ANMELDENLa manija de la puerta pesada de madera noble giró con un sonido nítido que me obligó a contraer los hombros de golpe. Manuel ingresó a su despacho principal con paso firme, trayendo consigo esa presencia imponente que minutos antes me habría hecho sonreír. Su saco sastre oscuro venía ligeramente abierto y traía una pequeña sonrisa canalla dibujada en los labios, delatando que su jornada con Ferreira había terminado y que regresaba listo para encerrarse conmigo a cumplir sus promesas del fin de semana.Sin embargo, en cuanto sus ojos oscuros se clavaron en mi rostro, su sonrisa se borró por completo en un segundo. Encontró mi rostro completamente devastado y mis manos temblando de forma incontrolable mientras sostenía las hojas impresas. Antes de que él pudiera explicar nada, dar un paso o intentar descifrar la pesadez del ambiente, me adelanté, impulsada por una mezcla de rabia y un dolor profundo que me estaba partiendo el pecho en dos.—Johana, ¿qué es todo esto? ¿Qué tienes en las
JOHANALa bandeja con el almuerzo seguía sobre la mesa auxiliar de cristal, desprendiendo un vapor que ahora me revolvía el estómago. El despacho de la presidencia, que apenas unos minutos antes me había parecido el refugio ideal para compartir una hermosa costumbre de un matrimonio feliz y estable, se había transformado en un calabozo de mentiras. Mis dedos se aferraban a las hojas de la carpeta de cuero con una rigidez que me entumecía los brazos. Intentaba regular mi respiración entrecortada, pero el dolor me oprimía el pecho con una fuerza salvaje. La máscara de chica segura que tanto me había costado levantar durante las últimas semanas se había deshecho por completo ante mis ojos.El documento falso que Carol y Ernesto habían sembrado con una calma en el escritorio de caoba clara era una obra de arte del engaño. No contenía términos abstractos ni discursos aburridos; detallaba, con fechas y firmas aparentemente legítimas, una supuesta negociación previa entre Manuel Alvarado y m
JOHANAEl silencio que cubría la planta de la alta presidencia se rompió levemente con el tintineo de la vajilla de porcelana que sostenía entre mis manos. Manuel seguía atrapado en la reunión extraordinaria en el distrito financiero norte junto a Ferreira, pero las dos horas de plazo que me había prometido estaban a punto de cumplirse. Por esa razón, y como se había vuelto una hermosa costumbre desde que nuestra relación cambió por completo tras el fin de semana en el penthouse, decidí pedir el almuerzo al servicio premium de la torre corporativa. Quería sorprenderlo. Me hacía ilusión esperarlo con la comida servida sobre su mesa de caoba, listos para compartir juntos en la intimidad de su despacho desierto, lejos de las miradas de los socios minoritarios y de las tensiones del mercado.Caminé calzando mis tacones negros por el corredor de mármol pulido, empujando la pesada puerta doble de su oficina principal con un movimiento lento del hombro. Una sonrisa pícara y descarada se dibu
JOHANALa mañana del lunes comenzó con un ambiente inusual en el penthouse. Después de un fin de semana completo de entrega total, donde Manuel había apagado sus teléfonos para dedicarse exclusivamente a mí, la rutina de la corporación intentaba reclamar su espacio. Sin embargo, las cosas entre nosotros ya habían cambiado para siempre. El departamento no se sentía como esa jaula fría donde nos hacíamos la guerra; ahora había una complicidad tan dulce..—No deberías ir hoy a la oficina, Johana —me susurró Manuel, rodeándome con sus brazos por la cintura mientras yo terminaba de arreglarme frente al espejo del tocador. Su perfume a sándalo me inundó los sentidos—. De la Vega puede encargarse de la supervisión técnica del vestíbulo central por esta mañana. Quédate aquí.Me giré despacio entre sus brazos, acomodando las solapas de su impecable saco sastre oscuro. Sostuve la fijeza de sus ojos oscuros con una sonrisa altiva y descarada, humedeciendo mis labios a propósito para encender esa
MANUELEl silencio de la madrugada en el penthouse siempre me había servido para ordenar mis pensamientos, pero esa noche la quietud se sentía distinta. Tenía a Johana dormida sobre mi pecho, con la respiración pausada y el cabello oscuro desordenado sobre las almohadas. Al mirarla en la penumbra, con su brazo rodeando mi cintura de forma inconsciente, sentí que se me erizaba la piel. La devoción que me provocaba esta mujer había desmantelado por completo mis antiguas defensas, transformándome en un hombre dispuesto a todo con tal de blindar su paz. Sin embargo, mi instinto, ese detector de riesgos que nunca fallaba en mis jornadas laborales, me mantenía con una sutil inquietud en la nuca. Tenía un presentimiento, algo se estaba moviendo en los puntos ciegos.A las siete de la mañana, mientras Johana seguía perdida en un descanso dulce y profundo en nuestra habitación, decidí vestirme y bajar al estudio del penthouse. Me coloqué un pantalón sastre y una camisa negra de algodón, descal
MANUELLa luz de los rascacielos se filtraba en líneas delgadas por el despacho a oscuras, dibujando un mapa de sombras sobre las paredes de caoba. Al otro lado de la mesa, Ernesto guardaba el maletín de cuero con movimientos rápidos, casi desesperados, mientras el silencio volvía a cerrarse sobre nosotros de forma pesada. Su respiración nerviosa delataba el miedo que le causaba saberse un traidor en mitad de mi propio territorio. Carol, sin embargo, permanecía recostada en el sillón principal con una tranquilidad impecable. Tenía los dedos fijos sobre la pantalla de la tablet, devorando con la mirada las claves de acceso digital que el empleado acababa de entregarle.—Esto es solo el inicio, Ernesto —pronunció Carol con su voz fría, rompiendo el silencio de la oficina—. Las llaves del sistema nos sirven para movernos sin levantar sospechas en el piso de la presidencia, pero para enterrar a Manuel Alvarado de forma definitiva necesitamos un argumento que la junta directiva no pueda ig







