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CAPÍTULO 48: SANGRE SOBRE LA NIEVE (POV ISABELLA)El estruendo de los cristales al romperse fue el primer acorde de la sinfonía de muerte que se apoderó de la carpa principal.Los gritos de terror de la alta sociedad de Nueva York se ahogaban bajo el sonido sordo y rítmico de los disparos con silenciador. En medio de la negrura absoluta, los destellos de las detonaciones iluminaban intermitentemente el pánico: hombres en trajes a medida rodando por el suelo, copas de cristal estallando y el olor acre a pólvora y sangre fresca reemplazando al perfume de las rosas blancas.—¡Isabella! —el rugido de Lorenzo resonó a mi derecha, desesperado, furioso.Sentí su mano extendiéndose en la oscuridad, buscando desesperadamente mi vestido, pero me dejé caer al suelo, conteniendo la respiración mientras la seda roja se empapaba del vino derramado en la alfombra. Agarré la tela con ambas manos para no tropezar y gateé en medio de la marea de piernas presa del pánico. Mi único pensamiento, mi único
CAPÍTULO 47: EL SUEÑO Y LA SANGRE (POV ISABELLA) El sol se ocultaba tras los rascacielos de Nueva York, tiñendo el cielo de una tonalidad púrpura y carmesí que presagiaba tormenta. El rumor de la fiesta de compromiso en los pisos inferiores de la mansión Moretti resonaba como el murmullo lejano de una colmena humana. Sin embargo, en el ala norte, la habitación permanecía sumida en un silencio denso y sofocante, solo interrumpido por el leve sonido de mi respiración acelerada. María terminó de abrochar el último broche de cristal en la espalda de mi vestido. La seda color rojo rubí caía por mi figura con una fluidez voluptuosa, ciñéndose a mi cintura con exactitud quirúrgica y moldeando mi cadera antes de abrirse en una abertura profunda que dejaba al descubierto casi la totalidad de mi pierna izquierda. El escote en forma de corazón realzaba la plenitud de mi pecho, un sutil cambio biológico que solo yo —y ahora Alexander— conocíamos. —Está deslumbrante, niña —musitó María, mirándom
CAPÍTULO 46: EL MENSAJERO DE LAS SOMBRAS (POV ISABELLA)La noche previa a la fiesta de compromiso no era una noche de descanso, sino una vigilia fúnebre disfrazada de celebración. El tintineo de las copas de cristal siendo acomodadas en el piso inferior resonaba por los conductos de ventilación como gotas de agua en una cueva. Me encontraba en mi habitación, la misma que se había convertido en mi santuario y mi celda, mirando fijamente el fresco de los ángeles en la habitación contigua. Lorenzo quería un mundo de oro para un niño que nació de las sombras, y yo sentía que cada minuto que pasaba bajo este techo, una parte de la verdadera Isabella moría definitivamente.Me senté en el diván, apretando una almohada contra mi pecho. Las náuseas habían remitido un poco, dejando en su lugar un vacío gélido. Sabía que Alexander estaba afuera, en algún lugar de la ciudad, odiándome con una intensidad que probablemente estaba consumiendo su cordura. La imagen de su rostro roto en la gala me per
# CAPÍTULO 45: LA JAULA DE ORO Y SEDA (POV ISABELLA)El silencio en la mansión Moretti era tan denso que podía escucharse el roce de las cortinas de terciopelo contra el suelo de mármol. Desde mi ventana en el ala norte, observaba los jardines perfectamente podados, donde un batallón de decoradores y floristas trabajaba bajo la lluvia fina de Nueva York. Estaban levantando carpas de cristal y descargando miles de rosas blancas —el símbolo de la pureza que yo ya no poseía—. Todo estaba siendo preparado para la gran fiesta de compromiso, el evento que sellaría mi destino y el de mi hijo bajo el apellido Moretti.Me alejé del ventanal, sintiendo un escalofrío que no tenía nada que ver con el clima. Me crucé de brazos, rodeando inconscientemente mi vientre, que aún permanecía plano ante el mundo, pero que para mí se sentía como el centro del universo. Cada vez que cerraba los ojos, veía la imagen de Alexander en la gala: su rostro desencajado, el vaso rompiéndose a sus pies y, sobre todo,
La penumbra de mi nuevo despacho en Manhattan era lo único que toleraba mi vista. El aire estaba viciado, impregnado del aroma a tabaco turco y el rastro acre del whisky que había estado consumiendo desde que regresé del Waldorf Astoria. Mi mejilla aún palpitaba, no por el golpe físico que Isabella me había propinado en el balcón, sino por el eco de su desprecio. Cada vez que cerraba los ojos, veía su mirada: gélida, vacía, como si Alexander Volkov no fuera más que una mancha de suciedad en su impecable vestido de terciopelo.—Sasha, tienes que ver esto.La voz de Mikhail rompió el silencio como un cristal estallando. Entró sin llamar, con la pesadez de quien carga malas noticias. Sus ojos, siempre duros como el granito, evitaban los míos mientras dejaba una tableta y un periódico de la edición matutina sobre el escritorio de caoba.—No estoy de humor para informes de bolsa, Mikhail —gruñí, sirviéndome otro trago. Mis manos temblaban ligeramente, una debilidad que odiaba.—No es la bo
CAPÍTULO 43: EL HEREDERO DE LAS CENIZAS (POV ISABELLA)El trayecto de regreso a la mansión Moretti fue un descenso silencioso hacia un infierno nuevo. Lorenzo no dijo una palabra, pero su mandíbula estaba tan tensa que parecía a punto de estallar. Yo me limité a mirar por la ventanilla, viendo las luces de Manhattan difuminarse por la lluvia y las lágrimas que me tragaba con un esfuerzo sobrehumano. En mi vientre, sentía una pulsación eléctrica, una vida que aún no era más que un secreto, pero que ya pesaba más que todo el oro de los Moretti.Al entrar en la mansión, el eco de mis tacones sobre el mármol sonó como una sentencia. María intentó acercarse para ayudarme con el abrigo, pero Lorenzo la detuvo con un gesto brusco de la mano. No era el Lorenzo refinado de la gala; era el hombre que había planeado una ejecución y se había encontrado con un imprevisto.—A la biblioteca. Ahora —ordenó.Caminé delante de él, sintiendo su mirada clavada en mi nuca. Una vez dentro, Lorenzo cerró la







