MasukEl regreso a la consciencia es lento, viscoso y es como emerger de un pozo de alquitrán espeso y frío. No es un despertar, sino una dolorosa ascensión. Al principio, solo hay un zumbido agudo en mis oídos y el eco residual del impacto que ha silenciado mi mundo exterior. Luego viene el dolor, vasto y omnipresente, pero concentrado con especial saña en la parte frontal de mi cabeza.
Abro los ojos. ¿Cuánto tiempo había pasado? Minutos, horas, un siglo. No puedo saberlo. La luz que se filtra en la habitación es un testimonio de que el sol ha vuelto a salir sin mi permiso, sin mi presencia. Una luz débil y grisácea se cuela por una pequeña y alta ventana, un rectángulo minúsculo que solo ofrece un fragmento de cielo indiferente.
La habitación es blanca. Descaradamente y dolorosamente blanca. Austera, desprovista de cualquier detalle que pueda llamarse consuelo. Las paredes son de yeso liso y el suelo de cemento pulido. No hay cuadros, alfombras, ni la menor huella de personalidad o calidez. Es una caja. Una celda con comodidades rudimentarias.
Intento moverme y un gemido involuntario se atora en mi garganta. El dolor de cabeza se intensifica como si un martillo golpeara la parte posterior de mis ojos. Me doy cuenta de que mi brazo izquierdo esta inmovilizado. Giro la cabeza con lentitud espeluznante y veo el tubo transparente, fino y frío, entrando en el pliegue de mi codo. Una vía. Esta enganchada a un poste metálico del que cuelga una bolsa de suero, goteando con una regularidad irritante y monótona. Estoy en una especie de enfermería, o peor aún, una clínica clandestina.
Mi estómago se encoge.
Me llevo los dedos temblorosos a la frente. Están pegajosos y encuentro un apósito, un pedazo de gasa asegurada y cubriendo lo que sé es la herida del impacto contra el volante.
Y entonces, los recuerdos caen como cuando el velo se rasga.
La desesperación pura de mis manos aferradas al volante, las luces traseras del SUV negro, el primer golpe, la sacudida y el segundo impacto. El sonido seco del disparo y el cristal volando en una explosión de diamantes fríos. Finalmente, el impacto contra el cactus y la aparición de Ivanov.
El rostro de un depredador que me había estado siguiendo, esperando el momento justo para acorralar a su presa.
Una oleada de náusea me golpea. Intento incorporarme, a pesar del ardor de la vía en mi brazo. Tengo que salir de aquí. Esta no es mi vida y yo no soy una víctima acorralada.
Me siento al borde de la cama, mis pies descalzos tocan el frío glacial del cemento y el mundo gira. No es un simple mareo, sino un vértigo violento y paralizante. El techo blanco se convierte en un plato giratorio y la luz de la ventana se expande en una estrella cegadora. Tengo que cerrar los ojos con fuerza, aferrándome al colchón con mis manos, esperando que la tierra deje de temblar bajo mí. El cuerpo me ha traicionado. Estoy herida, débil, y totalmente a merced de mis captores.
En ese momento de vulnerabilidad total, la puerta se abre. No hay un golpe. Solo el sonido suave y autoritario de la madera pesada moviéndose. Mi corazón se dispara, catapultado por una ráfaga de adrenalina. Levanto la mirada justo cuando el hombre que deseo no volver a ver jamás entra en mi prisión.
Lucien Ivanov.
Llevaba un traje oscuro, pulcro e impoluto. Parece haber salido de una revista de moda, no de una operación de secuestro en medio del desierto. Su presencia llena el espacio de manera desproporcionada. Es alto, su cabello negro brillante cae sobre su frente con una arrogancia estudiada, y su aura es tan densa que siento que me asfixia solo de mirarlo.
Hace su entrada con una calma desmedida, sintiéndose el amo de su universo. Toma una silla de madera austera que esta arrinconada, la arrastra sin prisa hasta el centro de la habitación y se sienta. Cruza una pierna sobre la otra, descansando un tobillo sobre el muslo. El pie que le queda en el aire se mueve ligeramente, un tic de impaciencia contenida, el único signo de que no es una estatua tallada en hielo. Saca un estuche plateado, lo abre y toma un cigarrillo delgado. Lo enciende con un encendedor de oro que brilla fugazmente contra la luz. Se toma su tiempo, inhalando el humo con una pericia irritante, una coreografía de poder.
El humo, con su aroma a tabaco caro y peligro, sale de sus labios en un hilo delgado, que se disuelve en el aire blanco y, entonces, me mira. Sus ojos no son simplemente fríos; son los ojos de un felino frente a su presa acorralada. No hay emoción, solo una evaluación brutal.
