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No quiero estar aquí.

last update Data de publicação: 2026-05-12 01:08:35

El auto desvió totalmente de las calles transitadas de la ciudad y se adentró a una calle tranquila. Entonces, Laín se percató de que era un barrio privado, alejado del ajetreo de la ciudad. Él no encajaba allí, él no podría…

—Ya estamos por llegar a mi casa —profirió Fernanda.

Todo tipo de comentario que hubiera querido decir, Laín los ahogó cuando el coche ingresó por un enorme portón negro.

Contuvo el aliento al ver la casa. Elegante, majestuosa, imponente. No era posible que su amiga viviera allí, Laín no… Entonces comprendió ciertas cosas. La forma de ser de Fernanda, cómo vestía, incluso sus gustos un tanto refinados a la hora de elegir qué comer, su comportamiento… Ella no era como él. Ella pertenecía a la clase social alta, ella no era pobre ni siquiera se acercaba a… 

—Llegamos, señorita —informó el chófer.

Laín observó la entrada, el jardín y luego a su amiga que se encontraba seria.

—Gracias, Esteban —espetó Fernanda, comenzando a desabrocharse el cinturón—. Puedes retirarte. Estoy casi segura de que mi primo te necesitará.

El señor bajó del auto y abrió la puerta trasera correspondiente al de su amiga. Fernanda negó, musitó algo como «dame un minuto, Esteban» y volvió a cerrarla.

—Laín, llegamos.

—Fernanda, ¿por qué no me habías dicho que…?

—Por miedo —interrumpió ella—. Sé que debí decírtelo antes, pero tenía miedo, Li.

—¿Miedo? —preguntó escéptico. Buscó la mirada de su amiga—. ¿A qué?

—Al rechazo. —La aflicción se extendió por el semblante de Fernanda—. Casi nadie sabe que no soy…

—Pobre —espetó, incrédulo—. ¿Por qué lo haces? ¿Por qué te acercaste a mí entonces? Soy algo así como tu obra de caridad —susurró—. Por eso me regalaste el teléfono móvil. Sabías que no podía comprarme un teléfono como ese y…

—No, no. —Suaves y pequeñas, las manos de Fernanda envolvieron las suyas, deteniendo cualquier cosa que iba a decir—. Nada de eso, Laín. Todo lo que has visto hasta ahora es real. Soy tal cual me conoces. No me importa el dinero, no me importa mi posición social, nada de eso es relevante para mí. Ni siquiera uso el apellido de mi familia porque hace años renegué de todo ese asunto.

—No entiendo, Fer.

—Es complejo. Todo el asunto de mi familia lo es. —Fernanda se acomodó en el asiento y Laín hizo lo mismo—. Mi padre falleció hace ya algunos años, era socio de mi tío. Se suponía que yo tenía que seguir con el legado, pero renegué de todo ese asunto. Un par de años después, mi tío falleció. Al final, la empresa la heredó mi primo. Me cambié el apellido, tengo el de mi madre —explicó Fernanda—. Mi familia nunca fue unida. Mi madre se la pasa viajando junto a mi tía, la madre de mi primo. Prácticamente nos criamos solos, aunque no me llevo en lo absoluto bien con él. Nuestras personalidades chocan mucho. De hecho, él es un idiota enfermizo por los negocios, es…

—Pero es parte de tu familia —la interrumpió, mirándola fijamente y apretando las manos de ella entre las suyas—. Fer, en serio, agradezco que me lo digas, pero no quiero estar aquí. No me malinterpretes, de verdad, pero solo quiero regresar a mi casa.

—¿No quieres ser más mi amigo? —preguntó ella.

Su corazón se estrujó al notar la tristeza impregnada tanto en las palabras como en el rostro de Fernanda. Por supuesto, la historia de Fernanda no cambiaba nada, en lo absoluto. Laín seguiría siendo su amigo, le era irrelevante si Fernanda era rica o pobre, eso no importaba. Una amistad no se basa en la condición social de las personas o eso creía y pensaba Laín.

—Seguiré siendo tu amigo, Fer —confirmó—. Es solo que, mírame, parezco un vagabundo con estas fachas y tu casa es…

—¿Qué dices? Nada de eso, Li, no pareces un vagabundo —contradijo Fernanda—. Nimiedades, chico bonito. Ahora me quedo más tranquila, ya sabes toda la verdad sobre mí.

