INICIAR SESIÓNEdith Cortés creció siendo la sombra invisible de una familia que solo tenía ojos para su hermana mayor, Mariel: la perfecta, la deseada, la que siempre ganaba. Cuando a los diecisiete años se entrega por primera vez al hombre que ama en secreto —Isaías Domínguez, el mejor amigo de Mariel—, lo hace sabiendo que él la confunde con su hermana en la oscuridad. De ese error nace Caleb. De ese error nace también un matrimonio forzado, diez años de silencios helados, camas separadas y un odio que Edith confunde con amor. Mientras Mariel desaparece y reaparece como huracán, manipulando a todos a su alrededor, Edith se convierte en la culpable oficial: la cazafortunas, la intrusa, la que arruinó el gran amor de Isaías. Pero cuando el divorcio llega, algo dentro de Edith se rompe… Decide cortar lazos. Decide dejar de esperar que alguien la elija. Lo que no esperaba era que Isaías, por primera vez, empezara a verla de verdad. Entre celos tardíos, confesiones bajo la lluvia, sabotajes familiares y la verdad oculta sobre lo que Mariel hizo hace diez años, Edith y Isaías deberán decidir si el lazo que los unió fue una maldición… o la única forma que tuvo el destino de darles una segunda oportunidad.
Ver másLa casa junto al mar olía a sal, a madera caliente y a café recién hecho.Desde el porche se veía el horizonte entero. El sol se hundía despacio, tiñendo el agua de dorado y azul profundo, los mismos colores que una vez habían sido maldición y ahora eran solo belleza. Isaías estaba detrás de mí, los brazos rodeándome la cintura, la barbilla apoyada en mi hombro. Su respiración era lenta, familiar, como el vaivén de las olas.En el jardín, Caleb —ya de catorce años, alto como su padre, con mis ojos y una sonrisa que todavía sabía desarmante— enseñaba a Elena a construir un castillo de arena. Ella tenía tres. Cabello negro como la noche, ojos azules intensos y una risa que iluminaba todo a su alrededor. Cada vez que el castillo se derrumbaba, los dos reían como si el mundo entero fuera un juego que aún podían ganar.—¿En qué piensas? —preguntó Isaías, la voz grave y baja contra mi oído.—En cómo llegamos aquí —respondí—. La niña que se sentía invisible. El hombre que se negaba a ver. El
La boda no iba a ser grande. No queríamos escenario. Queríamos verdad.Pasamos semanas planeándola en el jardín de la casa, con una libreta gastada y dos tazas de té que se enfriaban mientras hablábamos. Caleb corría de un lado a otro, ya imaginándose como el encargado de los anillos. Ligia se ofreció como madrina. Julio aceptó ser testigo con esa sonrisa serena que ya no guardaba ninguna tentación, solo respeto.—Quiero votos personales —le dije a Isaías una tarde, mientras el sol se ponía detrás de los árboles—. Recordar todo. Lo malo y lo bueno. Porque lo malo nos trajo aquí.Él asintió, la mirada seria.—Yo también. Cada palabra será verdadera.El día llegó con lluvia. No la tormenta de antes. Solo una llovizna suave que olía a tierra mojada y a algo nuevo. Mi madre, por primera vez sin máscaras, me miró mientras me ayudaba a abrochar el vestido sencillo de lino blanco y dijo:—Buena suerte, hija.La ceremonia fue breve. Bajo un arco de jazmines en el jardín pequeño. Familia y uno
La galería estaba en silencio después del cierre. Solo quedaban las luces de emergencia, un azul tenue que se derramaba sobre los lienzos como un río quieto. Yo estaba frente al último cuadro de la serie: una mujer emergiendo de cadenas que ya no eran de hierro, sino de luz deshecha. Mis dedos, todavía manchados de azul, rozaban el borde del marco cuando Julio apareció en el umbral.—Edith —dijo, voz grave y sin prisa—. Necesito hablar contigo. Antes de que decidas cerrar esta puerta para siempre.Me giré. Él llevaba el saco de lino arrugado de siempre, pero sus ojos marrones tenían una seriedad nueva. Extendió un sobre blanco, sencillo.—Una beca completa en la Academia de Bellas Artes de Barcelona. Dos años. Estudio, taller propio, exposición garantizada al final. Es para ti. El jurado vio tus piezas y… dijeron que tu luz es distinta. Que duele y sana al mismo tiempo.El sobre pesaba en mi mano como una promesa y como una cadena a la vez. Barcelona. Europa. Un lugar donde nadie cono
La casona Cortés olía a madera vieja y a secretos que se habían podrido entre las paredes.Habíamos vuelto esa tarde porque Luca insistió. —Hay cosas que deben salir de aquí antes de que Mariel las queme —había dicho por teléfono, la voz tensa—. El ático. El baúl de ella. No quiero que desaparezcan.Isaías y yo entramos juntos. Sin Caleb. Sin Ligia. Solo nosotros dos y el peso de diez años que todavía respiraba entre las sombras.El diario estaba dentro de una caja de cartón marcada con la letra redonda y perfecta de Mariel: Cosas que no importan.El cuaderno era pequeño, t***s de cuero negro agrietado, páginas amarillentas que olían a jazmín rancio y a tinta antigua. Isaías lo tomó primero. Sus dedos rozaron los míos al pasármelo.—Ábrelo —dijo, voz baja—. Sea lo que sea, lo leemos juntos.Lo abrí por el medio. La letra de Mariel, elegante y afilada como sus sonrisas, saltó hacia nosotros.15 de abril de 2009 Edith es tan predecible. Tan útil. Le dejé el collar de la abuela bajo la ca












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