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Sensaciones extrañas.

last update Fecha de publicación: 2026-07-07 00:18:42

Definitivamente algo no estaba bien. Se suponía que debía de estar en su casa, posiblemente en su cama y no conduciendo. Ni siquiera sabía por qué lo había hecho; solo salió de la casa de Fernanda, ingresó a la suya, dirigiéndose directo al garaje. Y ahora, a metros de la avenida principal, miles de dilemas nadaban en su cabeza. No encontró respuestas y eso le molestaba al punto de apretar los dientes hasta sentir dolor.

Vio la parada de autobuses y buscó un lugar retirado para estacionar. Hizo caso omiso a la señal de tránsito que indicaba lo opuesto a lo que estaba haciendo. Apagó el motor del auto, soltó un sonoro suspiro. Su mirada recorrió el apeadero y lo vio. Observó detenidamente al chico sentado en la banca. Con la cabeza gacha, parecía perdido en sus pensamientos. 

Un espasmo viajó por su cuerpo; un eco irreconocible caló profundo en sus oídos. Una parte de él gritaba que se alejara por donde vino y la otra quería averiguar qué eran esas sensaciones confusas y sin nombre que despertaron a raíz de la persona que observaba. 

Sin dar relevancia al torbellino de lo que sea que estaba burbujeando en su pecho, Drazen bajó del auto. Pasos sigilosos, mirada fija en el chico. 

—Es tarde y ya no circulan los autobuses. —Se regocijó cuando vio al chico levantar la mirada. Ojos verdes atónitos, semblante estupefacto—. Levántate de allí, te llevaré a tu casa —demandó. 

—¿Qué... hace usted aquí?

No lo sabía y quería averiguarlo de alguna u otra manera. Bien podría comenzar analizando a este chico que parecía más que sorprendido… Incómodo y nervioso, era eso lo que Drazen observó.   

—No me trates de usted, te dije mi nombre —espetó con la voz neutra—. Puedes tutearme.

La noche se precipitaba fresca y se percató del ligero temblor en el chico por la brisa nocturna.

—Tienes frío —afirmó, más para sí mismo—. Vamos, podrías enfermar si te quedas ahí.

—No es necesario, esperaré un taxi —dijo Laín.

Drazen dibujó una mueca con los labios. No, por supuesto que no dejaría que se fuera en un taxi. No había conducido a estas horas por nada, mucho menos para recibir negativas.

—¿Por qué ha venido? No entiendo, usted dijo que...

—Dije muchas cosas, entre ellas que puedes tutearme —imperó, dando unos pasos, acortando la distancia—. Te lo diré una vez más. Levántate, te llevaré a casa.

De nuevo oyó un eco en sus oídos y, entonces, se percató de que era ese sonido que parecía perforar sus tímpanos. Aquel órgano encarcelado dentro de su tórax era el causante... No quiso saber la razón de esos latidos acelerados. No lo necesitaba por ahora.

—¿Por qué? —Drazen dejó de prestar atención a los cambios dentro de su pecho y se percató de Laín de pie frente a él—. ¿Por qué estás haciendo esto? 

—Buen progreso, ya me tuteas. —Su mirada quedó sujeta en los ojos de Laín—. Porque quiero, ¿es suficiente respuesta?

Porque había dado esa respuesta, estaba más allá de la comprensión de Drazen… Se perdió en el verde de los ojos de Laín. Por más que Drazen quiso suprimir la molestia dentro de sí, no pudo. 

Molestia por querer que aquella tristeza se esfumara de la mirada cetrina. Debería dar marcha atrás y largarse de allí, dejarlo solo y ya, pero... no podía. Había algo que lo detenía y no lo entendía, mucho menos lo comprendía.

—Está bien. —Sin poder evitarlo, las comisuras de sus labios se curvaron en una casi imperceptible sonrisa—. Tú... estás sonriendo.

Imposible. ¿Drazen O'Donell sonriendo? No, nunca sonreía... Y entonces fue testigo del brillo que emergió en los ojos verde oliva y aquella imagen la tatuó en sus recuerdos, sin saber por qué…

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Último capítulo

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    —Li, espero que no te moleste que haya venido de visita con mi primo —dijo Fernanda, dando un paso más hacia Laín.La sonrisa de Laín se convirtió en una mueca y Drazen se preguntó qué podría hacer para…—No, claro que no, Fer. Es solo que…—Traje algunas cosas para la cena —interrumpió ella, con una sonrisa en la voz.—Fernanda —espetó entre dientes y miró de soslayo el coche.—Hola, Drazen. —La voz tenía un eco de timidez, pero también una firmeza al pronunciar su nombre—. Es… bueno verte. —Esto es cosa de Fernanda. Fue ella quien me dijo que me llevaría a un lugar y creí que… —dejó de hablar cuando Laín inclinó la cabeza y lo miró con incredulidad, pero notó el temblor en los labios.Ignorando el calor que trepaba por su cuello, Drazen negó con la cabeza, inhaló hondo y metió las manos en los bolsillos de su pantalón. Fernanda apretó los labios y abrió la puerta trasera del coche. Tomó las bolsas de compras y se las pasó a Laín. —Entonces, ¿podemos pasar, Li? —preguntó Fernanda.

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