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Fachadas

Author: Steph
last update publish date: 2026-11-05 22:20:18

El Gran Salón del Club de la Unión deslumbraba bajo la luz de tres arañas de cristal de Bohemia. El evento benéfico anual de la Fundación Aldana —diseñado para recaudar fondos para la preservación del patrimonio histórico y, de paso, cimentar la influencia política de Julián— reunía a lo más selecto de la aristocracia provincial y el sector inmobiliario.

Valeria permanecía de pie junto a la barra de mármol, luciendo un vestido de noche ajustado en tono azul medianoche. Tenía una copa de champaña intacta entre los dedos. A su lado, Julián conversaba animadamente con el secretario de obras públicas, haciendo gestos fluidos con una mano mientras sostenía un vaso de whisky en la otra.

—Como les decía, la restauración del Teatro Municipal no es solo un proyecto arquitectónico, es el legado cultural de nuestra administración —declamaba Julián con esa voz impostada que Valeria conocía de memoria—. Mi esposa ha supervisado cada detalle con rigor absoluto.

Valeria forzó una sonrisa perfecta y asintió levemente, cumpliendo con la etiqueta requerida. Sin embargo, su cabeza seguía atrapada en la penumbra del pequeño despacho del teatro, en el olor a cera derretida y en el calor de los labios de Elena sobre los suyos. El contraste entre la verdad clandestina y la mentira social que vestía esta noche le producía una náusea sorda.

—Hablando del teatro —interrumpió el secretario de obras—, escuché que contrataron a una nueva especialista en estructuras traída directamente de España. Una ingeniera de perfil alto, si no me equivoco.

Julián alzó una ceja, restándole importancia con un ademán.

—Ah, la ingeniera Vidal. Sí, un recurso técnico necesario para validar los informes de campo. Nada que se salga del presupuesto ordinario.

—En realidad, el presupuesto se va a duplicar si queremos que el edificio no se venga abajo durante el estreno —dijo una voz limpia y provocadora justo detrás de ellos.

Valeria sintió que el corazón le daba un vuelco violento. Se giró a la vez que Julián.

Elena estaba allí. Llevaba un traje de sastre negro perfectamente entallado, sin corbata, con una camisa de seda blanca levemente abierta en el cuello. No portaba joyas ni adornos, pero su presencia, enérgica e indomable, cortaba la monotonía de los vestidos pomposos y los esmóquines tradicionales de la sala. Sostenía una copa de vino tinto y los miraba con una tranquilidad que rayaba en la insolencia.

Julián se tensó imperceptiblemente, pero recuperó el control al instante, desplegando su sonrisa de anfitrión superior.

—Ingeniera Vidal. No sabía que el patronato le había extendido una invitación a la gala de la Fundación.

—No lo hizo —respondió Elena con soltura, dando un sorbo a su copa—. Me la envió la firma consultora de la obra. Pensé que sería una buena oportunidad para conocer a los mecenas que financian los cimientos que yo misma me encargo de calcular.

La mirada de Elena se desplazó hacia Valeria. Fue un contacto visual de medio segundo, pero cargado de un calor y una complicidad que hicieron que a Valeria le ardieran las mejillas. Valeria dio un paso lateral instintivo, colocándose entre el espacio de ambos para amortiguar el impacto.

—Elena... la ingeniera Vidal ha estado revisando la viga del proscenio hoy —intervino Valeria, modulando la voz con una frialdad ensayada—. Le estaba explicando antes que los ajustes de carga son inevitables.

—La arquitectura requiere firmeza, Valeria, no dramatismo —dijo Julián, dando un paso al frente y situándose al lado de su esposa. Pasó un brazo posesivo alrededor de la cintura de Valeria, pegándola a su costado en un gesto de dominación social velado—. Mi esposa tiende a preocuparse demasiado por los detalles técnicos. Para eso la contratamos a usted, ingeniera. Para que resuelva los problemas, no para que los exponga en una cena de gala.

Elena observó la mano de Julián apoyada firmemente sobre la cadera de Valeria. El rostro de la ingeniera se endureció apenas un milímetro, y una chispa de rabia fría brilló en sus ojos oscuros.

