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CAPÍTULO 153: ELENA

Author: EJPB
last update publish date: 2026-10-13 08:07:55

JOHANA

Al cuarto día, la carretera dejó de ser asfalto y se volvió una cinta de tierra apisonada entre dunas bajas. Tomás redujo la marcha y bajó la ventanilla. Entró un aire distinto, espeso y salado, que me llenó los pulmones antes de que mis ojos entendieran de dónde venía.

Entonces, tras la última curva, apareció el mar.

No supe qué decir. Era una franja que se extendía hasta donde alcanzaba la vista, con una línea de espuma que se encendía y se apagaba contra la orilla. Un puñado de casas
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    MANUELEl teléfono pesaba en mi mano como si estuviera hecho de plomo. Cerré los ojos un segundo. Tres semanas de insomnio, una carta y una frase de cinco palabras lanzada con la ligereza de quien reparte cartas.Abrí los ojos y respondí con la voz más fría que encontré.—No.—¿No qué, querido?—No lo sabes. Si lo supieras, no me lo dirías por teléfono. Me lo cobrarías a precio de imperio.Hubo un silencio breve. Después, una risa suave, casi admirada.—Qué bien me conoces, Manuel. Lástima que te haya costado tanto tiempo.—Ya sé lo que quieres.—Dudo que lo sepas. —Su voz perdió, por un instante, el barniz de cortesía—. Tienes siete días de gracia. Después no habrá manera de pararme.Colgó. Ferreira detuvo la grabación y bajó el teléfono despacio.—Lo tengo todo —dijo—. Cada palabra.—Era un farol.—¿Cómo lo sabes?—Porque Carol nunca avisa. —Me froté la nuca—. Cuando tiene algo, lo usa sin anunciar.Tres horas después, Benavídez empezó a ejecutar la orden.La primera llamada fue al

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    MANUELBajé al vestíbulo con el sobre en la mano. Daniela esperaba de pie, junto a la puerta, abrazada a su abrigo, con los ojos muy abiertos y las mejillas pálidas.—Lo encontré bajo mi puerta —dijo sin saludar—. No lo abrí. Pero la letra...—Lo sé.Rasgué el papel con el pulgar. Dentro había una sola hoja de papel grueso, escrita a mano con tinta negra. Leí en voz baja:*Querido Manuel: qué lástima lo de tu esposa. Dicen que las mujeres que huyen siempre tienen una razón. Tu amiga Daniela compra vitaminas prenatales con la discreción de quien oculta algo. Felicidades, papá. Cuídala mucho. Las embarazadas son tan frágiles. —Carol.*El silencio me cayó encima como una losa. Mis dedos apretaron el papel hasta arrugarlo.—¿Qué dice? —preguntó Daniela.—Que Carol sabe lo del bebé.La vi tambalearse. Se llevó la mano a la boca y las lágrimas le brotaron sin ruido.—Yo no le dije nada. Lo juro por mi vida, Manuel. Nunca...—Lo sé.—El recibo de la farmacia. Debió de sacarlo de la basura. —

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    MANUEL—Entonces lo seguimos —repitió Roca.—Sin que nadie lo note.—Iván se encarga. Es el mejor que tengo.Iván asintió desde el fondo de la nave, con los ojos ya fijos en la pantalla. Esa misma noche, Duarte tenía una sombra. Pasaría semanas sin saberlo.La cacería empezó en serio al día siguiente.Roca la dirigía desde la nave industrial. En una semana, sus hombres revisaron las listas de pasajeros de todos los aeropuertos. En dos, los registros de las fronteras terrestres, los puertos y los consulados. Nadia cruzó cuentas bancarias, tarjetas de crédito, alquileres y suscripciones. Iván recorrió la ciudad con una fotografía de graduación y una mentira de cortesía: “es mi prima, se fue de casa”.Yo leía cada informe. Todos, sin excepción, a las seis de la mañana y a las once de la noche, en el despacho del penthouse, con una taza de café que se enfriaba junto al teclado.—Manuel, tienes cuarenta informes pendientes —decía Ferreira.—Los leeré.—Son de gente que ni sabe cómo se llam

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    MANUEL—¿Quién? —pregunté.—No lo sé todavía. Mis agentes tomaron fotos, pero los rostros salen a contraluz. —Ibarra hizo una pausa—. Sé que son profesionales, y que llevan semanas en esos mismos puestos.—¿Cuántas?—Tres, quizá cuatro.Ferreira y yo nos miramos. Él abrió la boca y yo levanté una mano.—No lo digas todavía.—Carol —dijo igual.—O Lira. O ambos. —Apreté el borde de la mesa—. Ibarra, quiero esas fotos en una hora.Colgué. Ferreira cruzó los brazos y me señaló la puerta del baño con la barbilla.—Diez minutos. Ya llevas dos.Me miré en el espejo y tardé en reconocerme. Las ojeras me llegaban hasta los pómulos. La barba, de tres semanas, se había vuelto un matorral oscuro. Johana decía que con tres días de barba parecía un pirata y que con tres semanas parecería un náufrago.—Hoy necesito al Magnate—murmuré.Me afeité despacio, con la cuchilla de siempre. Cuando salí, con el traje azul oscuro y la corbata mal anudada, Ferreira me miró de arriba abajo y asintió con una son

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    FERREIRACon la espalda pegada a la pared y el pulso martilleándole en las sienes, Ferreira sacó el teléfono del bolsillo y pulsó el icono rojo sin hacer ruido.—Dos semanas más, Carol —seguía diciendo Lira detrás de la puerta—. Alvarado se está ahogando solo. Yo solo tengo que esperar a que se hunda.Ferreira contuvo la respiración hasta que la llamada terminó. Después guardó el aparato y se alejó por el pasillo con paso ligero, como quien no ha oído nada.Tenía una grabación de veintitrés segundos. No bastaba para acusar a nadie, pero sí para empezar.MANUELDurante esa semana, cada mañana recibía el mismo correo de Ibarra con un asunto distinto y el mismo contenido: *nada*.Daniela seguía en su piso, sin salir más que a la tienda. Peralta llevaba la rutina de un hombre sin secretos. Las cámaras de las terminales no mostraban a ninguna mujer con la gorra de lana. Los hospitales no tenían registros de ninguna Johana Medina. Era como si la tierra se la hubiera tragado.Recibió una lla

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    CAROL—Dame diez días —dijo Duarte al otro lado de la línea, con la calma de quien nunca hace preguntas—. Empezaré por la amiga y por el abogado.—Hazlo sin ruido.—Siempre.Carol colgó y se quedó mirando la ciudad. Estaba tranquila, pero era la calma de un depredador que ya ha olido la sangre.MANUELEn el asiento trasero del auto, con el motor en marcha frente a la torre corporativa, reproduje por décima vez la misma nota de voz.*Alvarado, si vuelves tarde, me como tu postre. Y no es una amenaza, es un hecho.*Era del domingo de la chimenea. Johana la había mandado desde la cocina, riéndose entre dientes, y yo la había guardado sin pensar. Ahora era lo único que me quedaba de su voz.—Señor —dijo Marcos, mirándome por el retrovisor—. La junta empezó hace veinte minutos.—Lo sé.—Ferreira insiste.Guardé el teléfono. Antes de bajar del auto, apreté un instante la liga negra de mi muñeca.La sala de juntas del piso cuarenta estaba helada. Quince rostros se giraron hacia mí al entrar.

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