Ojos de miel, el destino del lobo

Ojos de miel, el destino del lobo

last update最後更新 : 2026-10-22
作者:  Nanapesquera剛剛更新
語言: Spanish
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故事簡介

Romance oscuro

Drama

Hombres lobo

Triángulo Amoroso

Reencuentro de Amantes

Dramático

Hombre Manipulador

Licántropo

Omega

Lía Montenegro lleva años escondiendo lo que es: una omega. Con supresores de olor y una vida discreta, trabaja para pagar el tratamiento de su hermano menor, Teo, cuya enfermedad ningún médico humano sabe explicar. Cuando consigue una pasantía en Kaizen Group, la empresa más poderosa de la ciudad vecina, solo busca el sueldo y pasar desapercibida. Pero el dueño de la empresa, el CEO alfa Dante Valcourt, lleva años siendo la comidilla de todos. Nunca se le conoce una novia, rechazó a todas las candidatas que su clan le presentó y dicen que está maldito. Lo que nadie sabe es que Dante busca a una niña de ojos color miel que lo salvó cuando se perdió siendo un cachorro, en territorio enemigo, y lo llevó a un hotel antes de desaparecer. Cuando Lía cruza la mirada con él, algo se rompe. Dante no reconoce su olor, pero sus ojos le resultan imposibles de olvidar. Lía, por su parte, sabe perfectamente quién es él. Y lo que hizo aquella noche fue una traición a su propio clan.

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第 1 章

Capítulo 1: La pasante

A las tres de la madrugada, la fiebre de Teo volvió a subir.

Lía despertó antes de que él la llamara. Siempre lo hacía. Era como si una parte de ella estuviera atada a la respiración de su hermano, y cuando esa respiración se volvía áspera, su cuerpo entero lo sabía. Corrió descalza por el pasillo del pequeño departamento, empapó una toalla en agua fría y se sentó al borde de la cama.

—Lía… tengo calor —murmuró Teo, con los ojos entrecerrados y las mejillas encendidas—. Y me duele aquí.

Se llevó la mano al pecho, justo debajo de las costillas. Lía le apartó el cabello húmedo de la frente. A los dieciséis años, Teo seguía pareciendo un niño: demasiado delgado, demasiado pálido, con una piel que a veces ardía como si algo dentro de él se estuviera quemando.

—Ya pasa, ya pasa —le susurró ella—. Respira conmigo. Uno… dos…

Pasaron casi dos horas así, con la toalla fría sobre su frente y su mano entre las suyas, hasta que la respiración de Teo se volvió tranquila. Los médicos humanos habían probado de todo: análisis, radiografías, medicinas caras que no servían de nada. Todos decían lo mismo. No encontraban nada.

Lía sí sospechaba qué era. Y esa sospecha le helaba la sangre.

Cuando amaneció, salió a la cocina, preparó un café que no iba a beber y abrió el cajón donde guardaba los parches. Eran pequeños, del color de la piel, y costaban casi la mitad de su sueldo del mes. Se levantó el cabello, pegó uno en la nuca y esperó a que el cosquilleo frío se extendiera por su cuello.

En el espejo del baño, una joven de veinticuatro años la miraba con ojeras y una blusa blanca planchada a toda prisa. Tenía el cabello oscuro recogido en una coleta baja y el rostro de quien llevaba demasiado tiempo sin dormir. Lo único llamativo eran sus ojos: de un color miel, cálido y dorado, que casi nunca se veía en las mujeres de su clan.

Por eso evitaba mirar de frente a la gente.

—Hoy es el día —le dijo a su reflejo—. Un trabajo normal. Una vida normal.

Dejó una nota para la vecina que cuidaba a Teo durante el día, besó la frente de su hermano y salió antes de que el sol terminara de levantarse.

El tren hacia Ciudad Argenta tardaba una hora y cuarenta minutos. Lía apoyó la frente en la ventana y vio pasar los campos, luego las fábricas y por último los edificios de la ciudad vecina, tan altos que parecían rascar el cielo.

Argenta. El territorio del clan Valcourt.

Se le encogió el estómago.

Hacía casi veinte años había estado en esa misma ciudad, siendo apenas una niña de seis años que se había separado de su grupo en una excursión. Esa tarde llovía tanto que las calles parecían ríos. Y entre la lluvia, sentado en una esquina con los zapatos empapados, había un niño llorando.

