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Arruiname

Author: Mira Writes
last update publish date: 2026-10-19 22:28:39

Punto de vista de Mona:

Mi.

Esposo.

Es.

Gay.

La verdad resonaba una y otra vez en mi cráneo, con un ritmo brutal e interminable. Me quedé paralizada, con su teléfono como un peso muerto en mi mano. No sabía si gritar o derrumbarme. Simplemente estaba... vacía.

Todo este tiempo había creído que estaba sepultado en trabajo, demasiado agotado para mí. Jamás imaginé que se estaba entregando a otro hombre.

*Diosa Luna, ¿qué hice para merecer esto?*

Justo cuando sentía que el suelo cedía bajo mis pies, su voz cortó el silencio.

“Nena, creo que dejé mi...” Mi esposo apareció desde el pasillo, con una toalla sujeta a la cintura. Sus pasos vacilaron al ver mi rostro devastado. “...teléfono.”

Solo pude mirarlo, con lágrimas silenciosas abriéndose camino a través de mi maquillaje. ¿Qué otras mentiras se escondían detrás de esa expresión preocupada?

“¿Mona?” preguntó, acercándose. “¿Estás bien?”

Una risa corta e incrédula brotó de mí, tan afilada en el aire tenso.

“¿En serio me estás preguntando si estoy bien?” susurré, mientras la risa moría tan rápido como había llegado.

“¿Es por el aniversario?” dijo, extendiendo la mano hacia mí. “Te dije que te lo compensaría...”

“Te has estado acostando con el Beta Kael, ¿verdad?” Las palabras cortaron su excusa y quedaron suspendidas en el aire tenso entre nosotros.

Su rostro se quedó en blanco, borrada toda expresión. Entonces, se le escapó una risa nerviosa y forzada.

“Mona,” dijo, con la risa quebradiza y el rostro convertido en una máscara de confusión fingida. “¿D-de dónde sacas eso?”

“¡He visto las fotos, Marcello!” grité, con la agonía desgarrándome la voz.

Vi cómo su nuez de Adán subía y bajaba al tragar con dificultad.

“Mona, no es lo que piensas...”

“¿Ah, sí?” escupí, retrocediendo. “Entonces, ¿qué es? ¿Qué parece cuando mi esposo le manda a otro hombre un video de él mismo masturbándose?”

“Por favor, déjame explicarte...”

“¡RESPÓNDEME!” El grito me desgarró la garganta, con las lágrimas ya corriéndome por la cara sin control.

“No sabía cómo decírtelo,” dijo, con la voz suplicante mientras se acercaba. “Tienes que intentar entenderlo, por favor.”

“¿Así que por eso no podías tocarme?” Negué con la cabeza, con los ojos enrojecidos entornados de asco. “¿Porque estabas demasiado ocupado entregándote a él?”

“Mona, por favor,” rogó, extendiendo la mano hacia mí.

“No,” declaré, apartándome de su alcance. “Solo para.”

Se quedó inmóvil, sin palabras, buscando desesperadamente algo que decir que no existía.

Me di la vuelta y arrebaté las llaves del coche de la mesa.

“Me voy.”

“¿Q-qué? ¿A dónde vas? ¡Es medianoche!”

“Llama a tu amante para que te haga compañía.” Abrí de un tirón la puerta principal, dejándola abierta de par en par a mi espalda mientras marchaba hacia mi coche.

Me siguió hacia la noche, con sus súplicas golpeando la ventanilla del conductor mientras yo metía la llave en el contacto.

“¡Mona! ¡Mona, por favor!” gritó, golpeando el cristal.

No miré atrás. El motor rugió y pisé el acelerador a fondo, alejándome a toda velocidad hacia la oscuridad.

******************

“Otro,” balbuceé, empujando mi vaso vacío por la barra pegajosa.

El cantinero lo rellenó sin decir palabra. Me lo bebí de un trago, dándole la bienvenida al ardor familiar que me abrasaba la garganta. ¿Era ese el duodécimo trago? ¿O el decimotercero?

Maldita sea. Había perdido la cuenta.

Daba igual. Lo único que importaba era el entumecimiento que perseguía. Necesitaba que el alcohol me arrastrara al fondo, que me sacara de esta pesadilla despierta. Solo quería beber hasta que el mundo desapareciera.