—Gracias por eso, en serio —profirió, sintiéndose apocado—. Eres una buena persona, Fer, y agradezco que seas mi amiga. Mi mejor amiga.

—Entonces, ¿te quedas a merendar? Sé que no querrás quedarte hasta la cena, pero por lo menos…

—Está bien —aceptó. Fernanda sonrió—. Además, no sé cómo regresar desde aquí a mi casa. Tendrás que indicarme dónde puedo esperar un autobús.  

~*~

Si por fuera la casa le resultó elegante, Laín quedó pasmado cuando Fernanda lo guió al interior. Todo relucía, lujoso y majestuoso. Decoraciones extravagantes, cuadros enormes de paisajes en las paredes, objetos de decoración que parecían estar hechos de oro y plata. La espaciosa sala, los sillones de cuero negro, almohadones de terciopelo blanco que servían solo para embellecer aún mas; floreros en cada recoveco, entre un sinfín de similar. Se sintió diminuto estando allí, prefería estar afuera, lejos de tanta ostentosidad.

—Iré a pedir que nos preparen algo para merendar —imperó su amiga—. ¿Sucede algo?

—No. Bueno, sí —balbuceó, inseguro—. Realmente no quiero estar aquí. Es decir, ¿puedo ir al jardín? Lo siento, Fer, pero de verdad prefiero que…

—Bien, entiendo. —El alivio lo inundó—. Escucha, haremos lo siguiente, ¿de acuerdo? En el jardín hay una pérgola, merendamos allí. Y si quieres, puedes adelantarte, te alcanzaré luego.

—Fernanda, no conozco tu casa, no sé dónde se encuentra la…

—Cierto, bien. Te lo explicaré.

Siguió las instrucciones de su amiga. Admiró cada detalle del espacio verde, árboles, arbustos y una variedad de flores. Sus pies se hundían en el césped y Laín sonrió al sentirse tan dichoso de poder disfrutar de cada pequeña cosa que captaba. Parecía un parque y no un jardín de casa.

Más allá del portón de rejas negras, divisó otras casas-mansiones, pero una en particular acaparó su interés por completo. Era distinta a las otras; elegante y mucho más imponente que el resto y estaba justo frente de la residencia de su amiga y se preguntó, inocente, si Fernanda conocía a la familia que allí vivía.

Avanzó hasta llegar a la galería. Sus dedos palparon el respaldo de una de las sillas, sintiendo el cosquilleo del terciopelo azul rey del tapizado. Esbozó otra sonrisa.

Inhaló profundamente y la paz reinó por unos instantes. Sin embargo, algo lo incomodó. Se sintió como si lo estuvieran observando, como si algo o alguien se mantuviera oculto de Laín. La tranquilidad del momento se esfumó.

Lejos de la mirada de Laín, unos ojos gélidos lo observaban con desprecio, como si Laín no fuera… nadie.

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Último capítulo

  • Anhelos.   No te perderé de vista.

    —Li, espero que no te moleste que haya venido de visita con mi primo —dijo Fernanda, dando un paso más hacia Laín.La sonrisa de Laín se convirtió en una mueca y Drazen se preguntó qué podría hacer para…—No, claro que no, Fer. Es solo que…—Traje algunas cosas para la cena —interrumpió ella, con una sonrisa en la voz.—Fernanda —espetó entre dientes y miró de soslayo el coche.—Hola, Drazen. —La voz tenía un eco de timidez, pero también una firmeza al pronunciar su nombre—. Es… bueno verte. —Esto es cosa de Fernanda. Fue ella quien me dijo que me llevaría a un lugar y creí que… —dejó de hablar cuando Laín inclinó la cabeza y lo miró con incredulidad, pero notó el temblor en los labios.Ignorando el calor que trepaba por su cuello, Drazen negó con la cabeza, inhaló hondo y metió las manos en los bolsillos de su pantalón. Fernanda apretó los labios y abrió la puerta trasera del coche. Tomó las bolsas de compras y se las pasó a Laín. —Entonces, ¿podemos pasar, Li? —preguntó Fernanda.

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  • Anhelos.   Regreso.

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