LOGINEl auto desvió totalmente de las calles transitadas de la ciudad y se adentró a una calle tranquila. Entonces, Laín se percató de que era un barrio privado, alejado del ajetreo de la ciudad. Él no encajaba allí, él no podría…
—Ya estamos por llegar a mi casa —profirió Fernanda.
Todo tipo de comentario que hubiera querido decir, Laín los ahogó cuando el coche ingresó por un enorme portón negro.
Contuvo el aliento al ver la casa. Elegante, majestuosa, imponente. No era posible que su amiga viviera allí, Laín no… Entonces comprendió ciertas cosas. La forma de ser de Fernanda, cómo vestía, incluso sus gustos un tanto refinados a la hora de elegir qué comer, su comportamiento… Ella no era como él. Ella pertenecía a la clase social alta, ella no era pobre ni siquiera se acercaba a…
—Llegamos, señorita —informó el chófer.
Laín observó la entrada, el jardín y luego a su amiga que se encontraba seria.
—Gracias, Esteban —espetó Fernanda, comenzando a desabrocharse el cinturón—. Puedes retirarte. Estoy casi segura de que mi primo te necesitará.
El señor bajó del auto y abrió la puerta trasera correspondiente al de su amiga. Fernanda negó, musitó algo como «dame un minuto, Esteban» y volvió a cerrarla.
—Laín, llegamos.
—Fernanda, ¿por qué no me habías dicho que…?
—Por miedo —interrumpió ella—. Sé que debí decírtelo antes, pero tenía miedo, Li.
—¿Miedo? —preguntó escéptico. Buscó la mirada de su amiga—. ¿A qué?
—Al rechazo. —La aflicción se extendió por el semblante de Fernanda—. Casi nadie sabe que no soy…
—Pobre —espetó, incrédulo—. ¿Por qué lo haces? ¿Por qué te acercaste a mí entonces? Soy algo así como tu obra de caridad —susurró—. Por eso me regalaste el teléfono móvil. Sabías que no podía comprarme un teléfono como ese y…
—No, no. —Suaves y pequeñas, las manos de Fernanda envolvieron las suyas, deteniendo cualquier cosa que iba a decir—. Nada de eso, Laín. Todo lo que has visto hasta ahora es real. Soy tal cual me conoces. No me importa el dinero, no me importa mi posición social, nada de eso es relevante para mí. Ni siquiera uso el apellido de mi familia porque hace años renegué de todo ese asunto.
—No entiendo, Fer.
—Es complejo. Todo el asunto de mi familia lo es. —Fernanda se acomodó en el asiento y Laín hizo lo mismo—. Mi padre falleció hace ya algunos años, era socio de mi tío. Se suponía que yo tenía que seguir con el legado, pero renegué de todo ese asunto. Un par de años después, mi tío falleció. Al final, la empresa la heredó mi primo. Me cambié el apellido, tengo el de mi madre —explicó Fernanda—. Mi familia nunca fue unida. Mi madre se la pasa viajando junto a mi tía, la madre de mi primo. Prácticamente nos criamos solos, aunque no me llevo en lo absoluto bien con él. Nuestras personalidades chocan mucho. De hecho, él es un idiota enfermizo por los negocios, es…
—Pero es parte de tu familia —la interrumpió, mirándola fijamente y apretando las manos de ella entre las suyas—. Fer, en serio, agradezco que me lo digas, pero no quiero estar aquí. No me malinterpretes, de verdad, pero solo quiero regresar a mi casa.
—¿No quieres ser más mi amigo? —preguntó ella.
Su corazón se estrujó al notar la tristeza impregnada tanto en las palabras como en el rostro de Fernanda. Por supuesto, la historia de Fernanda no cambiaba nada, en lo absoluto. Laín seguiría siendo su amigo, le era irrelevante si Fernanda era rica o pobre, eso no importaba. Una amistad no se basa en la condición social de las personas o eso creía y pensaba Laín.
—Seguiré siendo tu amigo, Fer —confirmó—. Es solo que, mírame, parezco un vagabundo con estas fachas y tu casa es…
—¿Qué dices? Nada de eso, Li, no pareces un vagabundo —contradijo Fernanda—. Nimiedades, chico bonito. Ahora me quedo más tranquila, ya sabes toda la verdad sobre mí.
—Gracias por eso, en serio —profirió, sintiéndose apocado—. Eres una buena persona, Fer, y agradezco que seas mi amiga. Mi mejor amiga.
