas. "Solo vine por una entrevista de trabajo. Necesito el empleo."
"¿Necesitas dinero?" preguntó él con una sonrisa cruel que me heló la sangre. "¿O necesitas huir antes de que descubra por qué saliste huyendo de mi suite en Roma a las cuatro de la mañana?"
"Fue un error de una sola noche," respondí, alzando la barbilla para sostenerle la mirada aunque las piernas me temblaran. "Éramos dos desconocidos en un bar. Nada más."
Alessandro inclinó la cabeza, acercando su rostro hasta que su aliento cálido rozó la piel sensible de mi cuello. Un gemido involuntario se me atascó en la garganta ante el recuerdo repentino de sus manos recorriendo mi cuerpo desnudo aquella noche.
"Un error que me costó meses de investigación," roncó él en mi oído, bajando la mano libre para sujetar mi cintura con una fuerza posesiva que me dejó sin aire. "Un error que me dejó una cicatriz en el pecho y una obsesión que no me he podido quitar de encima."
"Suéltame, Alessandro," pedí en un susurro tembloroso, intentando empujar sus hombros duros sin lograr moverlo un solo milímetro. "Esto es acoso laboral. Puedo demandarte."
"Inténtalo," desafió él, apretando su agarre en mi cadera para pegarme a la dureza de su cuerpo. "Controlo a los jueces de esta ciudad, controlo la policía y, a partir de hoy, controlo tu contrato laboral."
"No voy a firmar nada contigo," dije, tratando de mantener la compostura mientras la electricidad entre ambos amenazaba con quemar mis últimas defensas.
"Vas a firmar," sentenció él con frialdad absoluta. "Porque si no lo haces, me encargaré de que ninguna empresa de esta ciudad te contrate ni para limpiar pisos."
"¡Eres un monstruo!" exclamé, sintiendo las lágrimas de frustración agolpándose en mis ojos.
"Soy el hombre que paga tus cuentas," corrigió él, sacando una hoja impresa de su escritorio y arrojándola sobre la mesa. "Cincuenta mil dólares de sueldo anual. Puesto inmediato. La única condición es que estás bajo mi supervisión directa las doce horas del día."
Miré el papel desde la distancia. Cincuenta mil dólares. Era más que suficiente para pagar el hospital de Leo, comprar sus medicinas y sacarnos de la miseria de un solo golpe.
"¿Por qué haces esto?" pregunté, mirándolo a los ojos con amargura. "¿Qué quieres de mí?"
"Quiero saber qué me ocultas, Elena," respondió Alessandro, dando un paso adelante y tomándome del mentón con los dedos para obligarme a mirarlo. "Porque una mujer no huye de mi cama a medianoche a menos que tenga algo muy grande que esconder."
El pensamiento de Leo, en su cama de hospital con los mismos ojos negros y el mismo cabello azabache que el hombre que me sujetaba, me atravesó el pecho como una daga. Si Alessandro descubría que Leo era su hijo, usaría todo su poder de la mafia para quitármelo.
"No te ocultan nada," mentí con la voz más firme que pude reunir. "Solo quería olvidar esa noche."
"Vas a tener que esforzarte más para olvidarla," murmuró Alessandro, inclinándose de golpe para atrapar mis labios en un beso dominante, caliente y posesivo que me robó el juicio al instante.
Capítulo 30: El latido eterno de Milán"¿De verdad crees que voy a dejar que te escapes a tu despacho a revisar balances a las diez de la noche, habiendo una botella de vino esperándonos en la terraza?" le pregunté, cruzando los brazos frente a la puerta del estudio privado mientras lo observaba sostener la carpeta de cuero con una expresión de fingida inocencia."Los informes financieros de la naviera no se van a auditar solos, esposa mía," respondió Alessandro con una sonrisa lenta y magnética, avanzando un paso hacia mí con la seguridad felina que caracterizaba al Don de Milán."Los informes pueden esperar hasta mañana por la mañana, pero el hombre al que amo no," le repliqué con la voz teñida de un desafío juguetón, sintiendo cómo el aire se cargaba de electricidad en cuanto sus manos grandes se posaron sobre mis caderas para pegarme con fuerza contra su cuerpo.El penthouse entero respiraba una paz profunda, muy lejos de los días oscuros en los que el miedo, la traición de Valeri
Capítulo 29: La purga del imperio"Si crees que me voy a quedar encerrada en este búnker mientras tus hombres limpian la sangre de la terraza, Alessandro, estás muy equivocado," le dije a gritos, cruzando los brazos sobre mi pecho mientras el eco de mi voz rebotaba contra las paredes blindadas de la habitación subterránea."Elena, la casa principal todavía no es segura y no pienso arriesgar la vida de la madre de mi hijo por una maldita terquedad," respondió Alessandro con una voz helada que hizo vibrar el aire del sótano, dando dos pasos implacables hacia mí hasta que su sombra gigantesca me cubrió por completo."No es terquedad, es que no voy a dejarte solo dirigiendo este desastre cuando fui yo la que descubrió la traición de Matteo," le recordé con la barbilla en alto, apretando los puños a los costados para disimular el temblor salvaje que me recorría las manos.Alessandro apretó la mandíbula con una violencia contenida, observándome con esos ojos negros y profundos que quemaban
Capítulo 28: La sombra del puerto"¡Baja el arma ahora mismo, Matteo, o juro por la memoria de mi padre que te voy a atravesar la garganta antes de que puedas pestañear!" exigió Alessandro, y su voz resonó dentro del gran hangar privado del aeropuerto de Nápoles con una fuerza atronadora que hizo temblar la estructura metálica."Don Alessandro, no lo haga más difícil de lo que ya es," respondió Matteo con una calma fría y aterradora, manteniendo el cañón de su pistola semiautomática apuntado directamente hacia mi pecho mientras dos de sus hombres cerraban la salida trasera."¿Tú... Matteo?" pregunté en un hilo de voz destrozada, sintiendo que el suelo se desvanecía bajo mis pies mientras el aire helado de la madrugada me quemaba los pulmones. "Estuviste con nosotros en el muelle norte, defendiste a mi hijo... te abrimos las puertas de nuestra casa.""La lealtad no paga las deudas del juego ni compra la libertad que la familia Russo me quitó hace diez años, señora," replicó el escolta
Capítulo 27: El legado de la familia"Si me dices una sola vez más que me quede sentada en el auto mientras tú entras a esa reunión con las familias de la costa, Alessandro, te juro que voy a entrar por la puerta principal y voy a tomar el control de la mesa por mi cuenta," le advertí, acomodando el cuello de mi vestido de noche de terciopelo oscuro mientras el convoy blindado se detenía frente a las puertas de la villa en Nápoles."No es cuestión de poner en duda tu capacidad, Elena, es que los hombres del sur son unos cavernícolas viejos que no están acostumbrados a que una mujer les revise los libros contables en su propia cara," respondió Alessandro con una sonrisa torcida y peligrosa, extendiendo una mano firme para acomodar un mechón de mi cabello detrás de la oreja."Pues se van a tener que acostumbrar esta misma noche, porque la mitad de las acciones de la naviera del sur están a mi nombre desde ayer," le recordé, clavando mis ojos en los suyos con una firmeza que no admitía d












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