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Capítulo 4

last update publish date: 2024-09-22 21:59:17

La lluvia había regresado, pero ya no era la fría aguja matemática del cementerio; ahora azotaba los muros de la mansión con una furia sucia, arrastrando el lodo de las pendientes artificiales y convirtiendo los caminos de servicio en trampas resbaladizas. En el estudio principal, la luz ámbar de la terminal de Víctor seguía parpadeando con la insistencia de un latido desbocado.

Luisa no esperó a que la escolta de Malcorra volviera a golpear la puerta.

Sus dedos se cerraron sobre la manilla con una firmeza que le sorprendió a ella misma. Al abrir, los dos guardias de la milicia privada la flanquearon al instante, con las manos pesadas y callosas rozando las empuñaduras de las armas de pulso. Ninguno habló. En la Manada de Plata, las palabras eran un lujo operativo que se recortaba cuando el sistema entraba en fase de alerta roja.

Dominique venía un paso más atrás, cerrado en su caparazón de hierro, aunque la respiración le sonaba demasiado agitada, un silbido sordo que se le escapaba entre los dientes apretados. Su mandíbula estaba tan tensa que parecía a punto de crujir.

—Por aquí —gruñó uno de los guardias, empujando a Luisa hacia el corredor secundario que descendía en pendiente hacia los subsuelos de carga.

El aire en los niveles inferiores cambiaba de golpe: se volvía denso, pesado, impregnado a grasa de motor quemada, diésel recalentado y la humedad putrefacta de los desagües que conectaban con el valle industrial. No había mármol negro ni alfombras de terciopelo para absorber los sonidos. Aquí el mundo era de hormigón crudo, tuberías de hierro oxidado que vibraban con un zumbido metálico y pisadas que resonaban con ecos secos y violentos.

—El protocolo de aislamiento es irreversible —murmuró Dominique por lo bajo, apenas a la altura de su oído, mientras bajaban la escalinata de servicio en penumbra—. Si pasamos la puerta del sector cuatro, nos encierran a los dos. No habrá revisión de lealtad. Habrá desactivación.

Luisa lo miró de reojo. Bajo la luz parpadeante de un tubo fluorescente a medio fundir, la cara de Dominique tenía el color grisáceo del plomo. Sus manos temblaban. No era el temblor disciplinado de un soldado en posición de firmes, sino el espasmo febril de alguien que acababa de romper el juramento que le había dado de comer toda su vida. El miedo lo estaba atravesando, abriéndole grietas por las que asomaba un pánico crudo y humano.

—¿Tienes miedo, Dominique? —preguntó ella en un susurro seco.

—Tengo terror —respondió él sin apartar la vista del cuello del guardia que marchaba delante—. Pero tengo más terror a seguir mirando al suelo cada vez que abren la puerta de tu celda.

El corredor se estrechó. Delante de ellos, la gran compuerta hidráulica del búnker subterráneo exhalaba un siseo neumático, preparándose para tragar a su nuevo activo defectuoso. Los dos guardias de escolta detuvieron la marcha, girándose para flanquear el acceso.

—Entra —ordenó el más alto, señalando con la culata del arma el interior oscuro del habitáculo blindado.

Luisa dio un paso hacia el vano de la puerta, sintiendo el aliento helado del búnker sobre la piel. Pero no entró. Se detuvo en seco, bloqueando la entrada con su propio cuerpo.

—Todavía no —dijo.

—No hay opciones, muchacha... —empezó el guardia, levantando la pistola de pulso con impaciencia.

No terminó la frase.

El movimiento de Dominique fue tan impulsivo que carecía por completo de la elegancia marcial de la guardia de élite. Fue un acto de pura desesperación animal. Se lanzó sobre el guardia más cercano, derribándolo contra las tuberías de hierro con un golpe sordo que hizo saltar chispas de la pared. El arma cayó al suelo charqueando en el lodo y el agua que se filtraba por las juntas del techo.

—¡Traidor hijo de... ! —gritó el segundo guardia, intentando desenfundar su arma, pero Luisa ya se había movido. Con una frialdad que la desarmaba por dentro, pateó la bota del soldado contra la placa de drenaje, desestabilizándolo justo cuando Dominique le propinaba un codazo brutal en la sien.

El silencio volvió a tragarse el pasillo, roto únicamente por el goteo constante del agua y las respiraciones anhelantes de ambos. Uno de los guardias yacía inmóvil sobre el suelo de cemento; el otro gemía con un hilo de voz, llevándose las manos a la cabeza mientras la sangre comenzaba a mezclarse con el barro de sus botas.

