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Capítulo 5

last update publish date: 2024-10-14 11:15:31

La cabina del ascensor privado ascendía con una suavidad insultante. Ni una sola vibración, ni un solo indicio de la fricción mecánica que empujaba toneladas de acero y cristal hacia el piso ochenta y ocho de la Torre Ferré. Para Luisa, el trayecto medía la distancia exacta entre dos vidas que ya no se pertenecían.

Llevaba puesta una chaqueta de corte arquitectónico, estructurada en un tono gris ceniza que parecía absorber la luz de los plafones led. El tejido era de una suavidad extraña, casi clínica; nada que ver con los pesados brocados y las lanas rígidas con las que el Consejo la había obligado a disfrazarse durante años para encajar en la postal de la familia real. Al mirarse en el panel espejado de la puerta del ascensor, le costó reconocerse. El reflejo devolvía a una mujer de mentón firme, el cabello recogido con una precisión milimétrica y una mirada tan desprovista de parpadeo que asustaba. Ya no quedaba rastro de la prisionera del ala este. Esa versión de sí misma se había quedado sepultada bajo el barro de la mansión del Rey, junto a la insignia que Dominique había arrojado al suelo.

—El vestuario cumple su función —la voz de Raúl rompió el silencio metálico de la cabina. Estaba de pie junto al panel de control, con las manos metidas en los bolsillos del pantalón, observándola con una curiosidad analítica—. Aunque las telas importadas no sirven de nada si los hombros siguen encogidos por la costumbre de pedir disculpas por respirar.

Luisa no desvió la mirada. Se mantuvo erguida, sintiendo el aire acondicionado filtrado y estéril acariciarle la piel de las mejillas.

—No estoy aquí para modelar tu ropa, Raúl —respondió, y su propia voz le sonó distinta, más grave, afilada por las horas de lectura silenciosa de los códigos corporativos—. Me dijiste que esto era un tablero, no una pasarela.

Raúl esbozó una media sonrisa, un gesto fugaz que no alcanzó a tocarle los ojos de ámbar oscuro. Las puertas del ascensor se abrieron con un susurro neumático hacia la inmensidad diáfana de su despacho.

—Una reina debe parecer intocable antes de empezar a mover las piezas —dijo él, caminando hacia la mesa de trabajo donde reposaban los diagramas holográficos de la red de energía del Distrito Central—. Ven. Es hora de que entiendas por qué te saqué de esa fosa séptica que llaman palacio.

Luisa dio el paso al frente, cruzando el umbral de cristal. El despacho olía a perfume costoso —madera de cedro y tabaco rubio— mezclado con el ozono frío de los servidores centrales. Sobre la superficie táctil del escritorio flotaban los mapas tridimensionales de las líneas de suministro de la Manada de Plata. Las zonas rojas marcaban las pérdidas financieras; las azules, el monopolio absoluto que Víctor controlaba con mano de hierro.

—Tu padre cree que el poder se sostiene estrangulando los recursos básicos de los distritos periféricos —explicó Raúl, señalando con el índice un nodo crítico que parpadeaba cerca de los suburbios industriales—. Controla el agua, la electricidad y los permisos de circulación. Pero hay un flanco ciego que los Alfas llevan décadas ignorando por pura soberbia: la infraestructura de datos no pertenece al Consejo. Pertenece a las filiales de logística que mi familia fundó antes de que los reyes decidieran expropiar los títulos nobiliarios.

Luisa se inclinó ligeramente sobre la mesa, analizando las líneas de código que corrían por debajo de la topografía virtual. Sus dedos, antes acostumbrados a temblar al sostener una taza de té frente a las tías del Consejo, se movieron con soltura sobre el cristal para ampliar un sector específico del mapa.

—Los contratos de concesión caducan el próximo trimestre —murmuró ella, uniendo las piezas con una velocidad mental que hizo que Raúl la mirara de reojo con renovado interés—. Si el clan Ferré corta el soporte técnico de las terminales de peaje en los sectores norte y sur, la recaudación fiscal de la mansión colapsará en menos de cuarenta y ocho horas. Víctor no tendrá fondos para pagar a su milicia privada sin recurrir a reservas de emergencia que ni siquiera existen en sus balances oficiales.

—Exacto —asintió Raúl, inclinándose hacia ella hasta rozar casi su hombro—. Me trajiste una guerra comercial, Raúl. ¿O una ejecución por la vía legal?

