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CAPÍTULO 4: EL SABOR DE LA TRAICIÓN

Autor: Deli zapata
last update Data de publicação: 2026-04-13 03:34:38

El trayecto de vuelta a la mansión fue un descenso lento hacia el infierno. Dentro de la limusina, el silencio era tan denso que podía oír el roce de mis medias de seda al cruzar las piernas. Alexander estaba sentado frente a mí, con la corbata deshecha y el primer botón de su camisa desabrochado. No me miraba; observaba las luces de la ciudad pasar a través del cristal tintado, pero su presencia llenaba cada rincón del vehículo.

Mis labios todavía ardían. Podía sentir el sabor de su boca, una mezcla de alcohol caro y una posesión que me hacía revolver el estómago. Me sentía sucia, no por el beso en sí, sino por la forma en que mi cuerpo había respondido. Odiaba a Alexander Volkov con cada fibra de mi ser, lo odiaba por comprarme, por chantajearme, por usar la vida de mi madre como moneda de cambio... y, sin embargo, en ese escenario, bajo los flashes de las cámaras, mi pulso se había acelerado de una forma que no podía fingir.

—¿Te duele la mandíbula, Isabella? —preguntó de pronto, sin apartar la vista de la ventana. Su voz era un susurro ronco que cortó el aire como una cuchilla.

—¿De qué hablas? —respondí, tratando de que mi voz no temblara.

—De tanto fingir que me amas. Tuviste una actuación estelar —se giró lentamente y sus ojos grises me atraparon. En la penumbra del coche, parecían los de un lobo acechando en la maleza—. Aunque ese gemido que soltaste cuando te acerqué a mí... no pareció parte del guion.

—Eres un arrogante —espeté, apretando el bolso contra mis rodillas—. Lo hice porque no me quedaba otra opción. Porque eres un extorsionador que tiene a mi madre como rehén. No te confundas, Alexander. No fue deseo. Fue asco convertido en adrenalina.

Él soltó una carcajada seca y se inclinó hacia adelante, invadiendo mi espacio.

—Mientes tan mal, Isabella. Te mientes a ti misma porque admitir la verdad te destruiría. Te mueres por saber qué se siente ser reclamada por un hombre que no te pide permiso.

No respondí. Me pegué a la puerta del coche, deseando que el trayecto terminara. Cuando finalmente nos detuvimos frente a la mansión, salí disparada en cuanto Mikhail abrió la puerta. Subí las escaleras de mármol casi corriendo, oyendo el eco de mis tacones como disparos en el vestíbulo vacío. Necesitaba quitarme este vestido, necesitaba lavarme la piel, necesitaba borrar su rastro de mi memoria.

Entré en mi habitación y cerré la puerta con fuerza, apoyando la espalda contra la madera fría. Cerré los ojos, tratando de calmar mi respiración. Pero antes de que pudiera dar un paso hacia el vestidor, la puerta se abrió de golpe.

Alexander entró sin llamar. Su mirada estaba cargada de algo oscuro, una intensidad que me hizo retroceder hasta que mis pantorrillas chocaron con el borde de la inmensa cama de seda.

—Sal de mi habitación —ordené, aunque mi voz sonó más como una súplica que como un mandato.

—Esta es mi casa, Isabella. Y tú eres mi esposa. No hay un solo rincón aquí que sea "tuyo" —dijo, cerrando la puerta tras de sí con un clic metálico que selló mi destino—. El beso de la cena no fue suficiente. Te vi temblar bajo mis manos. Te vi buscar más.

—¡Basta! —grité, sintiendo que las lágrimas de frustración empezaban a arder en mis ojos—. ¡Ya tuviste lo que querías! Tuviste las fotos, tuviste la farsa, tuviste a toda la prensa diciendo que somos la pareja perfecta. ¡Déjame en paz!

