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254. El libro de los pecadores.

Autor: WJRalde
last update Fecha de publicación: 2025-06-18 06:00:27

Narra Gomes.

La oficina de investigaciones especiales olía a café recalentado y desilusión. La humedad de la ciudad se pegaba a las paredes como los recuerdos que el subcomisario Gomes no lograba enterrar. Sentado frente a su escritorio, el monitor azul brillante del sistema judicial aún mostraba la reseña del libro viral que, sin saber cómo, había llegado a sus manos en un sobre sin remitente. Era una edición encuadernada, artesanal, con hojas ásperas, y una portada en negro mate donde sólo se
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Último capítulo

  • Al ritmo del peligro: La dama y el jefe.   563. El aviso y la huida.

    Narra Ruiz.El amanecer se filtra como una daga entre las rendijas del ventanal, con ese brillo gris que parece no querer iluminar del todo, apenas insinuar que el mundo sigue girando aunque uno se haya tirado al agua con la esperanza de que se acabe. El hospital huele a lo mismo de siempre: desinfectante, incienso rancio, esa mezcla que pretende borrar la podredumbre humana con perfumes de pureza, pero yo sé que bajo el agua bendita siempre hay barro, y que hasta los rezos más blancos tienen fondo de sangre.Ella entra en la habitación con pasos suaves, como si temiera despertarme aunque sabe que estoy despierto, porque nunca duermo del todo, apenas cierro los ojos lo justo para darle al enemigo la ilusión de que puede acercarse. Trae en los brazos un atado de ropa, pantalones oscuros, una camisa limpia, zapatos gastados pero firmes, todo doblado con un esmero casi infantil. No dice nada, pero sus ojos hablan por ella: tiembla de miedo y de deseo, de culpa y de necesidad, y esa contr

  • Al ritmo del peligro: La dama y el jefe.   562. La manipulación íntima.

    Narra RuizEl hospital se adormece a la hora en que los pasillos quedan vacíos, cuando los médicos ya se esconden en sus oficinas y solo quedan las sombras largas de las monjas que van de cuarto en cuarto como espectros con hábito, apagando luces y murmurando plegarias que nadie escucha. Yo, desde mi cama, juego con esa quietud como quien acaricia un arma: sé que en la calma aparente siempre se esconden las mejores oportunidades, esas que se dejan tomar solo por el que sabe esperar.El pecho me duele, o al menos eso finjo. No es un dolor insoportable, pero sí el suficiente para servirme de excusa. Hago un gesto, me llevo la mano a la camisa, dejo escapar un quejido suave, lo bastante convincente como para que ella, la más joven, la que ya aprendí a leer como si fuera un libro mal escrito, entre en escena con la ansiedad de quien no sabe si viene a curar o a pecar.—¿Está bien? —pregunta, y su voz se quiebra un poco, como si la preocupación le tironeara las cuerdas vocales.—Es un tiró

  • Al ritmo del peligro: La dama y el jefe.   561. La foto maldita.

    Narra Ruiz.El día se escurre entre paredes blancas, como si el hospital tuviera la extraña capacidad de aplastar el tiempo, de convertirlo en una especie de masa gelatinosa que se pega a la piel, sin olor, sin forma, sin destino. Una semana más y me sueltan, dicen los médicos con su tono de esperanza prestada, como si de verdad desearan que yo me largue de acá, cuando en realidad lo único que quieren es deshacerse de un expediente incómodo, una anomalía en el mapa de la muerte que se volvió vida. Yo escucho, asiento, sonrío con la calma de un santo resignado, pero por dentro cuento los minutos y dibujo el plan, porque nadie como yo entiende que cada día de más es un riesgo, y que en el juego de la supervivencia no alcanza con respirar: hay que saber cuándo moverse.La puerta se abre sin anunciarse demasiado, y por un segundo el mundo me juega la peor broma: la silueta que entra, torpe, juvenil, con los hombros estrechos, me recuerda a Gomes. El corazón me da un salto seco, como si me

  • Al ritmo del peligro: La dama y el jefe.   560. El ahogado que respira.

    Narra RuizLa puerta se abre con un chirrido torpe, como si incluso la madera de este asilo quisiera avisarme que algo se acerca, que el aire se va a enturbiar. Estoy sentado en la cama, con el cuerpo todavía débil pero la mirada intacta, esa que nunca pierde filo aunque la carne se pudra. Por un segundo, cuando veo la silueta en el marco, el corazón me da un golpe seco, un latido que me devuelve al pasado como una bofetada: pienso que es Gomes, pienso que vino a terminar lo que empezó hace tantos años, pienso que ya descubrieron quién soy en este pueblo donde me creen un pobre ahogado sin nombre.Pero no. El tipo que entra es joven, demasiado joven, con la chaqueta de cuero que le queda grande y el gesto de alguien que todavía no aprendió a usar la autoridad como un arma. Tiene la piel clara, los ojos inquietos, las manos que no saben dónde meterse, y en ese temblor ya entiendo todo: es un novato, un cachorro lanzado a un juego que no entiende. Casi me da ternura, y eso en mí siempre

  • Al ritmo del peligro: La dama y el jefe.   559. La herencia de la traición.

    Narra RuizMe lo dicen como si fuera un detalle médico, con esa frialdad que usan los que se acostumbran a ver la vida y la muerte como si fueran simplemente partes de un trámite: tres meses en coma, señor, tres meses en los que usted no respiraba por sí mismo, en los que su corazón latía como si dudara en seguir haciéndolo, tres meses en los que las probabilidades estaban todas en contra. Y yo sonrío, porque en el fondo lo sabía, porque nunca fui fácil de enterrar, porque ni siquiera la muerte parece tener la paciencia de esperarme hasta el final. Pero después, cuando la voz de la monja se apaga y el silencio vuelve a llenar la habitación con ese aroma de incienso y desinfectante, siento la punzada, no en el pecho, sino en algún lugar más hondo, más sucio, más insoportable: tres meses sin saber de ella. Tres meses en los que mi hija caminó el mundo sin mí.Dulce. Diecisiete años. Ya no es la criatura de ojos enormes que apenas podía pronunciar mi nombre ni la nena caprichosa que juga

  • Al ritmo del peligro: La dama y el jefe.   558. La fe tiembla en la piel.

    Narra Ruiz.Hay algo curioso en la manera en que la luz se cuela por esas ventanas altas del asilo, como si el sol quisiera bendecir la pureza que todavía queda entre esas paredes, pero conmigo no se anima; conmigo se queda a medio camino, rebota en los vidrios y me llega difuso, casi como una advertencia de que ni siquiera la claridad está dispuesta a jugarse por mí. Y sin embargo, ahí estoy, tendido en una cama blanca, rodeado de un silencio que se quiebra apenas con los pasos arrastrados de las monjas y el olor a incienso que se mezcla con el desinfectante, respirando despacio, sintiendo la maquinaria de mi corazón como un reloj que todavía no se atrevió a pararse, observando cómo la mentira se acomoda en mí con la naturalidad de un traje hecho a medida. Porque acá no soy Ruiz, no soy el tipo que se tiró de frente a la muerte y volvió a salir a flote; acá soy un pobre ahogado que perdió la memoria, un artista extranjero en busca de inspiración que casi se lo traga el río, un hombre

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