FAZER LOGINUn año después.
Miranda estaba de pie a la entrada de ese bar exclusivo, con el corazón latiendo como un tambor y el orgullo hecho pedazos.
Había escuchado rumores —otra vez— de que su esposo, Joaquín Kirland, estaba ahí, rodeado de copas, y mujeres hermosas que morían por él.
Y lo peor de todo: hoy era el cumpleaños de la madre de Joaquin.
Afuera, la tormenta caía sin piedad.
Miranda se miró en el espejo retrovisor antes de bajar del auto. Su maquillaje estaba impecable, pero sus ojos reflejaban una profunda amargura.
Si no lograba sacar a Joaquín de ahí para ir al cumpleaños de la matriarca Kirland, se desataría un escándalo mediático que arrastraría a su ya debilitada familia a la ruina.
Se bajó del auto, respiró hondo y entró decidida.
El lugar estaba saturado de humo, música alta y risas frívolas.
Y allí, en la mesa VIP central, estaba él. Joaquín.
El hombre con el que había jurado compartir su vida, ahora tenía el brazo cruzado sobre los hombros de una hermosa rubia en vestido rojo.
Él la vio entrar desde lejos, pero fingió indiferencia.
Alzó su copa de cristal con una sonrisa cínica.
—Señor Kirland —coqueteó la mujer del vestido rojo, acariciándole el pecho—, ¿no teme que su esposa aparezca y se ponga celosa?
Joaquín soltó una risa descarada, tomando un trago de su copa.
—Si se pone celosa, ese es su problema, ¿no creen? Ella sabía en lo que se metía.
Las risas de su círculo social retumbaron en la mesa. Felipe, el mejor amigo de Joaquín, añadió con tono burlón:
—¡Por favor! Si Miranda se le pegó como una lapa para salvar a su familia. Todos aquí sabemos que el único amor de Joaquín es Daniela de la Garza. Pobrecito, estás pagando una penitencia por culpa de un matrimonio forzado.
—Pues que rece por mi alma —sentenció Joaquín, volviendo a alzar su copa en un brindis silencioso hacia la dirección de Miranda, destrozándola por completo.
Miranda sintió cómo la última pizca de su dignidad se rompía en mil pedazos.
“Él me odia… ¿Por qué sigo humillándome aquí?”, se preguntó con un hilo de voz.
Sin poder soportarlo más, dio la vuelta y salió corriendo del bar. El aire gélido de la noche la recibió.
La lluvia arreciaba, empapándole el cabello y arruinando su vestido, pero el frío de su cuerpo no se comparaba con el de su corazón.
Caminó sin rumbo bajo el diluvio, arrastrando sus tacones por el asfalto mientras los recuerdos de la universidad la asaltaban.
Recordó la primera vez que lo vio; él era un estudiante brillante de último año y ella se había enamorado a primera vista.
Recordó los días en que le llevaba el almuerzo a la oficina, soportando sus desplantes... e incluso aquella fatídica noche del incendio, donde ella arriesgó su propia vida para arrastrarlo fuera de las llamas, solo para que Daniela despertara primero y se robara todo el crédito ante los ojos de Joaquín.
Él nunca supo la verdad.
De pronto, el estridente sonido de un claxon cortó sus pensamientos.
Unos faros potentes la cegaron por completo.
Se escuchó el chirrido desesperado de unos frenos sobre el pavimento mojado, seguido de un golpe seco y violento.
El cuerpo de Miranda voló por el aire antes de caer contra el suelo. Y el mundo se volvió negro.
***
Dentro del bar, el ambiente festivo continuaba hasta que la pesada puerta se abrió de golpe.
Un guardia de seguridad irrumpió en la zona VIP, completamente empapado y con el rostro pálido de terror.
—¡Señor Kirland! ¡Es su esposa! —gritó el hombre, llamando la atención de todos—. ¡Un auto la acaba de atropellar afuera! ¡Está inconsciente en el pavimento!
El cerebro de Joaquín se quedó en blanco.
Un vacío helado y aterrador se instaló en su pecho.
La copa de cristal resbaló de sus dedos, estrellándose contra el suelo en mil pedazos.
Sin importarle su traje, sus amigos ni la tormenta, Joaquín empujó a la multitud y corrió hacia la salida como un demente.