—Pensé que era más inteligente, Blair Murphy —dice en un tono que sigue siendo esa mezcla de terciopelo y raspado de cuchilla que me hace estremecer—. Pensé que no haría una estupidez tan monumental como intentar escapar.
Mi boca está seca, mis labios partidos por la deshidratación y el shock. Me los humedezco, sintiendo el dolor, y me obligo a hablar, a dar una razón que no suene como desafío.
—Yo... yo solo tenía miedo —mi voz es débil, pero firme—. No puedo pagar la deuda de Danny. Cien mil dólares, más intereses... no tengo nada. Soy una mesera.
Él asiente, su expresión es imperturbable, como si acabara de confirmar un hecho trivial. Da una segunda calada profunda al cigarrillo y se toma una eternidad para exhalar, mirándome. El silencio es una tortura y cada segundo es un castigo.
—Lo sé —responde finalmente, extinguiendo el cigarrillo a medias en el suelo antes de enderezarse en la silla y pisarlo—. Y tienes razón. Una mesera, incluso una atractiva, no junta esa cantidad. Pero, Blair, quisiste burlarte de mí. Y eso no lo perdono tan fácilmente. —Se inclina ligeramente hacia adelante, y mi cuerpo se tensa, lista para huir, aunque no tenga a dónde ir. —Vas a trabajar para mí. Para cubrir la deuda.
El aliento se me corta en el pecho. Sé lo que viene. La ciudad del pecado tiene una sola moneda de cambio para las mujeres desesperadas.
—No. Yo no soy una prostituta —espeto, sintiendo una rabia caliente y cruda, por fin venciendo al miedo, pero siento el rubor subir por mi cuello.
Entonces, él suelta una risa. No es una risa real de alegría, sino un sonido seco y despectivo, desprovisto de cualquier humor.
—Por supuesto que no lo pareces, Blair —me barre con la mirada, deteniéndose en mi bata de hospital y en mi cabello enmarañado. Es una inspección, no un halago. Me hace sentir desnuda y contaminada—. Eres demasiado... frágil. Demasiado... insulsa. —Hace una pausa y vuelve a su postura. —Vas a saldar tu deuda trabajando para mí. En la noche, harás turnos en uno de mis clubs. Eres mesera, ¿no? Pues servirás mesas o lo que te ordenen. Durante el día, bueno... ya pensaremos en eso. Tendrás un techo y comida.
Parpadeó, tratando de procesar la magnitud de la ofensa.
—Lo que usted propone —digo, y mi voz se eleva, temblando de indignación—, es esclavitud. Es trabajar sin pago alguno y forzarme a cubrir una deuda que no es mía.
—Es pagar una deuda —replica, su tono de repente es duro como el granito. Su voz ya no es sedosa, sino un mandato—. Y sí, es tuya ahora. Tu esposo la contrajo. Tú eres su viuda. Es tu responsabilidad. Y por supuesto, no juegues con mi buena voluntad, Blair. No tienes idea de lo que soy capaz de hacer si te atreves a levantar la voz más de lo necesario.
A pesar de mi temblor y a pesar del dolor palpitante en mi frente, la adrenalina me da un último y desesperado impulso de dignidad. Me enderezo en la cama, ignorando la punzada en mi brazo.
—Esto es un crimen. Es secuestro y extorsión —asevero, sintiendo que el miedo sabe a cobre en mi boca.
Su reacción es instantánea. Se levanta de la silla con la gracia letal de una pantera y se acerca a la cama. No se detiene. Camina hasta estar a centímetros de mi rostro. Se inclina y su sombra me envuelve, entonces su perfume invade mi espacio. Su aliento se mezcla con el mío, es caliente y huele levemente a tabaco y menta. Es una intimidación física, brutal y perfecta. Estoy atrapada entre su cuerpo y la cama.
—Es eso, o una zanja en medio del desierto de Mojave —sus palabras son susurradas con una ferocidad que me hiela la sangre. Sus ojos ahora son dos fragmentos de hielo brillante—. Estarás bajo mis órdenes. Vas a trabajar, y pagarás cada centavo que Danny sacó para perderlo en el juego y las putas. Cada uno de sus putos lujos se pagará con tu tiempo.
En ese instante, la puerta se abre de nuevo, rompiendo la tensión física antes de que pudiera romperme a mí.
