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CAPÍTULO TRES — APRENDER LÍMITES

Author: Aveline K
last update publish date: 2026-07-22 23:07:59

La mesa cayó en silencio.

Los ojos de mamá me suplicaban, Jenna miraba fijamente a su hermano y Charlyn y Robert parecían impasibles ante lo que fuera que estuviéramos haciendo.

—¿Cómo carajo me acabas de llamar? —pregunté de nuevo, la rabia filtrándose lentamente por mí.

—Un mocoso quisquilloso. ¿Tienes algún problema con eso?

¡Vaya! Juro que odio a Lucian.

—Mira, preferiría que te ocuparas de tus malditos asuntos, Lucian Banks.

—Cuida tu lenguaje, Ezran —intervino mamá—. Él es tu mayor. Dale su res—

—Ocúpate de tus malditos asuntos también, señora Banks —grité, interrumpiéndola—. Nunca me pediste mi opinión en absoluto, así que si el que hable con tu hijastro no te parece bien, allá tú.

Agarré mi mochila y salí furioso del comedor, corriendo hacia afuera de la casa.

….

La mañana después de nuestro primer verdadero enfrentamiento, la casa se sentía como un campo de batalla. Cada paso resonaba demasiado fuerte, cada puerta crujía sobre mis nervios. No dejaba de imaginar la mirada afilada de Lucian acechando detrás de cada esquina, esperando para castigarme por algún crimen imaginario.

Me quedé mirando mi reflejo en el espejo mientras me ponía la bata de noche. Me veía demacrado. Estaba tratando de convencerme de que era por exceso de estudio pero en el fondo, sabía la verdadera causa de mi repentina apariencia demacrada.

Un suave golpe en mi puerta atrajo mi atención de vuelta a la realidad.

—Ezran, cariño, tenemos que hablar.

Mamá empujó la puerta con una sonrisa en su rostro. Una sonrisa nerviosa, en realidad.

—Si viniste a sermonearme sobre cómo hablar con tu nueva familia, por favor no empieces. Tengo una docena de tareas escolares que terminar para esta noche.

Suspiró fuerte, dando pasos lentos hacia mí. Se detuvo frente a mí, sus ojos fijos en los míos.

—Lo siento por todo. Por obligarte a aceptar mi nueva familia —hizo una pausa y pasó suavemente sus dedos por mi cabello—. Pero por favor, necesito que hagas que esto funcione. Necesito que aceptes a Robert y a sus hijos.

—Bueno, lamento cómo sonó lo de esta mañana. Me disculparé con Robert y las chicas por la falta de respeto.

Una sonrisa se dibujó en su rostro y me atrajo hacia un abrazo, envolviendo sus brazos alrededor de mi cintura.

—¿Y Lucian? ¿No vas a disculparte con él?

—Nunca —murmuré tercamente.

Ella se rió suavemente, dándome palmaditas en la espalda. —Baja para la cena. Le pedí a las sirvientas que cocinaran según tu preferencia hoy.

Le di un ligero asentimiento.

…

La cena fue silenciosa después de mi estallido matutino. Jeanne parloteaba a mi lado, tratando de llenar el vacío con historias sobre sus amigos de la universidad, pero yo solo escuchaba a medias. Mi mente seguía divagando hacia Lucian. Él no hablaba mucho, como siempre, pero había una intensidad tranquila en él que me hacía hiperconsciente de cada movimiento, cada palabra.

—Ezran, no te veas tan gruñón —susurró Jeanne, dándome un codazo en el brazo—. Es una cena, no una sentencia de muerte.

Forcé una sonrisa, devolviéndole el codazo. Ella soltó una risita, completamente ajena a la tensión en la habitación.

Y entonces lo vi. Lucian, sentado a la cabecera de la mesa, café en mano, ojos siguiéndome como un halcón. Era exasperante. Todo en él gritaba control: su postura, las líneas afiladas de su mandíbula, la intensidad oscura en sus ojos. Podía aplastarme con una palabra, y me odiaba a mí mismo por notar la atracción de ello.

—Eh... quiero disculparme por lo de antes. Eso no habló bien de mi crianza. Me disculpo.

Robert me dio una sonrisa tranquila, sus grandes palmas descansando sobre las mías. —Me alegra que hayas asumido tu error, chico. Estoy súper orgulloso de ti y te recompensaré por ser responsable.

Asentí y volví mis ojos hacia las chicas. Charlyn se encogió de hombros y volvió a su comida, Jenna apretó suavemente mis palmas.

Mis ojos se desviaron hacia Lucian y lo encontré mirándome fijamente de vuelta.

—Disculpas aceptadas —dijo él con voz plana. Sin calidez. Sin inflexión más allá del mínimo indispensable.

—Sí —murmuré de vuelta, con cuidado de no darle nada que pudiera usar en mi contra.

Dos días en este hogar compartido ya era una verdadera tortura. Nuestras interacciones eran mínimas pero eléctricas. El ambiente estaba tenso y sofocante, especialmente por la forma en que Lucian me miraba fijamente.

La forma en que me observaba cuando no estaba prestando atención — todo me ponía al límite.

La cena terminó y pronto, todos se fueron a dormir. Había llevado mi computadora portátil a la sala de estar; la casa estaba silenciosa, la única luz proveniente del resplandor de mi pantalla. Estaba profundamente concentrado en programar, los dedos volando sobre el teclado, cuando sentí movimiento detrás de mí.

—Ezran.

Mi corazón dio un vuelco. Me quedé congelado.

—Necesito hablar contigo —dijo Lucian, su voz, baja y controlada, pero cortando de alguna manera el silencio como una hoja.

Tragué saliva con dificultad. —¿Hablar de qué?

—De tu actitud —dijo simplemente, sentándose en un sofá, brazos cruzados. Su presencia era opresiva. Quería apartar la mirada, pero no podía.

—¿Mi actitud? —pregunté, tratando de mantener mi voz firme, aunque mi pulso me traicionaba—. No soy yo quien habló groseramente primero, tú eres el verdadero depredador.

Sus cejas se levantaron. —No soy un depredador. Tú eres el problema.

Me levanté de un salto del sofá, empujando mi computadora portátil a un lado. —¿El problema? ¿Crees que yo soy el problema? ¡Ni siquiera me conoces!

—Sé lo suficiente —dijo él en voz baja, acercándose más. Su proximidad era peligrosa. Mi pulso se aceleró, y odiaba lo consciente que estaba del calor que irradiaba de él.

—Y no sabes lo que significa ser parte de una familia como la mía. Necesitas aprender límites. Ahora o nunca.

Abrí la boca para replicar, pero algo en sus ojos —algo afilado, penetrante, autoritario— me detuvo. No necesitaba tocarme para afirmar su dominio; su presencia era suficiente.

Retrocedí, fingiendo recoger mi computadora portátil, pero en realidad, estaba tratando de recuperar mi compostura.

—Bien —murmuré, la voz tensa mientras aferraba mi computadora contra mi pecho agitado—. Aprender límites. Entendido.

—Bien.

Sus labios se contrajeron, casi imperceptiblemente, y me pregunté si él se daba cuenta de lo cerca que había estado de quebrarme, no físicamente, sino mentalmente.

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