—Los problemas estructurales no desaparecen por ignorarlos en las fiestas, señor Aldana —replicó Elena, manteniendo la voz baja pero tajante—. Cuando una madera está podrida, meterla debajo de una capa de barniz caro solo acelera la caída. Y yo no firmo planos que tapen podredumbre.

El secretario de obras públicas tosió, incómodo por el cambio de tono en la conversación, y excusándose con presteza, se alejó hacia el grupo de los concejales.

Julián dio un paso hacia Elena, acortando la distancia con una actitud intimidante. Era unos centímetros más alto, pero Elena no retrocedió ni un milímetro. La tensión entre los dos se volvió un cable de alta tensión a punto de romperse.

—Le sugiero que mida sus palabras, Vidal —susurró Julián con una sonrisa helada—. En esta provincia hay docenas de ingenieros deseando poner su firma en el Teatro Municipal. Si el trabajo le queda grande o si sus métodos no se alinean con la directiva, su contrato puede rescindirse mañana antes del mediodía.

Valeria sintió un sudor frío en la nuca. Conociendo a Elena, sabía que la joven era capaz de lanzar la copa de vino contra el esmoquin de Julián o de revelar allí mismo lo que había ocurrido en la oficina bajo la tormenta.

—Julián, por favor —intervino Valeria rápidamente, apoyando una mano sobre el pecho de su esposo para detenerlo—. No es el lugar ni el momento. La ingeniera solo está haciendo su trabajo.

Elena miró la mano de Valeria sobre el traje de Julián. El contraste entre la obediencia que Valeria se veía obligada a proyectar y la pasión desenfrenada que habían compartido a oscuras encendió una tormenta en el pecho de Elena. Los celos y la impotencia se mezclaron con un deseo visceral de arrancar a Valeria de aquel circo de apariencias.

—Tiene razón la arquitecta —dijo Elena, dando un paso atrás con una inclinación sarcástica de cabeza—. No es el lugar. Las cosas importantes siempre se deciden en la penumbra de la obra, donde nadie lleva máscaras.

Elena sostuvo la mirada de Valeria durante un segundo eterno, un mensaje silencioso que prometía consecuencias, antes de dar media vuelta y perderse entre la multitud del salón.

Julián la siguió con la mirada, apretando la mandíbula con irritación.

—Esa mujer es un peligro —murmuró Julián, tomando un trago largo de su whisky—. Es arrogante, desobediente y no entiende cómo funcionan las cosas aquí. Mañana mismo hablaré con el consejo para buscarle un reemplazo.

—No puedes hacer eso —dijo Valeria de inmediato, con una firmeza que hizo que Julián se girara a mirarla con sorpresa.

—¿Por qué no?

Valeria tragó saliva, buscando recuperar el control sobre sus nervios.

—Porque es la mejor ingeniera que ha pisado este proyecto en diez años —dijo Valeria, midiendo sus palabras con precisión de cirujano—. Si la despides ahora, la auditoría del colegio de ingenieros se nos echará encima y la prensa preguntará por qué cambiamos de equipo a mitad de la fase crítica. ¿Quieres ese escándalo a tres meses de las elecciones al patronato?

Julián la examinó durante unos segundos en silencio. La frialdad calculadora de su mente comercial procesó la advertencia. Finalmente, relajó los hombros y dejó escapar un suspiro de fastidio.

—Está bien. Se queda por ahora. Pero mantenla vigilada, Valeria. No quiero que esa mujer vuelva a acercarse a ti ni a mis inversores con ese tono insolente.

—Me encargaré de mantenerla a raya —respondió Valeria en un murmullo.

Mientras Julián se alejaba para reunirse con el alcalde, Valeria se quedó sola junto a la ventana que daba al jardín. Apoyó la frente contra el cristal frío, viendo a lo lejos la silueta de Elena cruzando los portones de hierro del club bajo la noche estrellada. Sabía que la brecha se había abierto del todo: Elena no iba a dar un paso atrás y Julián no iba a soltar su presa. Y en el centro de aquel choque inevitable, su propia vida amenazaba con saltar en pedazos.

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