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CAPÍTULO 141: REFUGIO TEMPORAL

Author: EJPB
last update publish date: 2026-10-03 06:00:36

JOHANA

El pequeño departamento de Daniela quedaba en el último piso de un edificio antiguo, en un barrio bohemio muy alejado de la opulencia del distrito financiero. Daniela, mi gran amiga de la universidad y ahora mi colega en los proyectos de arte independiente, me recibió sin hacerme preguntas difíciles en cuanto me vio parada en su umbral con dos maletas grandes y los ojos hinchados detrás de las gafas de sol. Dejé caer mi equipaje en el recibidor, sintiendo que mis piernas por fin flaqueab
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    MANUEL—Quiere inmunidad penal —dijo Benavídez al teléfono, con la voz de quien repite un dato sin adornos—. A cambio, entrega todo: documentos, grabaciones y su declaración contra Carol Sterling.Apreté el auricular. Eran las diez de la noche y Ferreira, a mi lado, había dejado de respirar.—¿Qué grabaciones?—No ha querido adelantarlo por teléfono. Dice que prefiere que las escuche usted mismo.—¿Dónde está?—En un piso del norte. Iván lo tiene vigilado, y me ha confirmado que Ernesto está solo, sin comida ni dinero y bastante asustado.Miré a Ferreira. Él asintió con la cabeza, sin una sola palabra.—Dile que sí —dije—. Pero que antes tendrá que entregar todo, y que mi equipo lo recoge esta noche.—¿Y la fiscalía?—Hablaré yo con el fiscal. Quiero que la inmunidad esté firmada antes de que amanezca.—Entendido.Colgué y apoyé las manos sobre el escritorio. Llevaba semanas esperando ese momento, y ahora que llegaba no sentía alegría. Sentía que el suelo vibraba.ERNESTOSalió del ed

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    MANUEL—Que nadie lo toque —dije al teléfono, con la voz tan baja que Ferreira dejó de teclear.—Señor, está a cuarenta minutos —insistió Iván—. Puedo entrar esta noche y sacarlo.—No.—¿No?—Si lo sacamos ahora, será un prisionero. Y un prisionero dice lo que le conviene. —Apreté el borde del escritorio—. Quiero que hable cuando no le quede otra opción.—¿Y si huye?—Vigílalo desde fuera. Cada puerta, cada ventana. Y cuando Carol deje de pagarle, vendrá solo.Colgué. Ferreira me observaba con una ceja arqueada.—¿Estás seguro de que Carol dejará de pagarle?—Estoy empezando a asegurarme de ello.Los dos días siguientes fueron una lección de arquitectura financiera. Cada hora, Benavídez traía la lista actualizada: una línea de crédito revocada, un proveedor perdido, un contrato suspendido. Nadia seguía el rastro desde su portátil y señalaba con un dedo la pantalla cada vez que un número cambiaba de color.—La aerolínea de los Sterling cotiza hoy a la mitad que ayer —dijo Nadia, sin le

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    MANUELEl teléfono pesaba en mi mano como si estuviera hecho de plomo. Cerré los ojos un segundo. Tres semanas de insomnio, una carta y una frase de cinco palabras lanzada con la ligereza de quien reparte cartas.Abrí los ojos y respondí con la voz más fría que encontré.—No.—¿No qué, querido?—No lo sabes. Si lo supieras, no me lo dirías por teléfono. Me lo cobrarías a precio de imperio.Hubo un silencio breve. Después, una risa suave, casi admirada.—Qué bien me conoces, Manuel. Lástima que te haya costado tanto tiempo.—Ya sé lo que quieres.—Dudo que lo sepas. —Su voz perdió, por un instante, el barniz de cortesía—. Tienes siete días de gracia. Después no habrá manera de pararme.Colgó. Ferreira detuvo la grabación y bajó el teléfono despacio.—Lo tengo todo —dijo—. Cada palabra.—Era un farol.—¿Cómo lo sabes?—Porque Carol nunca avisa. —Me froté la nuca—. Cuando tiene algo, lo usa sin anunciar.Tres horas después, Benavídez empezó a ejecutar la orden.La primera llamada fue al

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    MANUELBajé al vestíbulo con el sobre en la mano. Daniela esperaba de pie, junto a la puerta, abrazada a su abrigo, con los ojos muy abiertos y las mejillas pálidas.—Lo encontré bajo mi puerta —dijo sin saludar—. No lo abrí. Pero la letra...—Lo sé.Rasgué el papel con el pulgar. Dentro había una sola hoja de papel grueso, escrita a mano con tinta negra. Leí en voz baja:*Querido Manuel: qué lástima lo de tu esposa. Dicen que las mujeres que huyen siempre tienen una razón. Tu amiga Daniela compra vitaminas prenatales con la discreción de quien oculta algo. Felicidades, papá. Cuídala mucho. Las embarazadas son tan frágiles. —Carol.*El silencio me cayó encima como una losa. Mis dedos apretaron el papel hasta arrugarlo.—¿Qué dice? —preguntó Daniela.—Que Carol sabe lo del bebé.La vi tambalearse. Se llevó la mano a la boca y las lágrimas le brotaron sin ruido.—Yo no le dije nada. Lo juro por mi vida, Manuel. Nunca...—Lo sé.—El recibo de la farmacia. Debió de sacarlo de la basura. —

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    MANUEL—Entonces lo seguimos —repitió Roca.—Sin que nadie lo note.—Iván se encarga. Es el mejor que tengo.Iván asintió desde el fondo de la nave, con los ojos ya fijos en la pantalla. Esa misma noche, Duarte tenía una sombra. Pasaría semanas sin saberlo.La cacería empezó en serio al día siguiente.Roca la dirigía desde la nave industrial. En una semana, sus hombres revisaron las listas de pasajeros de todos los aeropuertos. En dos, los registros de las fronteras terrestres, los puertos y los consulados. Nadia cruzó cuentas bancarias, tarjetas de crédito, alquileres y suscripciones. Iván recorrió la ciudad con una fotografía de graduación y una mentira de cortesía: “es mi prima, se fue de casa”.Yo leía cada informe. Todos, sin excepción, a las seis de la mañana y a las once de la noche, en el despacho del penthouse, con una taza de café que se enfriaba junto al teclado.—Manuel, tienes cuarenta informes pendientes —decía Ferreira.—Los leeré.—Son de gente que ni sabe cómo se llam

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    MANUEL—¿Quién? —pregunté.—No lo sé todavía. Mis agentes tomaron fotos, pero los rostros salen a contraluz. —Ibarra hizo una pausa—. Sé que son profesionales, y que llevan semanas en esos mismos puestos.—¿Cuántas?—Tres, quizá cuatro.Ferreira y yo nos miramos. Él abrió la boca y yo levanté una mano.—No lo digas todavía.—Carol —dijo igual.—O Lira. O ambos. —Apreté el borde de la mesa—. Ibarra, quiero esas fotos en una hora.Colgué. Ferreira cruzó los brazos y me señaló la puerta del baño con la barbilla.—Diez minutos. Ya llevas dos.Me miré en el espejo y tardé en reconocerme. Las ojeras me llegaban hasta los pómulos. La barba, de tres semanas, se había vuelto un matorral oscuro. Johana decía que con tres días de barba parecía un pirata y que con tres semanas parecería un náufrago.—Hoy necesito al Magnate—murmuré.Me afeité despacio, con la cuchilla de siempre. Cuando salí, con el traje azul oscuro y la corbata mal anudada, Ferreira me miró de arriba abajo y asintió con una son

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