Una mujer de mediana edad, con un rostro que parece tallado en piedra, entra sin decir una palabra. Lleva una cesta de mano. Se acerca a la cama, me ignora olímpicamente, y arroja sobre las sábanas un conjunto de ropa. No es ropa, es un uniforme. Un pantalón minúsculo, de cuero sintético negro, tan ajustado que apenas dejaría espacio para respirar, y un top que es una provocación, rojo y negro, que cubre lo mínimo indispensable y la humillación se estrella contra mí.
Ivanov se endereza, y la frialdad vuelve a su voz.
—Ella es Elmira —anuncia, sin apartar los ojos de mi rostro, disfrutando de mi pánico. Elmira mantiene un rostro impasible, como si no estuviera presenciando mi sentencia a cadena perpetua—. Está aquí para que te duches y te prepares. Porque esta misma noche, Blair, empiezas a pagar la deuda.
—No voy a hacer un carajo —logro articular, con la desesperación, dándome una valentía estúpida. Mis manos se cierran en puños sobre el colchón. Puede hacer lo que quisiera, pero no iba a convertirme en su... en esto—. Puedes hacer lo que sea, pero te juro que voy a denunciarte. Voy a llamar a la policía.
Una chispa de fuego frío tiñe sus ojos y es claro que los hombres como Lucien Ivanov no están acostumbrados a que se les lleve la contraria. Su poder reside en la obediencia total. Se inclina una vez más, pero esta vez es diferente. Es un movimiento lento y calculado, para asegurar que cada palabra se grabe a fuego en mi mente.
—Escúchame bien, Esclava —sisea. La palabra esclava me golpea como un latigazo—. Si no haces exactamente lo que te pido, si te atreves a levantar la voz o intentar pasarte de lista... en menos de veinticuatro horas, voy a tener a tu hermana y a tus sobrinos en bolsas de basura a tus pies. ¿Entiendes, Blair? Sé dónde están. Sé a qué escuela van los niños. Puedo hacer que desaparezcan sin dejar rastro. ¿Vale tu miserable dignidad el precio de sus vidas?
El oxígeno desaparece de la habitación. Aspiro, pero el aire no llega a mis pulmones. Mi pecho se oprime por el horror absoluto y mi mundo se disuelve en terror. Él sabe. Claro que sabe sobre mi familia, mi única debilidad. La amenaza no es una fanfarronada, sino una promesa de carnicero. Mi rabia muere, reemplazada por una anulación total.
Lucien se endereza con la victoria brillando en sus ojos.
—Ahora, Elmira te va a preparar. —Se dirige hacia la puerta—. Por la mañana, tendrás actividades para que tu cerebro entienda que ya no eres libre. Y a partir de este momento, me perteneces. Eres mi maldita esclava, Blair. Y voy a romperte las veces que me plazca.
Con eso, sale de la habitación. Me quedé sola, mirando a Elmira, que mantiene una expresión fría y sus manos cruzadas frente a ella. Parpadeo conteniendo las lágrimas, hirviendo de dolor y frustración, pero me niego. No. No voy a darles el gusto de verme rota.
Si Lucien Ivanov piensa que va a romperme, entonces no me conoce.
Bajo la cúpula de cristal, el mundo parece haberse detenido en un torbellino de luces doradas y acordes de violines que flotan en el aire como hilos de seda. Me encuentro en el centro de la pista, rodeada por la mirada de cientos de personas que representan el orden y el caos de Las Vegas, pero mi universo se ha reducido al espacio que ocupo entre los brazos de Lucien.Él me sujeta con una propiedad que me hace sentir anclada y libre al mismo tiempo. Sus manos en mis caderas son firmes, una declaración silenciosa de posesión que no me resulta asfixiante, sino reconfortante. Al movernos al compás de la música, bajo la mirada por un segundo hacia mi mano izquierda, apreciando la alianza de platino, sencilla, elegante y eterna que brilla bajo los focos.Señora Ivanova.La repetición mental de esas palabras me causa un escalofrío eléctrico. Después de todo lo que hemos vivido, del secuestro, de la desconfianza inicial y de las sombras que siempre acechaban en los rincones de nuestras vida
La mansión Belmont no es una casa esta mañana; es un organismo vivo, palpitante y caótico. El aire está saturado con el aroma de laca para el cabello, perfumes caros y el olor del café recién hecho que circulaba en bandejas de plata. Desde mi posición, sentada frente al tocador de caoba en mi habitación, observo el hervidero de actividad a través del espejo. Maquilladores, estilistas y asistentes entran y salen como hormigas en un hormiguero de lujo, pero yo me siento extrañamente suspendida en el tiempo, como si estuviera en el ojo de un huracán.La maquilladora da un paso atrás, evaluando su obra con una mirada crítica. Sus dedos, expertos y ligeros, aplican el último toque de brillo en mis labios. Entonces me miró fijamente. Mi cabello ha sido recogido en un moño bajo, elegante y sofisticado, pero con algunos mechones sueltos que enmarcan mi rostro, dándole un aire de suavidad romántica que contrasta con la firmeza de mi mandíbula. El maquillaje es sobrio, una oda a la elegancia cl