Al día siguienteHoracio apenas había conseguido dormir.La noche había sido interminable. Cada vez que cerraba los ojos, el rostro de Irlanda aparecía en su mente.No entendía qué había sucedido.¿Por qué había cambiado de actitud de un momento a otro?¿Por qué había desaparecido?Desde que había regresado a la mansión, Horacio había intentado convencerse de que necesitaba descansar.Su cuerpo todavía estaba débil después de todo lo que había ocurrido, pero su preocupación por Irlanda era mucho más fuerte que el cansancio.Finalmente, se levantó de la cama.—Tengo que encontrarla.Intentó caminar hasta la puerta.Solo había dado unos pasos cuando un fuerte mareo lo golpeó.La habitación comenzó a girar.Horacio tuvo que apoyarse contra la pared.—Maldita sea…Uno de los empleados que estaba cerca escuchó el ruido y entró inmediatamente.—¡Señor Horacio!El hombre corrió hacia él.—Estoy bien.—No debería levantarse todavía.—Necesito salir.—El médico fue muy claro. Debe permanecer en
—¿Embarazada?Miranda rio de sus palabras, negó.—¡imposible!—No digas imposible, por favor.Ella sonrió.—Mejor no pensemos en eso, ¿quieres? Te prometo que me haré la prueba de embarazo pronto.Él asintió.Decidieron volver a la mansión.Al principio, Joaquín se había mostrado reacio a volver.Sin embargo, Horacio recibió el alta médica y su proceso de recuperación exigía comodidades que solo la gran mansión podía ofrecerle con creces.Cuando los vehículos finalmente cruzaron los portones de hierro forjado y avanzaron por la entrada principal, la emoción de las pequeñas llenó por completo el ambiente.Las niñas pegaban los rostros a los cristales con los ojos abiertos de par en par, fascinadas por la imponente fachada que se alzaba ante ellas.—¡Papi nos trajo de vuelta al castillo de cuento de hadas! —exclamó una de ellas, dando breves saltos de alegría en su asiento.Joaquín las observó desde el retrovisor y una sonrisa sumamente tierna se dibujó en su rostro, suavizando las línea
Al día siguienteFinalmente llegó el día del juicio.Desde muy temprano, el edificio del tribunal estaba rodeado de periodistas, cámaras y personas curiosas que habían seguido el caso desde que salió a la luz.Joaquín llegó acompañado de Miranda y Horacio.Ninguno de los tres dijo demasiado.Era extraño pensar que estaban a punto de sentarse frente a la mujer que había sido responsable de tanto dolor.Agatha Kirland.La madre de Joaquín.La mujer que alguna vez había sido una figura respetada dentro de la alta sociedad y que ahora enfrentaba una condena por delitos que habían dejado a su propia familia destrozada.Los tres tomaron asiento.Poco después, Agatha entró acompañada de sus abogados.Llevaba un elegante traje, pero su rostro había cambiado. Ya no tenía aquella seguridad con la que había enfrentado a todos durante años.Aun así, su abogado parecía decidido a luchar.—Mi cliente no se encuentra en condiciones de comprender completamente la gravedad de sus actos —argumentó duran
La mujer gritaba desesperada detrás de la puerta.—¡Joaquín! ¡Regresa! ¡No puedes dejarme aquí! ¡Soy tu madre!Sus gritos resonaban por el pasillo de la comisaría, pero Joaquín no se detuvo.Por primera vez en su vida, decidió no escucharla.Cada paso que daba parecía arrancarle un pedazo del corazón. No era fácil aceptar que aquella mujer, a quien durante años había considerado su refugio y una de las personas más importantes de su vida, se hubiera convertido en alguien capaz de destruir a su propia familia.Joaquín apretó la mandíbula y continuó caminando.No quería llorar.No quería darle ese último triunfo.Al salir de la comisaría, encontró a Miranda esperándolo.Ella no necesitó preguntarle qué había sucedido.Bastó con mirar sus ojos.Joaquín se acercó y Miranda abrió los brazos. Él la abrazó con fuerza, hundiendo el rostro en su cuello.Durante unos segundos ninguno dijo nada.Miranda sintió cómo temblaba su cuerpo.Podía sentir el dolor que Joaquín intentaba ocultar detrás de
Miranda volvió al lado de Joaquín cuando él finalmente despertó.Durante unos segundos, el hombre permaneció confundido, mirando el techo de la habitación mientras intentaba recordar todo lo ocurrido. Sentía el cuerpo pesado y un dolor profundo que no sabía si provenía de las heridas o de todo aquello que acababa de descubrir.Entonces giró lentamente el rostro.Miranda estaba sentada junto a él.Tenía los ojos enrojecidos y una expresión de cansancio que no podía ocultar. Había pasado horas a su lado, esperando que despertara, en silencio.—¿Qué ocurrió? —preguntó con voz débil.Miranda tomó aire.Contó todo.Le habló de su madre, de las manipulaciones, de las mentiras y de cada una de las cosas que había hecho para separarlos. También le confesó lo que había hecho con él y Liliana.Mientras Miranda hablaba, Joaquín permaneció en silencio.Cada palabra parecía golpearlo con más fuerza que cualquier herida.Al final, cerró los ojos.—Mi madre... —murmuró—. Es la culpable de todo.Mi
Miranda salió de aquella habitación con el corazón hecho pedazos.Había pasado demasiado en muy poco tiempo.Todavía sentía el peso de todo lo que acababa de descubrir sobre sus hombros.Las imágenes de aquella noche no dejaban de perseguirla, pero mientras caminaba por el pasillo del hospital, algo volvió de pronto a su memoria, Liliana.Se detuvo.Durante unos segundos permaneció inmóvil, intentando ordenar sus pensamientos.Había estado tan concentrada en Joaquín que casi había olvidado que la joven también había sido víctima de aquella terrible situación.Miranda respiró profundamente y regresó hacia el área donde se encontraba el médico.Cuando finalmente lo encontró, se acercó con expresión preocupada.—Doctor…El hombre levantó la mirada.—¿Sí?Miranda dudó un instante antes de hacer la pregunta.—La otra mujer… Liliana. ¿Cómo está?El médico revisó algunos documentos antes de responder.—También fue drogada.Miranda sintió un nudo en el estómago.—¿Está fuera de peligro?—Sí. P







