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CAPÍTULO 5: LA INTRUSA EN EL COMEDOR

Autor: EJPB
last update Data de publicação: 2026-08-14 22:19:06

Me quedé de pie en medio de la sala principal, respirando de manera entrecortada. El eco de sus últimas palabras seguía flotando en el aire como una advertencia peligrosa. El canalla se había amparado en un vacío legal de nuestro acuerdo para besarme con una pasión frente a toda la junta directiva y a su ex-prometida, dejándome sin armas para activar la cláusula de penalización financiera.

Pasé el resto de la madrugada dando vueltas en la cama de mi habitación, con los labios todavía encendidos y el pulso alterado. Cada vez que cerraba los ojos, el recuerdo de sus manos aferrándose a mis caderas a través de la seda de mi vestido rojo me provocaba un escalofrío que me costaba asimilar. No era odio lo que sentía en ese momento, sino una rabia difusa mezclada con una atracción física asfixiante que me negaba rotundamente a aceptar. Manuel era un robot calculador, un hombre que planeaba su existencia como si fuera un tablero de ajedrez corporativo, y yo solo era un trámite molesto en su agenda de inversiones.

A las siete y media de la mañana, decidí levantarme. Me negaba a quedarme encerrada en mi cuarto esperando que él dictara mis horarios. Me vestí con un pantalón de mezclilla holgado y una blusa de algodón sencilla, recogiendo mi cabello oscuro en una coleta rápida. Quería recuperar mi identidad, la de la estudiante de arte independiente, lejos del disfraz de la perfecta señora Alvarado que me había visto obligada a usar en el restaurante.

Cuando entré al comedor principal con la intención de tomar un café negro, me detuve en seco. La escena que encontré me congeló la sangre en las venas.

Carol Sterling estaba sentada en la cabecera de la mesa de cristal. Lucía impecable, vistiendo un traje gris, con su cabello rubio perfectamente peinado y una taza de porcelana entre sus dedos enjoyados. Desprendía una sofisticación fría, una elegancia ensayada que dominaba el espacio como si fuera la dueña legítima del penthouse. Al verme entrar, dejó la taza sobre el plato con un tintineo sutil y entornó sus ojos claros con una mirada cargada de desprecio absoluto.

—Vaya, buenos días, Johana —dijo Carol, recorriendo mi atuendo informal con una sonrisa condescendiente que me revolvió el estómago—. Veo que en la casa de Manuel las costumbres de la alta sociedad tardan en adaptarse. Pensé que la esposa del presidente del Fondo Alvarado tendría un poco más de decoro a estas horas de la mañana, pero supongo que la vida universitaria te da libertades bastante... peculiares.

Sentí que el orgullo se encendía en mi pecho de inmediato. Crucé los brazos con calma, negándome a mostrarme intimidada por su presencia. Caminé hacia la barra de la cocina, serví un poco de café en una taza rústica y me giré para enfrentarla, apoyando la cadera contra el mueble de mármol.

—Este es mi hogar, Carol, y en mi intimidad visto exactamente como me place —le respondí, manteniendo un tono de voz pausado y claro—. Lo que realmente me sorprende es encontrar a la representante legal de la aerolínea sentada en mi comedor a primera hora de la mañana sin haber sido anunciada por el personal de seguridad. No sabía que las reuniones de negocios del Fondo Alvarado incluían desayunos de cortesía con las ex-novias.

Carol apretó los dedos alrededor de la taza, y la sonrisa fingida desapareció de su rostro en un segundo, revelando la furia latente que arrastraba desde la humillación que le infligí en la cena de gala.

—No te equivoques, niña caprichosa —siseó Carol, inclinándose hacia adelante sobre la mesa—. Estoy aquí porque tengo asuntos financieros urgentes que revisar con Manuel antes de que se abra la bolsa de valores. Unos asuntos que tú, con tus proyectos artísticos y tu total ignorancia del mercado internacional, jamás lograrías entender. No creas que ese beso teatral que Manuel te dio anoche frente a los fotógrafos significa algo real. Conozco a Alvarado desde hace diez años. Sé perfectamente cómo funciona su cerebro. Él solo te está usando para desbloquear el fideicomiso de los Hoteles Medina y asegurar la estabilidad que la junta directiva exige para cerrar nuestra fusión. Eres una obligación caritativa, un adorno temporal. En cuanto termine este año de contrato, él firmará el divorcio y regresará al lugar que le corresponde. Conmigo.

Las palabras de Carol eran veneno puro, diseñadas para recordarme mi posición de debilidad. Aunque mi mente sabía que el matrimonio era puramente comercial, escucharla reclamar a Manuel con tanta seguridad me provocó una punzada de rabia que amenazó con hacerme perder los estribos.

—¿Una obligación caritativa? —una voz masculina, profunda, gruesa y cargada de una peligrosa quietud cortó el aire desde el umbral del pasillo.

Manuel Alvarado apareció en el comedor. Sus ojos oscuros barrieron la estancia, deteniéndose en Carol con una fijeza que helaba la sangre.

Carol cambió su expresión a una dulzura ensayada al instante, poniéndose de pie con elegancia.

—Manuel, querido, por fin apareces. Traje los informes preliminares de la fusión...

Manuel caminó en silencio hasta detenerse justo a mi lado. Rompiendo la distancia de seguridad que dictaba nuestra cuarta regla, colocó su mano derecha sobre mi cintura con una firmeza posesiva que me hizo contener el aliento. Su calor corporal me envolvió al instante.

—Johana no es una niña, Carol. Es mi esposa ante la ley —sentenció Manuel, y su voz resonó con una autoridad implacable que sepultó cualquier réplica—. Ella es mi única prioridad ahora, y no voy a tolerar que nadie, ni siquiera tú, venga a mi propiedad a faltarle el respeto. Recoge tus papeles de la mesa y vete de mi penthouse de inmediato. La próxima reunión será en la sala de juntas del Fondo Alvarado, bajo mis términos profesionales.

Carol se quedó pálida, con los ojos rojos en lágrimas de rabia y despecho al verse rebajada y expulsada de esa manera tan tajante. Tomó su maletín de cuero con manos torpes, me lanzó una última mirada cargada de una promesa de venganza letal y salió del comedor a paso apresurado. Segundos después, el sonido sordo de la puerta principal cerrándose con fuerza confirmó su retirada.

Nuevamente nos quedamos solos en el inmenso espacio del penthouse. El silencio regresó de golpe, pero esta vez el aire estaba impregnado de una electricidad asfixiante. La mano de Manuel seguía fija en mi cintura, quemándome a través de la blusa de algodón. Me giré despacio para mirarlo a los ojos, con el corazón golpeando desbocado contra mis costillas. La guerra doméstica bajo las cláusulas de destrucción mutua asegurada acababa de dar un giro peligroso, y yo estaba empezando a dudar de si la armadura de hielo era tan indestructible como él pretendía.

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