Mag-log inDefinitivamente algo no estaba bien. Se suponía que debía de estar en su casa, posiblemente en su cama y no conduciendo. Ni siquiera sabía por qué lo había hecho; solo salió de la casa de Fernanda, ingresó a la suya, dirigiéndose directo al garaje. Y ahora, a metros de la avenida principal, miles de dilemas nadaban en su cabeza. No encontró respuestas y eso le molestaba al punto de apretar los dientes hasta sentir dolor.
Vio la parada de autobuses y buscó un lugar retirado para estacionar. Hizo caso omiso a la señal de tránsito que indicaba lo opuesto a lo que estaba haciendo. Apagó el motor del auto, soltó un sonoro suspiro. Su mirada recorrió el apeadero y lo vio. Observó detenidamente al chico sentado en la banca. Con la cabeza gacha, parecía perdido en sus pensamientos.
Un espasmo viajó por su cuerpo; un eco irreconocible caló profundo en sus oídos. Una parte de él gritaba que se alejara por donde vino y la otra quería averiguar qué eran esas sensaciones confusas y sin nombre que despertaron a raíz de la persona que observaba.
Sin dar relevancia al torbellino de lo que sea que estaba burbujeando en su pecho, Drazen bajó del auto. Pasos sigilosos, mirada fija en el chico.
—Es tarde y ya no circulan los autobuses. —Se regocijó cuando vio al chico levantar la mirada. Ojos verdes atónitos, semblante estupefacto—. Levántate de allí, te llevaré a tu casa —demandó.
—¿Qué... hace usted aquí?
No lo sabía y quería averiguarlo de alguna u otra manera. Bien podría comenzar analizando a este chico que parecía más que sorprendido… Incómodo y nervioso, era eso lo que Drazen observó.
—No me trates de usted, te dije mi nombre —espetó con la voz neutra—. Puedes tutearme.
La noche se precipitaba fresca y se percató del ligero temblor en el chico por la brisa nocturna.
—Tienes frío —afirmó, más para sí mismo—. Vamos, podrías enfermar si te quedas ahí.
—No es necesario, esperaré un taxi —dijo Laín.
Drazen dibujó una mueca con los labios. No, por supuesto que no dejaría que se fuera en un taxi. No había conducido a estas horas por nada, mucho menos para recibir negativas.
—¿Por qué ha venido? No entiendo, usted dijo que...
—Dije muchas cosas, entre ellas que puedes tutearme —imperó, dando unos pasos, acortando la distancia—. Te lo diré una vez más. Levántate, te llevaré a casa.
De nuevo oyó un eco en sus oídos y, entonces, se percató de que era ese sonido que parecía perforar sus tímpanos. Aquel órgano encarcelado dentro de su tórax era el causante... No quiso saber la razón de esos latidos acelerados. No lo necesitaba por ahora.
—¿Por qué? —Drazen dejó de prestar atención a los cambios dentro de su pecho y se percató de Laín de pie frente a él—. ¿Por qué estás haciendo esto?
—Buen progreso, ya me tuteas. —Su mirada quedó sujeta en los ojos de Laín—. Porque quiero, ¿es suficiente respuesta?
Porque había dado esa respuesta, estaba más allá de la comprensión de Drazen… Se perdió en el verde de los ojos de Laín. Por más que Drazen quiso suprimir la molestia dentro de sí, no pudo.
Molestia por querer que aquella tristeza se esfumara de la mirada cetrina. Debería dar marcha atrás y largarse de allí, dejarlo solo y ya, pero... no podía. Había algo que lo detenía y no lo entendía, mucho menos lo comprendía.
—Está bien. —Sin poder evitarlo, las comisuras de sus labios se curvaron en una casi imperceptible sonrisa—. Tú... estás sonriendo.