Dominique se quedó de pie, con los ojos abiertos de par en par, mirando sus propias manos como si pertenecieran a un extraño. Su uniforme impecable estaba manchado de grasa y agua sucia. Se había acabado. Ya no había vuelta atrás. No existían los indultos para un soldado que levantaba las armas contra su propio puesto.

—Vámonos —urgió Luisa, agarrándolo firmemente de la manga de la chaqueta rasgada—. El sistema ya registró la caída de los sensores biométricos. Tenemos menos de tres minutos antes de que el sector se selle por completo.

Echaron a correr por el laberinto de túneles de carga, tropezando con cables sueltos, esquivando contenedores de residuos tóxicos y sintiendo cómo el aire se volvía cada vez más irrespirable. Las botas de Dominique resbalaban en el lodo acumulado; en un momento dado, se tropezó con una barra de hierro, cayendo de rodillas y raspándose las palmas contra el cemento rugoso. Se incorporó con torpeza, maldiciendo en voz baja, con la sangre manchando los bordes de sus guantes tácticos.

A lo lejos, el rugido sordo de los motores de un camión de transporte pesado comenzó a retumbar contra los cimientos del muelle de carga norte. Era el convoy clandestino que abastecía los niveles inferiores de la ciudad, la única rendija por donde un ser humano podía colarse hacia el Distrito Central sin pasar por los filtros de reconocimiento facial del Consejo.

Llegaron al andén jadeando, con los pulmones ardiendo por el esfuerzo y el frío. El camión —una mole de acero oxidado y blindaje industrial— ya estaba cerrando las compuertas traseras.

—¡Alto! —gritó Dominique, arrojándose contra el lateral de la cabina y golpeando el metal con los puños abiertos.

La ventanilla se deslizó hacia abajo con un chirrido metálico. El rostro desdentado y curtido de un viejo transportista asomó por el hueco, escupiendo un trozo de tabaco al suelo.

—El cupo está cerrado, muchacho —gruñó el conductor, examinando de reojo el uniforme destrozado de Dominique—. Y menos con esa pinta de perro de presa del Rey. Aquí no cargamos fugitivos.

Sin pensarlo un segundo más, Dominique se arrancó la insignia dorada del cuello de la chaqueta —el distintivo oficial que lo acreditaba como miembro de la guardia de élite, el símbolo de toda una vida de sumisión heredada— y la arrojó con fuerza al lodo negruzco bajo las ruedas del camión. El metal pesado se hundió en el fango fangoso, desapareciendo de la vista para siempre.

—Ya no soy un perro de presa —dijo Dominique con una voz ronca que no admitía réplica, sacando un fajo de créditos robados del bolsillo interior—. Cárganos. O nos disparamos aquí mismo y te arruinamos el trayecto con una inspección de cadáveres.

El conductor lo analizó durante dos segundos eternos, luego miró a Luisa, que permanecía erguida y silenciosa junto a la puerta del copiloto, con los ojos brillando en la penumbra como dos astillas de obsidiana. El viejo soltó un ronco susurro de fastidio, tiró de la palanca de apertura y les hizo un gesto con la barbilla.

—Suban, maldita sea. Pero si los escáneres del puente nos detienen, los tiro yo mismo a la chatarra.

Las compuertas del camión se cerraron con un estruendo metálico que aisló el rugido de la tormenta. A medida que el vehículo pesado avanzaba pesadamente por la rampa de salida, sorteando las cámaras de vigilancia periférica que empezaban a girar frenéticamente en busca de la brecha, Luisa miró hacia atrás a través del cristal polarizado y sucio.

Allá arriba, recortada contra el cielo plomizo y las luces artificiales del Distrito Central, la silueta de la mansión del Rey parecía apagarse lentamente, reducida a una sombra monstruosa que devoraba su propio pasado.

El camión aceleró, cruzando la línea invisible que separaba los dominios de los Alfas de las entrañas caóticas de la ciudad. En la pantalla de su terminal portátil, que parpadeaba débilmente con la energía a punto de agotarse, un mensaje encriptado en verde aguardaba sin remitente visible.

Las coordenadas del punto de encuentro en la Torre Ferré.

Luisa apretó el aparato entre los dedos con una calma absoluta. El miedo había quedado atrás, enterrado en el lodo junto a la insignia de Dominique. El juego de los Alfas había terminado; ahora empezaba el suyo.

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