No sabía quién era. No sabía de qué clan venía. Ni siquiera sabían todavía qué eran ellos mismos: alfa, beta u omega. Solo sabía que estaba perdido, igual que ella.

Le había dado la mano. Lo había llevado hasta un hotel donde una señora de la recepción llamó a la policía, y se había ido antes de que alguien pudiera hacerle preguntas. Nunca volvió a verlo.

Hasta que, ya adulta, encontró su fotografía en la portada de una revista económica. Dante Valcourt, el CEO más joven en la historia de Kaizen Group.

Aquel niño ahora era un alfa.

Y ella, por culpa de ese acto de bondad, había quebrantado una regla antigua: ningún miembro de su clan debía acercarse a un Valcourt. Nunca.

Lía apretó la carpeta contra su pecho. No iba a buscarlo. Solo necesitaba el trabajo, el sueldo y los contactos de la empresa, porque Kaizen financiaba la única clínica privada del país que trataba "enfermedades extrañas".

Solo eso.

El edificio de Kaizen Group se alzaba frente a ella como una torre de cristal que se burlaba del cielo. Treinta y dos pisos de acero y vidrio brillaban bajo el sol de la mañana. Era el más alto de Ciudad Argenta y, según los rumores, también el más peligroso para cualquiera que no supiera guardar un secreto.

Y ella guardaba uno muy grande.

Se llevó la mano al cuello, donde el parche se escondía bajo el borde de la blusa. Podía sentir el leve cosquilleo de la medicina sobre la piel. Nadie debía oler lo que era. Nadie.

—Tú puedes —murmuró—. Solo es un trabajo.

Empujó las puertas y entró.

El vestíbulo era enorme, frío y silencioso, con un suelo de mármol que devolvía el eco de sus tacones. Una recepcionista le entregó un gafete sin levantar la vista.

—Pasante de Finanzas. Piso doce. Te recibirán allá.

—Gracias.

Lía sujetó la carpeta y caminó hacia los ascensores. Fue entonces cuando lo sintió.

Primero fue una presión en el aire, como si alguien hubiera cerrado una puerta enorme a sus espaldas. Después, el silencio. Las conversaciones se apagaron una a una. Los empleados se apartaron del camino sin que nadie diera una orden, bajando la mirada.

Su loba despertó de golpe.

Alfa.

Lía se quedó inmóvil. El parche funcionaba, lo sabía, pero eso no evitaba que su cuerpo reconociera el peligro y se tensara de pies a cabeza.

—Señor Valcourt —susurró alguien a su lado.

Valcourt.

Se le heló la sangre.

Giró despacio la cabeza. Al otro lado del vestíbulo, flanqueado por dos hombres de traje y con un teléfono en la mano que ya no miraba, caminaba el hombre del que hablaba toda la ciudad. Alto, de hombros anchos, con un traje negro que parecía hecho a su medida y el cabello plateado peinado hacia atrás. Dante Valcourt, CEO de Kaizen Group y líder del clan más poderoso de Argenta.

El mismo niño al que ella había ayudado hacía casi veinte años.

Lía apartó la vista de inmediato, con el corazón desbocado. Él no podía reconocerla. Habían sido niños, y además ahora estaba el supresor. Nada en ella olía a omega.

Respira. Solo respira.

Pero algo no iba bien.

Los pasos de Dante se habían detenido.

—Señor —dijo uno de los hombres—, la reunión es en cinco minutos.

Dante no respondió. Tenía el ceño fruncido y la mirada recorriendo el vestíbulo, como si buscara algo que no sabía nombrar. Sus ojos pasaron por los empleados, por el mostrador, por los ascensores… y se clavaron en Lía.

Ella sintió que el suelo desaparecía.

Eran ojos oscuros, casi negros, pero un instante después un destello dorado atravesó el iris, y a ella se le cortó la respiración. Dante dio un paso hacia ella. Luego otro.

El vestíbulo entero contuvo el aliento.

Lía quiso retroceder, pero sus piernas no le respondieron. Él se detuvo a un metro de distancia. Estaba tan cerca que podía sentir el calor de su cuerpo.

—Tus ojos —dijo Dante, con la voz baja y áspera, como si le costara pronunciar cada palabra—. ¿De qué color son?

Lía abrió la boca, pero no consiguió decir nada.

Y entonces, por primera vez en años, su loba aulló dentro de ella.

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