—Entonces, ¿te quedas a merendar? Sé que no querrás quedarte hasta la cena, pero por lo menos…
—Está bien —aceptó. Fernanda sonrió—. Además, no sé cómo regresar desde aquí a mi casa. Tendrás que indicarme dónde puedo esperar un autobús.
~*~
Si por fuera la casa le resultó elegante, Laín quedó pasmado cuando Fernanda lo guió al interior. Todo relucía, lujoso y majestuoso. Decoraciones extravagantes, cuadros enormes de paisajes en las paredes, objetos de decoración que parecían estar hechos de oro y plata. La espaciosa sala, los sillones de cuero negro, almohadones de terciopelo blanco que servían solo para embellecer aún mas; floreros en cada recoveco, entre un sinfín de similar. Se sintió diminuto estando allí, prefería estar afuera, lejos de tanta ostentosidad.
—Iré a pedir que nos preparen algo para merendar —imperó su amiga—. ¿Sucede algo?
—No. Bueno, sí —balbuceó, inseguro—. Realmente no quiero estar aquí. Es decir, ¿puedo ir al jardín? Lo siento, Fer, pero de verdad prefiero que…
—Bien, entiendo. —El alivio lo inundó—. Escucha, haremos lo siguiente, ¿de acuerdo? En el jardín hay una pérgola, merendamos allí. Y si quieres, puedes adelantarte, te alcanzaré luego.
—Fernanda, no conozco tu casa, no sé dónde se encuentra la…
—Cierto, bien. Te lo explicaré.
Siguió las instrucciones de su amiga. Admiró cada detalle del espacio verde, árboles, arbustos y una variedad de flores. Sus pies se hundían en el césped y Laín sonrió al sentirse tan dichoso de poder disfrutar de cada pequeña cosa que captaba. Parecía un parque y no un jardín de casa.
Más allá del portón de rejas negras, divisó otras casas-mansiones, pero una en particular acaparó su interés por completo. Era distinta a las otras; elegante y mucho más imponente que el resto y estaba justo frente de la residencia de su amiga y se preguntó, inocente, si Fernanda conocía a la familia que allí vivía.
Avanzó hasta llegar a la galería. Sus dedos palparon el respaldo de una de las sillas, sintiendo el cosquilleo del terciopelo azul rey del tapizado. Esbozó otra sonrisa.
Inhaló profundamente y la paz reinó por unos instantes. Sin embargo, algo lo incomodó. Se sintió como si lo estuvieran observando, como si algo o alguien se mantuviera oculto de Laín. La tranquilidad del momento se esfumó.
Lejos de la mirada de Laín, unos ojos gélidos lo observaban con desprecio, como si Laín no fuera… nadie.
En todos los años que estuvo fuera, había imaginado muchas veces su regreso. Nunca pensó que se sentiría tan lejos de todo lo que alguna vez proyectó.El cambio entre sus padres fue inmediato. Su madre lo recibió alegre, casi eufórica. Su padre, en cambio, solo dijo:—Estás de regreso. Hay trabajo que espera por ti.El «no» permaneció dentro de su boca. Había aprendido que su padre no era una persona que recibía una negativa y se quedaba callado. La mejor opción fue mirarlo y sonreír por simple inercia. Después de dos semanas de estar esquivando el elefante dentro de la habitación, era momento de lo difícil: cómo decirle a su padre que no trabajaría con él ni para él. Caminó tan ensimismado en sus pensamientos que solo se dio cuenta de dónde había llegado cuando empujó las puertas de cristal y la campanilla sonó.El aroma a café estaba impregnado por todo el lugar y, mientras se dirigía hacia la barra, sintió una súbita ansiedad por ver y conversar con Laín.—¡Hey, hola! —saludó.La
Las voces de sus compañeros, la risa suave de Joaquín y el rostro serio de Fernanda…Su ceño se profundizó y su estómago se tensó con un nudo que no dolía, pero tampoco se iba.—¿Laín?—Laín, ¿estás bien?Laín pestañeó varias veces y reconoció la voz de su mejor amiga. Había un dejo de preocupación genuina en el rostro de Fernanda y Laín se preguntó por qué ella parecía tan…—¿Eres Laín? —preguntó la voz jovial—. Mi abuelo me habló mucho de ti.Lentamente, Laín se giró hacia el chico y, entonces, sintió de nuevo la sensación de algo que tiraba de su pecho.—En serio se parecen —comentó Joaquín, mirando de su nieto a Laín.—Hay una creencia popular, o idea, que dice que todos tenemos un doble sin relación en algún lugar del mundo. —Jacob se llevó la mano a la barbilla y observó a Lukas y luego a Laín; se encogió de hombros y añadió—: Si bien comparten un parecido, no son iguales al cien por ciento.—Aunque hay diferencias entre nosotros, en nuestras facciones, en nuestro color de ojos,
