LOGINPasé un año muriéndome de hambre por un hombre que no me tocaba. Entonces su padre y su hermano decidieron darse el festín. Rob me llamó putita cuando le supliqué que me follara. Me hizo sentir basura por desear sus manos en el cuerpo. Luego dejó que otra mujer le chupara la polla delante de mí… y me dijo que ella lo hacía mejor. Debería haberme ido. En vez de eso, lo seguí hasta la isla privada de su familia en Italia. Ahí los conocí. Víctor Marchetti. El padre de Rob. Pelo plateado, ojos azul hielo y un cuerpo hecho para pecar. Me miró como si quisiera devorarme entera. Cuando me puso la mano en la parte baja de la espalda, lo sentí entre los muslos. Dante. El hermano mayor. Oscuro, peligroso, y construido como si pudiera partirme con las manos desnudas. Una mirada de aquellos ojos negros y ya estaba mojada. Una palabra de aquella voz grave y ya estaba lista para ponerme de rodillas. Intenté resistirme. Intenté acordarme de que tenía un novio durmiendo al fondo del pasillo. Pero ellos me cazaron. Me arrinconaron. Me hicieron admitir lo que el cuerpo llevaba gritando. Cuando por fin me tomaron —los dos a la vez, reclamando cada agujero, cada sonido, cada gemido desesperado—, entendí lo que me había estado faltando. La mano de Víctor en mi garganta mientras Dante se enterraba tan hondo que no podía respirar. Dos hombres que no solo me querían. Me necesitaban. Me poseían. Me arruinaron para cualquiera. Rob me hizo mendigar migajas. Su padre y su hermano me hicieron gritar sus nombres.
View MorePunto de vista de LiaSentí que el calor me subía a las mejillas, el placer floreciendo en el pecho ante la admiración genuina de su voz y sus ojos.—Gracias —logré, la voz saliéndome un poco sin aire—. Tú también te ves bastante increíble.Dante sonrió —aquella sonrisa devastadora que le iluminaba toda la cara— y me ofreció las rosas.—Son para ti —dijo—. Aunque palidecen en comparación con lo hermosa que te ves ahora mismo.Cogí el ramo con cuidado, llevándomelo a la nariz para inhalar la fragancia dulce y sutil de las rosas.—Son preciosas —dije—. Muchísimas gracias. Déjame ponerlas en agua…Empecé a girarme hacia la cocina, pero Dante me paró con una mano suave en el brazo.—Déjalas —dijo—. Nos ocupamos luego. Ahora mismo solo quiero mirarte.Los ojos oscuros me recorrieron otra vez, más despacio esta vez, tomando cada detalle: el pelo, el maquillaje, cómo me quedaba el vestido, los pendientes de diamantes, los zapatos.—Eres absolutamente impresionante —dijo otra vez, la voz más
Punto de vista de LiaMe pasé las siguientes dos horas y media en lo que solo podía describirse como una preparación intensiva.Primero, la ducha: larga y a fondo, usando mi mejor gel de cuerpo, asegurándome absolutamente de que cada centímetro de mí estuviera perfectamente limpio y suave. Ya me había afeitado por la mañana, pero lo repasé todo otra vez solo para estar segura. Exfolié. Me hidraté con mi loción favorita, que me dejaba la piel suave y con un aroma ligero a vainilla.Luego vino el pelo.Lo seccioné con cuidado, trabajando con la plancha de rizos para crear rizos perfectos y con rebote que me enmarcaran la cara y cayeran en ondas elegantes sobre los hombros. Me llevó casi cuarenta y cinco minutos dejar cada sección exactamente bien: rizando, sujetando, dejando enfriar y luego soltando y arreglando.Cuando terminé, el pelo se veía como si acabara de salir de un salón profesional. Rizos suaves y románticos que cogían la luz y se movían hermosos al girar la cabeza.Luego el
Punto de vista de LiaOtra caja más pequeña, esta de terciopelo negro.Con las manos temblando, la abrí.Y casi la dejo caer del shock.Pendientes. Pendientes de diamantes. O quizá no fueran diamantes de verdad.Eran impresionantes: pendientes clásicos de gota, cada uno con un racimo de diamantes que cogían la luz y la devolvían en destellos brillantes. Elegantes y atemporales, el tipo de joyería que serviría para cualquier cosa, desde una cena bonita hasta una gala.El tipo de joyería que costaba… ni siquiera quería pensar cuánto costaba.Me quedé ahí en el salón con la bata, mirando el vestido, los zapatos, los pendientes —fácilmente miles y miles de dólares en objetos— y me sentí completamente abrumada.Esto era demasiado. Demasiado. No podía aceptar regalos así. No podía dejar que Dante gastara este tipo de dinero en mí cuando apenas acabábamos de empezar lo que fuera esto.Con los dedos torpes, cogí el teléfono y llamé a Dante.Respondió al segundo tono.—¿Has recibido el paquete
Punto de vista de LiaAsí que lo hice. Le conté a Joella todo: desde el momento en que había abierto la puerta y encontrado a Dante de pie ahí, pasando por cada detalle de nuestra mañana juntos.Le describí el café: el exterior elegante de piedra blanca, las lámparas de araña de cristal, las molduras ornamentadas, la forma en que Marie, la anfitriona, había saludado a Dante como si fuera un habitual valorado. Los precios astronómicos que casi me habían hecho saltar los ojos de la cabeza, y la insistencia firme de Dante de que pidiera lo que quisiera sin preocuparme del coste.Le hablé de la comida: aquellos panqueques imposible de perfectos con vainilla de Madagascar y bayas frescas, los huevos benedictinos con su holandesa sedosa y el salmón ahumado delicado, la forma en que todo había sabido como si lo hubieran preparado ángeles en una cocina parisina.Y luego le hablé del incidente del sirope.—Espera, para —me cortó Joella, la voz subiendo de incredulidad emocionada—. ¿Hizo QUÉ? ¿












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