Pero él no se detuvo. Caminó hacia mí con esa elegancia depredadora, obligándome a retroceder hasta que me desplomé sentada sobre el colchón. Él se inclinó sobre mí, atrapándome entre sus brazos, sus manos apoyadas a ambos lados de mis caderas. Estaba tan cerca que podía sentir el calor que emanaba de su pecho, la fuerza bruta que vibraba bajo su ropa cara.

—¿Quieres que te deje en paz? —susurró, y su rostro bajó hasta que sus labios rozaron mi oreja, enviando un escalofrío violento por mi columna—. ¿O quieres que te demuestre que ese odio que pregonas es solo la máscara de algo mucho más peligroso?

Antes de que pudiera responder, su boca volvió a capturar la mía. Pero esta vez no había cámaras. No había público. Este beso era crudo, violento y cargado de una urgencia que me dejó sin aliento. Alexander me besó con una profundidad que me hizo ver estrellas, sus manos subieron desde el colchón para enredarse en mi cabello, tirando ligeramente hacia atrás para exponerme por completo a su ataque. Sus labios se movían con una técnica devastadora, devorándome, reclamando cada rincón de mi boca como si le perteneciera por derecho divino.

Sentí una oleada de calor que nació en mi vientre y se extendió por todo mi cuerpo. Por un segundo de debilidad absoluta, mis manos subieron a sus hombros, mis dedos se enterraron en la tela de su camisa, atrayéndolo más hacia mí. Mi cuerpo lo quería, mi piel lo gritaba, y ese fue el momento en que el asco por mí misma superó a la pasión.

Recordé a mi madre en la cama del hospital. Recordé a mi padre vendiéndome como una mercancía. Recordé que este hombre frente a mí era el arquitecto de mi ruina.

Con una fuerza que no sabía que poseía, logré liberar una mano. El sonido del impacto resonó en la habitación como un trueno.

Le di una bofetada con todas mis fuerzas.

La cabeza de Alexander se giró hacia un lado por el impacto. El silencio que siguió fue sepulcral, solo roto por mi respiración entrecortada y el latido de mi propio corazón en mis oídos. Mi mano ardía, la palma me escocía como si hubiera tocado fuego.

Alexander se quedó inmóvil por un momento. Lentamente, volvió a girar la cara hacia mí. En su mejilla izquierda, la marca roja de mis dedos empezaba a florecer sobre su piel pálida. Sus ojos grises, que antes estaban encendidos por el deseo, ahora eran dos trozos de hielo, gélidos y letales.

—No vuelvas a tocarme —susurré, con la voz temblando de rabia—. No soy un objeto que puedas usar cuando te aburras de tus negocios. Me compraste el nombre, Alexander. No me compraste a mí.

Él no se inmutó. Se pasó la punta de la lengua por el labio inferior, donde mi anillo le había provocado un pequeño corte que ahora sangraba ligeramente. Limpió la sangre con el pulgar y la miró con una curiosidad aterradora.

—Tienes fuego, Isabella. Me gusta el fuego —su voz bajó a un registro tan grave que me hizo vibrar—. Pero ten cuidado. El fuego que no se controla termina quemando a quien lo inició.

Se levantó, recuperando su postura impecable, y se ajustó los puños de la camisa como si nada hubiera pasado. Pero la mirada que me dedicó antes de salir era una promesa de guerra.

—Disfruta de tu soledad esta noche, esposa mía. Porque a partir de mañana, voy a asegurarme de que cada vez que me mires, recuerdes que por mucho que me golpees, sigues estando bajo mi techo, comiendo de mi mano y durmiendo en mi cama. El año acaba de empezar... y te aseguro que voy a cobrarme esa bofetada con intereses.

Salió de la habitación y cerró la puerta con una suavidad que me resultó mucho más aterradora que un portazo. Me quedé allí, sentada en el borde de la cama, mirando mi mano temblorosa. Había ganado esta batalla, pero por la forma en que el corazón me seguía latiendo con fuerza, supe que acababa de perder la paz para siempre.

Alexander Volkov no olvidaba. Y yo acababa de desafiar al único hombre que tenía el poder de destruirme por completo o, lo que era peor, de hacerme amar mi propia destrucción.

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