El trabajo aminoró después del mediodía y el ambiente dentro de la cafetería volvió a tener una tranquilidad que siempre era bienvenida. Terminó de limpiar la mesa y se dirigió hacia la barra.Vio las tazas limpias y comenzó a ponerlas en la repisa…«—Esto tiene un gusto… peculiar. —Laín se cruzó de brazos y entrecerró los ojos, viendo a Drazen sentado en el sofá—. Bueno, sigue siendo café.—Es tu segunda taza, Drazen —señaló, negando con la cabeza.Drazen dio un sorbo y se reclinó, apoyando la espalda contra el respaldo. Cruzó una pierna sobre la otra, como si fuera el señor de la casa, y siguió bebiendo su café. Laín esbozó una sonrisa, apenas visible, y miró el espacio libre al lado de Drazen y el sencillo sofá individual. Sintió un burbujeo en el estómago y, con su taza en la mano, se sentó en el pequeño sofá.—Tengo ganas de cenar pizza casera —comentó Drazen, y echó una mirada hacia la cocina.—Me hubieras dicho antes, O’Donell. —Laín dio un sorbo de su café, esperando que no s
El jurado finalizó con un veredicto unánime: culpable.Aplausos, gritos y llanto acabaron con el silencio sepulcral que, hasta hacía un instante atrás, reinaba en la sala. El juez golpeó el mallete varias veces.—¡Silencio! —exclamó—. Orden en la sala. Abogados, acérquense, por favor.Ambos letrados (defensor y acusador) cruzaron una mirada mordaz, como si quisieran iniciar una guerra entre ellos. Hablaron con el juez y, luego de unos minutos, ambos volvieron a sus lugares correspondientes.Ningún abogado era tan prestigioso y solemne como él: apariencia imponente, facciones duras, mirada ininteligible y un porte digno de absoluto respeto.Un hombre con una reputación impecable al momento de hacer su trabajo.(...)Ignacio inhaló y exhaló profundamente, un ritual que siempre hacía antes de abrir la puerta y entrar a la casa.—Hola, cariño. —Volteó a ver a su esposa y forzó una sonrisa—. ¿Ganaste el caso?—Por supuesto, querida —dijo, con tono alegre y orgulloso. Miró hacia la sala de
Había estado leyendo el mismo documento una y otra vez, como si las palabras impresas pudieran darle la respuesta que llevaba semanas buscando.Soltó un suspiro sonoro, guardó los papeles dentro del cajón del escritorio y se reclinó en la silla. Cerró los ojos por unos instantes, pero la picazón en su garganta le hizo fruncir el ceño. Arqueó una ceja y vio el vaso al lado del portalápiz. Se lo llevó a la boca, dio un pequeño sorbo y, luego, lo levantó a la altura de su mirada. Entrecerró los ojos mientras observaba el líquido ámbar.—El hielo se derritió y se mezcló con el whisky. —Una risita incrédula se deslizó de su garganta—. Se volvieron uno solo. Apagó la computadora y se puso de pie. Hizo malabares mientras se colocaba el saco, sostenía el maletín y rodeaba el escritorio. Una sensación cálida en su pecho. Un burbujeo en su estómago. Salió de la oficina y se despidió de su secretaria, deseándole un buen fin de semana.Se dirigió hacia el ascensor, como alguien que parecía ca
Laín se detuvo en medio de la sala, tragó saliva y contuvo la respiración mientras contemplaba la cama. La figura se movió, la manta se deslizó hacia un costado y un rayo de sol dejó una caricia tibia sobre la piel descubierta del abdomen.Cuando tomó una bocanada de aire y la calma se deslizó por su pecho, Laín giró sobre sí mismo y se dirigió hacia la cocina, manteniendo su respiración bajo control. Se movió con cautela y sus manos eran plumas al tomar los cubiertos. Preparó tostadas, huevos revueltos y café. Dejó un plato de avena, otro de frutas y una taza de té de jengibre sobre la encimera. Con su propio desayuno, se sentó en el sofá, quedando de espalda hacia el dormitorio. Decidió no encender la televisión por el momento y comenzó a comer. Iba por el último bocado de tostada cuando oyó un ligero quejido. Enderezó su postura al darse cuenta del reflejo en la pantalla oscura: alguien estaba detrás de él. Volteó lentamente la cabeza y, lo que vio, le produjo un efecto sedoso que