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02. EN LAS GARRAS DEL DESTINO

Penulis: L.N
last update Tanggal publikasi: 2026-05-31 00:13:56

VICTORIA

Omega reproductora.

Así llamaban a las Omegas que reducían a nada más que herramientas de cría dentro de las manadas.

Era arcaico, humillante, inhumano… Incluso con los problemas de fertilidad, muchas manadas lo habían prohibido.

Pero Luca me estaba condenando a ser violada por sus hombres y obligada a parir cachorros hasta morir en alguna habitación oculta de sus tierras.

—No, no… —seguí negando con la cabeza, atrapada en un bucle. No podía creer que fuera capaz de hacerme algo tan cruel.

¿Dónde estaba el hombre tierno del que me había enamorado?

—¿Cómo pueden permitir que su Alfa tome esa decisión?! ¡Es ilegal! —les grité a los ancianos del Consejo, pero era evidente que ya habían aceptado la sentencia.

—¡No voy a ser el juguete de nadie, maldito bastardo! —le rugí a Luca, llena de odio.

Pero la bofetada que me cruzó la cara me hizo callar, y no caí al suelo solo porque el agarre de hierro de su Beta me sostuvo.

De pronto, el Alfa me sujetó la barbilla con tanta fuerza que pensé que iba a romperme la mandíbula.

Se inclinó sobre mí, y la furia en sus ojos me hizo temblar.

—Creí que había encontrado un tesoro contigo, que tu padre terminaría perdonándote. Dijiste que eras su niñita bonita, y no eras más que peso muerto para los Bianchi —murmuró, escupiendo su resentimiento.

—Prometí cosas e hice tratos apostando por el apoyo de tu padre, ese bastardo arrogante. Te soporté por nada, y ni siquiera sirves como yegua de cría. ¡Dame el maldito rechazo o te lo arrancaré a la fuerza!

Su cabello rubio se erizó con el rugido que me hizo cerrar los ojos con fuerza.

En medio de todo ese dolor, una risa rota, casi demente, se me escapó de la garganta.

—Entonces todas esas promesas y palabras dulces eran porque ansiabas el poder de los Bianchi…

"Este hombre nunca me amó".

—Si ya lo sabes, entonces no sigas resistiéndote —dijo mientras se enderezaba, volvía a su asiento y tomaba la mano de Marcella con una caricia suave.

—Mi compañera destinada ha sufrido suficiente, y ya es hora de que ocupe el lugar que le corresponde —declaró, tocándole el vientre.

Todos lo respaldaron.

Marcella me miró con pura alegría. Burla.

Cuánto se habría divertido con mis lágrimas y mi sufrimiento, esperando la prueba final para hundirme frente al Consejo.

—Yo, Victoria Bianchi… —lo dije de todos modos, aunque mi loba se estaba desgarrando de dolor.

—Acepto tu rechazo, Alfa Luca Miller, y renuncio a mi lugar como Luna… pero me niego rotundamente a ser el depósito de semen de tus guerreros. ¡No voy a ser la Omega reproductora de tu manada!

Grité con rabia, luchando por liberarme de su asqueroso Beta.

Las risas explotaron por toda la sala, incluida la voz grave del hombre a mi espalda, y también la de Luca. Ni siquiera parecía afectado por la ruptura del vínculo.

Su lobo se cerraba para siempre ante mi Omega moribunda.

—Eso no lo decides tú. Ahora no eres nadie, Victoria Bianchi. ¡Sánchez, llévala a las celdas de aislamiento!

Lo ordenó en medio de mi forcejeo, de mis gritos desesperados.

Incluso con la debilidad y las manchas negras bailándome frente a los ojos, pateé, mordí y me retorcí como una loca contra el agarre de su Beta.

Pero él era mucho más fuerte que yo.

Me arrastró fuera de la sala jalándome del cabello, tirándome por el suelo.

Mis gritos de ayuda no le importaron a nadie.

Luca y Marcella se estaban besando delante de todos, reclamándose el uno al otro, y enviándome directo a un destino peor que la muerte.

Por mucho que los odiara, ni siquiera pude defenderme de Sánchez mientras me obligaba a avanzar hacia el estacionamiento.

—¡Deja de luchar, maldita sea! —rugió, y sus palabras vinieron acompañadas de otra bofetada brutal.