Una parte de mí gritaba que llamara a Keisha, pero la vergüenza me detenía. ¿Qué le diría?

‘Oye, ¿adivina qué? Marcello ha estado distante porque está enamorado de su Beta.’

El pensamiento era tan amargo que podía saborearlo.

Ya le hacía señas al cantinero para que sirviera otro cuando una voz grave cortó la bruma a mi lado.

“Ese es el último.”

*¿Qué demo...?*

Giré en mi taburete, lista para destrozar al idiota que creía poder decidir cuánto bebía.

“¿Y quién demonios te crees para decirme...?”

Las palabras murieron en mi garganta en cuanto mis ojos se posaron en él.

Se me aflojó la mandíbula.

Era alto, con esa clase de hombros anchos que llenaban a la perfección una camisa negra abotonada. Las mangas estaban arremangadas hasta los codos y los dos primeros botones desabrochados, dejando entrever un atisbo de tinta oscura en su pecho. Tenía el cabello oscuro, ligeramente rizado, con un distinguido mechón plateado al frente y un mechón rebelde cayéndole sobre la frente.

Pero sus ojos...

Eran dorados.

No marrones, no color avellana: dorados. Como luz del sol fundida atrapada en ámbar.

Durante un latido entero, no pude moverme. No pude respirar. Y la forma en que me miraba... por favor, ninguna mujer merecía que la miraran así. Era una mirada que prometía devorarte por completo.

Era mayor, claramente rondaba los cuarenta y tantos. Pero maldición, era devastador.

“Vaya, caray,” logré decir por fin, parpadeando con fuerza mientras lo contemplaba. “Si esto es un sueño, ni se te ocurra despertarme.”

“Mmm...” Una sonrisa lenta y devastadora asomó en sus labios mientras hacía girar el vino en su copa. “¿Siempre vienes al club vestida en lencería?”

¿Lencería?

Bajé la mirada. M****a.

Seguía con el encaje rojo que había comprado para seducir a mi esposo. Estaba tan consumida por la rabia y el dolor que había olvidado que estaba prácticamente desnuda debajo.

“Bueno,” me encogí de hombros, forzando un tono casual que no sentía. “Eso pasa cuando descubres que tu esposo es gay.”

Sus ojos dorados se abrieron de par en par con genuina sorpresa.

“Espera, ¿qué?” Una risa corta e incrédula se le escapó antes de que pudiera contenerse, y su expresión se tornó en una seriedad forzada. “M****a. Perdona, no quise...”

“Está bien,” agité una mano con desdén, con el alcohol alimentando mi imprudencia. “Mi vida es un maldito chiste de todos modos.”

“Eso es... nuevo,” dijo, negando con la cabeza con incredulidad.

“Que se joda,” declaré, apartando de mi mente el pensamiento de Marcello mientras me inclinaba más cerca, acortando la distancia entre nosotros. El calor de su cuerpo era una fuerza tangible. “Me preocupas más tú. Estás buenísimo.”

“Estás borracha,” replicó, aunque su risa ligera estaba teñida de interés.

“Quizás,” concedí con un encogimiento de hombros. “Entonces, si te beso ahora mismo... ¿es infidelidad o solo estoy recuperando mi valor?”

Las palabras brotaron, descaradas y crudas. No sentía inhibición alguna. Fuera el whisky o el desamor, lo único que sabía era una necesidad desesperada y dolorosa de que me tocaran, de ser deseada.

“Creo que necesitas un poco de agua,” respondió, con la voz como un rumor grave, aunque no se apartó cuando mis dedos rozaron su brazo.

“Sé exactamente lo que necesito,” susurré, bajando la voz mientras alzaba la mano para acariciar la firme línea de su mandíbula, con los dedos recorriendo su barba. “Y el agua es lo más lejano a eso.”

“¿Y qué sería eso?” preguntó, con la mirada oscureciéndose mientras me observaba desde arriba, el dorado de sus ojos ardiendo a fuego lento.

Deslicé la mano hasta su nuca, ejerciendo una presión suave para acercar su rostro al mío. Me puse de puntillas, con los labios rozando el borde de su oreja mientras le entregaba un susurro solo para él.

“Quiero que me arruines.”

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