El aire en la mansión Belmont es denso, cargado con el perfume de miles de orquídeas blancas y el aroma metálico del poder que solo se respira en las altas esferas de Las Vegas. Han pasado apenas un par de días desde la tarde de calma en la sala de televisión, y la transición de la paz doméstica a esta exhibición pública de fuerza me resulta casi abrumadora. Mi abuelo no ha escatimado en gastos; esta fiesta no es solo una celebración, es una declaración de guerra preventiva. Al reunir a los Ivanov, los Volkov y los Belmont bajo un mismo techo, el abuelo está trazando una línea en la arena: quien se atreviera a conspirar contra uno de nosotros, se enfrentaría a la furia de los tres imperios.Camino del brazo de Lucien, sintiendo la firmeza de su bíceps bajo la tela de su impecable traje de tres piezas. Lucien luce peligroso, incluso en su versión más sofisticada; hay una elegancia depredadora en su forma de moverse que atrae todas las miradas. Por mi parte, he optado por un vestido dor
El eco de mis pasos sobre el piso de la mansión parece más ligero de lo habitual. Al cruzar el umbral del vestíbulo, la luz de las lámparas en el patio trasero se filtra por los ventanales, creando largas sombras doradas que dan a la casa un aire de catedral antigua. Me detengo en seco al ver a Elmira que se detiene en el salón principal, con su habitual postura rígida, pero hay algo diferente en ella. Sus manos no están rígidas, pero sí mantienen esa firmeza que contrasta con la suavidad inusual de su mirada.—¿Están en la sala de televisión? —inquiero, sintiendo una punzada de curiosidad y una pizca de malicia.Elmira asiente. Por primera vez en todo el tiempo que llevo viviendo bajo este techo, «o casi, porque no me he mudado oficialmente». Veo cómo los músculos de su rostro luchan activamente contra una sonrisa. Es un espectáculo fascinante ver a la mujer de hierro de los Ivanov a punto de romperse en una risa humana.—Acabo de darles una vuelta, señora —susurra, bajando la voz co
Me quedo a solas con Sasha. Ella, la mujer que siempre tiene una respuesta mordaz y una mirada de acero, parece ahora nerviosa y extrañamente pálida.—Perdón, Sasha —alcancé a decir, sintiéndome como una intrusa en este momento—. Lucien me dijo que querías verme... Lamento haber venido sin avisar, ni siquiera pensé que estaría ocupada...Sasha suelta un suspiro largo, pasándose una mano por el cabello rubio perfectamente peinado. Me da una sonrisa nerviosa que no llega a sus ojos.—Está bien, Blair. No te preocupes. Yo... no esperaba a Vadim hoy.Arqueo una ceja, recuperando un poco la compostura, y el silencio se vuelve denso.—No sabía que compartían juntos —comentó, tratando de sonar casual—. Lucien no me había mencionado nada al respecto.Sasha da un paso hacia mí, su expresión tornándose suplicante en un gesto que realmente me deja sorprendida porque es muy impropio de él. —No. Por favor, Blair. Lucien no sabe nada.Me quedo quieta. La implicación de sus palabras empieza a dar v
El trayecto desde la sala de televisión hasta la cocina es una procesión de risas infantiles y el golpeteo rítmico de los pies de Lucy contra el mármol. Al entrar, me encuentro con una escena que me hizo parpadear un par de veces para asegurarme de que no sigo bajo los efectos del sedante de la semana pasada. Elmira, la mujer que normalmente parece tallada en granito siberiano, está allí con un gesto suave, casi cálido. Sus labios, que rara vez se curvan para algo que no sea una orden seca, esbozan una sonrisa genuina al ver a mi sobrina.Definitivamente, ella tiene un súper poder. Ha logrado humanizar a la guardia pretoriana de Lucien en menos de cuarenta y ocho horas.—Aquí tienes, pequeña. Un poco más —dice Elmira, deslizando una taza de chocolate humeante frente a Lucy.—¡Gracias, señora Elmira! —exclama mi sobrina, trepando al taburete con la agilidad de un mono—. ¿Y el pastel?—Si te comes toda tu cena más tarde, habrá un trozo esperándote —sentencia Elmira con un guiño. Es un a