Imposible. ¿Drazen O'Donell sonriendo? No, nunca sonreía... Y entonces fue testigo del brillo que emergió en los ojos verde oliva y aquella imagen la tatuó en sus recuerdos, sin saber por qué…
En todos los años que estuvo fuera, había imaginado muchas veces su regreso. Nunca pensó que se sentiría tan lejos de todo lo que alguna vez proyectó.El cambio entre sus padres fue inmediato. Su madre lo recibió alegre, casi eufórica. Su padre, en cambio, solo dijo:—Estás de regreso. Hay trabajo que espera por ti.El «no» permaneció dentro de su boca. Había aprendido que su padre no era una persona que recibía una negativa y se quedaba callado. La mejor opción fue mirarlo y sonreír por simple inercia. Después de dos semanas de estar esquivando el elefante dentro de la habitación, era momento de lo difícil: cómo decirle a su padre que no trabajaría con él ni para él. Caminó tan ensimismado en sus pensamientos que solo se dio cuenta de dónde había llegado cuando empujó las puertas de cristal y la campanilla sonó.El aroma a café estaba impregnado por todo el lugar y, mientras se dirigía hacia la barra, sintió una súbita ansiedad por ver y conversar con Laín.—¡Hey, hola! —saludó.La
Las voces de sus compañeros, la risa suave de Joaquín y el rostro serio de Fernanda…Su ceño se profundizó y su estómago se tensó con un nudo que no dolía, pero tampoco se iba.—¿Laín?—Laín, ¿estás bien?Laín pestañeó varias veces y reconoció la voz de su mejor amiga. Había un dejo de preocupación genuina en el rostro de Fernanda y Laín se preguntó por qué ella parecía tan…—¿Eres Laín? —preguntó la voz jovial—. Mi abuelo me habló mucho de ti.Lentamente, Laín se giró hacia el chico y, entonces, sintió de nuevo la sensación de algo que tiraba de su pecho.—En serio se parecen —comentó Joaquín, mirando de su nieto a Laín.—Hay una creencia popular, o idea, que dice que todos tenemos un doble sin relación en algún lugar del mundo. —Jacob se llevó la mano a la barbilla y observó a Lukas y luego a Laín; se encogió de hombros y añadió—: Si bien comparten un parecido, no son iguales al cien por ciento.—Aunque hay diferencias entre nosotros, en nuestras facciones, en nuestro color de ojos,
El trabajo aminoró después del mediodía y el ambiente dentro de la cafetería volvió a tener una tranquilidad que siempre era bienvenida. Terminó de limpiar la mesa y se dirigió hacia la barra.Vio las tazas limpias y comenzó a ponerlas en la repisa…«—Esto tiene un gusto… peculiar. —Laín se cruzó de brazos y entrecerró los ojos, viendo a Drazen sentado en el sofá—. Bueno, sigue siendo café.—Es tu segunda taza, Drazen —señaló, negando con la cabeza.Drazen dio un sorbo y se reclinó, apoyando la espalda contra el respaldo. Cruzó una pierna sobre la otra, como si fuera el señor de la casa, y siguió bebiendo su café. Laín esbozó una sonrisa, apenas visible, y miró el espacio libre al lado de Drazen y el sencillo sofá individual. Sintió un burbujeo en el estómago y, con su taza en la mano, se sentó en el pequeño sofá.—Tengo ganas de cenar pizza casera —comentó Drazen, y echó una mirada hacia la cocina.—Me hubieras dicho antes, O’Donell. —Laín dio un sorbo de su café, esperando que no s
El jurado finalizó con un veredicto unánime: culpable.Aplausos, gritos y llanto acabaron con el silencio sepulcral que, hasta hacía un instante atrás, reinaba en la sala. El juez golpeó el mallete varias veces.—¡Silencio! —exclamó—. Orden en la sala. Abogados, acérquense, por favor.Ambos letrados (defensor y acusador) cruzaron una mirada mordaz, como si quisieran iniciar una guerra entre ellos. Hablaron con el juez y, luego de unos minutos, ambos volvieron a sus lugares correspondientes.Ningún abogado era tan prestigioso y solemne como él: apariencia imponente, facciones duras, mirada ininteligible y un porte digno de absoluto respeto.Un hombre con una reputación impecable al momento de hacer su trabajo.(...)Ignacio inhaló y exhaló profundamente, un ritual que siempre hacía antes de abrir la puerta y entrar a la casa.—Hola, cariño. —Volteó a ver a su esposa y forzó una sonrisa—. ¿Ganaste el caso?—Por supuesto, querida —dijo, con tono alegre y orgulloso. Miró hacia la sala de
Había estado leyendo el mismo documento una y otra vez, como si las palabras impresas pudieran darle la respuesta que llevaba semanas buscando.Soltó un suspiro sonoro, guardó los papeles dentro del cajón del escritorio y se reclinó en la silla. Cerró los ojos por unos instantes, pero la picazón en su garganta le hizo fruncir el ceño. Arqueó una ceja y vio el vaso al lado del portalápiz. Se lo llevó a la boca, dio un pequeño sorbo y, luego, lo levantó a la altura de su mirada. Entrecerró los ojos mientras observaba el líquido ámbar.—El hielo se derritió y se mezcló con el whisky. —Una risita incrédula se deslizó de su garganta—. Se volvieron uno solo. Apagó la computadora y se puso de pie. Hizo malabares mientras se colocaba el saco, sostenía el maletín y rodeaba el escritorio. Una sensación cálida en su pecho. Un burbujeo en su estómago. Salió de la oficina y se despidió de su secretaria, deseándole un buen fin de semana.Se dirigió hacia el ascensor, como alguien que parecía ca
Laín se detuvo en medio de la sala, tragó saliva y contuvo la respiración mientras contemplaba la cama. La figura se movió, la manta se deslizó hacia un costado y un rayo de sol dejó una caricia tibia sobre la piel descubierta del abdomen.Cuando tomó una bocanada de aire y la calma se deslizó por su pecho, Laín giró sobre sí mismo y se dirigió hacia la cocina, manteniendo su respiración bajo control. Se movió con cautela y sus manos eran plumas al tomar los cubiertos. Preparó tostadas, huevos revueltos y café. Dejó un plato de avena, otro de frutas y una taza de té de jengibre sobre la encimera. Con su propio desayuno, se sentó en el sofá, quedando de espalda hacia el dormitorio. Decidió no encender la televisión por el momento y comenzó a comer. Iba por el último bocado de tostada cuando oyó un ligero quejido. Enderezó su postura al darse cuenta del reflejo en la pantalla oscura: alguien estaba detrás de él. Volteó lentamente la cabeza y, lo que vio, le produjo un efecto sedoso que