Mi cuerpo chocó contra la puerta de su auto como una muñeca de trapo, y sentí que la luz se apagaba a mi alrededor.

Los ojos oscuros de Sánchez fueron lo último que vi antes de desmayarme, y lo primero que encontré cuando volví a despertar.

*****

El movimiento brusco y el sonido del auto se filtraron a través de la niebla de mi mente.

Mi loba, Nova, se había enroscado en su mundo interior, escondida en el dolor, sin responderme.

Una sacudida violenta, seguida del sonido de puertas abriéndose y cerrándose de golpe, me hizo reaccionar.

Estaba acostada sobre una superficie dura. El hedor a cuero, sudor y restos de comida me inundó la nariz.

Una brisa se coló, erizándome la piel.

Estaba en la parte trasera de un auto, y en ese momento unas manos bruscas me tocaban las piernas, subiéndome el vestido.

Abrí los ojos horrorizada y encontré a Sánchez casi encima de mí.

—¿Qué estás haciendo, enfermo de m****a?! —intenté patearlo, pero él me sujetó los pies.

—He esperado mucho tiempo este momento. Vamos a ver si todavía tengo que llamarte “señora” mientras me la chupas —dijo.

Sus palabras sucias, su rostro deformado por la lujuria, casi me hicieron vomitar.

La adrenalina y el miedo me obligaron a reaccionar cuando intentó sacarme del auto.

Mi cuerpo raspó con fuerza contra el asiento de cuero del Ford, y solo logré agarrarme del reposacabezas del conductor.

Todo pasó demasiado rápido. Mi tacón se estrelló contra su rostro y lo escuché rugir maldiciones.

El siguiente tirón fue tan brutal que arranqué el reposacabezas y me quedé con él en las manos.

El brillo de las varillas metálicas destelló frente a mis ojos, e hice lo primero que se me vino a la mente.

Me incorporé y se lo clavé en el ojo cuando él se abalanzó para dominarme.

—¡Aahh!

Su rugido me sacudió los oídos. La sangre caliente me salpicó.

Vi a Sánchez retroceder tambaleándose, cubriéndose el rostro, pintado de rojo.

Mi cuerpo entró en modo supervivencia. Me deslicé entre los asientos delanteros y me lancé al lado del conductor.

Encendí el auto y salí disparada por la carretera solitaria que él había elegido para aprovecharse de mí.

El corazón me golpeaba con fuerza. Mis ojos estaban desorbitados, intentando ubicar en qué demonios de parte de la manada estaba.

Miré por el retrovisor hacia la puerta trasera mientras se balanceaba, golpeando, hasta que finalmente se cerró de un portazo.

A través de la nube de polvo, el enorme Beta me gritaba maldiciones e incluso intentó transformarse para perseguirme.

Hundí mi pie descalzo en el acelerador todo lo que pude, y sus propias decisiones se volvieron en su contra.

Se había desviado hacia un tramo poco vigilado. La salida de esa parte del territorio casi siempre tenía una seguridad relajada.

Salí de aquellas tierras malditas a toda velocidad, atravesando el puesto de control sin detenerme en la caseta de los guardias. No iba a darles la oportunidad de encerrarme.

Pero ahora era una Omega fugitiva en una ciudad llena de Alfas despiadados… y una mafia que traficaba con las de mi clase para usarnos como vientres y como desahogo.

¿Adónde podía ir para sobrevivir a la cacería de Luca, protegerme de que me persiguieran como a una renegada y me arrojaran en algún burdel inmundo de un callejón?

Mi mente analizaba a toda velocidad, y lo único que se me ocurrió fue volver a mi verdadero hogar.

Estaba desesperada. Abandonada… esperando que mi padre tuviera misericordia de mí.

No había sabido nada de ellos en dos años, ni siquiera después de mis intentos por contactar primero a mi padre y luego a mi hermano, Enzo.

Incluso me habían prohibido entrar a la empresa familiar.

En la bifurcación de la autopista… tomé la derecha, la salida 51, la que conducía al territorio Bianchi.

Suplicaría de rodillas. Haría lo que fuera necesario para sobrevivir.

Ni siquiera me molesté en abandonar el auto. Luca jamás podría pisar esas tierras si mi padre realmente me aceptaba de vuelta.

Vi pasar a toda velocidad el bosque familiar, donde corrí por primera vez, donde mi padre me entrenó, donde conocí a mi loba.