—Llámalo reestructuración corporativa. Lo único que hacemos es devolver al mercado lo que el trono usurpó por la fuerza.

Luisa guardó silencio. Las palabras de Raúl sonaban racionales, limpias, desprovistas de la violencia visceral con la que su padre imponía el orden en la casa del Rey. Pero a medida que el engranaje de la estrategia encajaba en su cabeza, una punzada sorda le recorrió el pecho. Estaba utilizando los mismos métodos, el mismo cálculo frío y deshumanizador que tanto había aborrecido en los Alfas. Se estaba convirtiendo en la arquitecta de su propia jaula, una estructura más alta, de cristal ahumado y titanio en lugar de piedra y cadenas, pero jaula al fin y al cabo. ¿Había ganado libertad o simplemente se habrían mudado de celda? La pregunta le dejó un sabor metálico en la boca, pero no permitió que su rostro delatara la contradicción. En este mundo, dudar equivalía a firmar la propia baja.

A kilómetros de distancia de aquel santuario de cristal, en la absoluta penumbra de los suburbios subterráneos, el ambiente era radicalmente opuesto.

El agua sucia goteaba desde las bóvedas de hormigón agrietado, salpicando las chapas oxidadas de los barriles donde un grupo de hombres y mujeres de rostros curtidos y ropas remendadas aguardaba en silencio. No había pantallas holográficas ni aire acondicionado. Solo el hedor a humedad, el humo acre de las estufas de carbón y el parpadeo irregular de una bombilla colgante alimentada por cables robados.

Dominique se frotó la mejilla. La cicatriz que le había dejado el alambre de espino al cruzar el perímetro seguía roja, supurando un hilo fino de sangre seca que se negaba a cerrar. Delante de él, sentados sobre cajones de munición vacíos y bloques de cemento, los descartados —exsoldados dados de baja por fatiga crónica, operarios de refinería despedidos sin indemnización y jóvenes de los distritos periféricos que habían visto a sus familias devoradas por la maquinaria del Consejo— lo observaban con una mezcla de desconfianza y desesperanza.

—El Rey nos declaró fantasmas hace años —dijo una mujer de manos callosas, apoyando una llave inglesa sobre su rodilla—. Y Raúl Ferré nos considera mano de obra barata para sus plantas de ensamblaje en el norte. ¿Qué diferencia hay entre seguir sus órdenes o morir congelados aquí abajo?

Dominique dio un paso al frente, apoyando las palmas de las manos sobre una mesa de madera coja que servía de improvisado puesto de mando. Su uniforme ya no existía; vestía una chaqueta de cuero ajada y unos pantalones de faena manchados de grasa, pero la postura seguía siendo la de un miembro de la guardia de élite. La diferencia es que ahora su autoridad no emanaba de una insignia de plata enterrada en el lodo, sino del peso de sus propias cicatrices.

—La diferencia es que esta vez no vamos a esperar a que nos digan a quién disparar —respondió Dominique con voz ronca, recorriendo con la mirada a cada uno de los presentes—. La torre de cristal y el trono de piedra creen que somos variables que se pueden borrar de una hoja de cálculo. Creen que Luisa está sola allá arriba jugando su partida con los millonarios. Se equivocan.

Sacó de su bolsillo un plano esquemático impreso en papel térmico ajado —un mapa robado de los conductos secundarios de ventilación que conectaban los cimientos de la mansión del Rey con la red de energía del Distrito Central— y lo extendió sobre la mesa.

—Mientras los Alfas discuten sobre quién se queda con los despojos y los tecnócratas compran el control de los mercados, nosotros vamos a cortar los cables desde la raíz —continuó Dominique, marcando con un bolígrafo rojo un punto crítico en los subterráneos—. No necesitamos sus permisos ni sus contratos encriptados. Necesitamos fuego, disciplina y memoria.

En la penumbra del sótano, nadie se movió durante un segundo eterno. Luego, el viejo operario de la refinería esbozó una sonrisa torcida, sin dientes en un lateral, y asintió lentamente con la cabeza. La chispa había saltado. En los cimientos de la ciudad, la mecha comenzaba a arder sin prisa, dispuesta a consumir tanto el imperio del Rey como la soberbia de la Torre Ferré.

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