Las lágrimas empezaron a derramarse, y los sollozos me desgarraron la garganta.

Estaba mareada, destrozada por la ruptura del vínculo, con náuseas y sombras negras nadando frente a mis ojos hinchados.

A lo lejos, el primer puesto de control ya comenzaba a aparecer. Los guardias gritaron una advertencia y juro que intenté frenar, pero mi cuerpo ya no me obedecía.

Me desplomé contra el volante, aferrándome a él con todas mis fuerzas, intentando reducir la velocidad.

Lo último que sentí antes de perder la conciencia fue un impacto brutal contra un árbol… y la presión sofocante del cinturón de seguridad cruzándome el pecho, salvándome la vida.

*****

No sé cuánto tiempo permanecí inconsciente, y el dolor era tan insoportable que a veces ni siquiera quería despertar.

Pero abrí los ojos hacia un techo blanco y miré alrededor de la pequeña habitación, confundida.

—Mmmn —gemí, llevándome una mano a la cabeza mientras me incorporaba y encontraba una venda.

Bajé la mirada hacia mi cuerpo, cubierto de moretones y parches médicos.

A mis ojos les costó enfocar, recordar… Estaba en una habitación del personal, dentro de la mansión Bianchi.

Lo había logrado.

Un nudo se apretó en mi garganta seca.

Aparté la sábana y luché por bajar de la cama, por ir a buscar a mi padre. Me había recibido, y eso significaba que todavía tenía esperanza.

Pero la puerta se abrió de golpe, y me quedé helada cuando vi entrar a un hombre alto, de cabello castaño y ojos verdes.

—Tuve el presentimiento de que habías despertado… Victoria.

Su voz áspera resonó por la habitación, y todo mi cuerpo tembló.

—Hermano… —la palabra salió ahogada, pero Enzo solo levantó una ceja.

—¿Ahora sí recuerdas que tienes un hermano?

La pregunta goteaba sarcasmo. El corazón me dio un vuelco en el pecho mientras apretaba la sábana.

Enzo siempre había sido demasiado duro, demasiado serio.

El honor y la lealtad a la familia lo eran todo para él… por eso me veía como una traidora.

—Enzo, necesito hablar con papá, yo… estoy pidiendo refugio. Estoy en una situación desesperada, por favor, hermano… —empecé a suplicar, porque el orgullo no iba a servirme de nada.

Me incorporé a duras penas al verlo guardar silencio, de pie en el umbral, con el ceño profundamente fruncido y tormentas en los ojos.

—Si no me llevas con papá, iré yo sola. ¡Le suplicaré! —me puse de pie pese al mareo y avancé con dificultad sobre la alfombra.

—Nuestro padre murió hace unos días, Victoria, y ahora yo soy el nuevo patriarca de la familia Bianchi.

Lo miré como si le hubiera crecido otra cabeza.

Mi cuerpo se enfrió en un instante.

Las rodillas me fallaron y caí al suelo con un golpe sordo, negando con la cabeza, luchando por no seguir llorando.

—No, no... papá… —bajé la cabeza y la escondí entre mis manos mientras los sollozos me ahogaban, junto con la culpa.

Ni siquiera pude despedirme. Ni siquiera pude pedirle que me perdonara por mi rebeldía.

Si mi padre ya no estaba, entonces solo Enzo podía ayudarme.

—Necesito tu ayuda… —mi voz salió como la de una loca desesperada—. Por favor, acéptame en la manada o Luca va a convertirme en una Omega reproductora.

Gateé hasta los pies de Enzo, llorando, contándole toda mi desgracia, avergonzada de mí misma y de mi terquedad.

Él se quedó callado, pensando, como una estatua de piedra. Pero mi hermano, aunque era severo, no era despiadado. No era cruel.

—Enzo, te lo suplico. Haré lo que sea para volver…

—La única forma de aceptar de vuelta a una traidora como tú y protegerte es que te sometas a nuestras condiciones.

Antes de que Enzo pudiera responder, la voz firme de una mujer sonó detrás de él, junto con el chasquido agudo de unos tacones entrando en la habitación.

Levanté la cabeza con rigidez, y esos ojos avellana llenos de ira hicieron que el corazón se me encogiera.

Era la matriarca Bianchi… y mi madre Alfa, Antonella Bianchi.

—Tienes que aceptar un apareamiento con la familia Greco.

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