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EL SECRETO EN LOS CÓDIGOS

Penulis: Rocio Sofia
last update Tanggal publikasi: 2026-10-12 00:46:35

El sótano de la mansión Bellini no tenía aire fresco; solo el olor rancio a humedad y la opresión constante de saberse prisionera en una fortaleza de piedra y dinero.

Gemma se frotó los ojos cansados. Llevaba más de cuatro horas frente a la pantalla iluminada de su laptop modificada, con las yemas de los dedos adoloridas de tanto teclear. La luz azul de los monitores improvisados reflejaba la dureza de su expresión. Ya no quedaba rastro de la chica temerosa que había llegado firmando un contrato de compraventa; el dolor y la humillación se habían transformado en una fría y calculadora determinación.

Había penetrado los cortafuegos corporativos de los casinos de Las Vegas de Renzo y las cuentas de fachada de la organización. Y lo que encontró la dejó sin aliento.

—Maldita sea... —susurró Gemma para sí misma, ajustándose las gafas mientras el código binario desfilaba ante sus ojos.

No solo descubrió que las rutas de contrabando de los Bellini estaban siendo expuestas a las familias rivales; la dirección IP desde donde se realizaba el trasvase de información confidencial provenía directamente de la suite principal. De los dispositivos registrados a nombre de Tina Rosello.

La amante de Renzo, la misma que se paseaba con vestidos de diseñador y la trataba como a una escoria, estaba traicionando al capo mafioso a sus espaldas. Vendía los secretos de la organización al mejor postor, buscando arruinar a Renzo o acumular una fortuna personal para escapar el día que se cansara de él.

Gemma soltó una risa seca, sin una pizca de alegría.

—Me usas de alfombra, Tina... crees que soy tu sirvienta —murmuró, guardando los registros en una memoria encriptada que ocultó bajo tres capas de seguridad digital. —Pero cavaste tu propia tumba. Solo necesito esperar el momento exacto para soltar esta bomba.

Al día siguiente, la rutina de abusos continuó sin tregua. A las cinco de la mañana, los golpes en la puerta del sótano resonaron como disparos.

—¡Arriba, gorda inútil! El desayuno de Renzo tiene que estar servido y ni una miga fuera de su lugar —chilló la voz estridente de Tina desde el otro lado de la madera.

Gemma se levantó con parsimonia, sin responder. Se puso el mismo suéter holgado y subió a la cocina. Adela, la anciana nana, la miró con profunda lástima mientras le tendía una taza de café caliente.

—Ten cuidado hoy, mi niña —le advirtió Adela en un susurro temeroso—. Tina está insoportable. Dice que el pequeño Alessandro te busca demasiado y ha estado amenazando al niño en el jardín.

El pecho de Gemma se contrajo con furia. Dejó la taza sobre la mesa de mármol y, sin mediar palabra, salió disparada hacia el patio trasero.

El sol de la mañana apenas iluminaba el césped cuando vio a Tina arrastrando del brazo al pequeño Alessandro. El niño lloraba en silencio, aterrorizado, mientras Tina le clavaba los dedos en la piel fina del antebrazo.

—¡Te dije que no te acercaras a esa estúpida! —le gritó Tina a la criatura con desprecio absoluto—. ¡Eres un maldito estorbo, igual que ella!

—¡Suéltalo! —bramó Gemma, interrumpiéndose con pasos firmes y una mirada que helaría la sangre de cualquiera.

Tina se giró bruscamente, soltando al niño, que corrió a refugiarse detrás de las faldas de Gemma. La cara de Tina se desfiguró por la rabia.

—¿Te crees muy valiente porque te escondes detrás de un crío mudo? —siseó Tina, dando un paso al frente y levantando la mano con intención de darle una bofetada a Gemma.

Pero esta vez, antes de que el golpe siquiera se acercara, una mano de hierro interceptó la muñeca de Tina en el aire.

Las dos mujeres se inmovilizaron. Al levantar la vista, la sangre se le heló a Tina.

Renzo Bellini estaba parado justo detrás de ellas. Sus ojos de un azul glacial echaban chispas, y su mandíbula estaba tensa al extremo. Había presenciado toda la escena desde el umbral de la puerta trasera.

—Renzo... mi amor... —cambió de tono Tina al instante, poniendo su cara de víctima y soltando un puchero falsísimo—. ¡Ay, menos mal que llegas! Esta desquiciada me atacó e intentó golpearme, y le metió ideas raras en la cabeza al niño para ponérselo en mi contra. ¡Es insoportable!

Gemma miró a Renzo a los ojos, esperando el veredicto del monstruo. Sabía que, para él, Tina era intocable.

Renzo soltó la muñeca de Tina con brusquedad, miró a su amante con una severidad que hizo que la mujer diera un paso atrás, y luego desvió su fría mirada hacia Gemma.

—Entra a la casa, Tina —ordenó el Don con voz grave y cortante, sin admitir réplica.

Tina abrió los ojos de par en par, ofendida, pero ante la mirada de plomo de Renzo optó por obedecer y se marchó mascullando insultos por lo bajo.

El jardín quedó en un silencio sepulcral. Solo se escuchaba la respiración agitada del pequeño Alessandro, aferrado a la pierna de Gemma.

Renzo se acercó a paso lento, imponente, y se detuvo a escasos centímetros de su esposa.

—Te lo advertí, Gemma —dijo Renzo en un susurro cargado de una amenaza sorda. —No toleraré que provoques tensiones en mi casa. No me importa lo que Tina haga o deje de hacer; este es su hogar mucho antes de que tú aparecieras.

Gemma sintió que la bilis le subía a la garganta. La injusticia era tan grande que le quemaba el pecho. Ya no bajó la vista; levantó la barbilla y lo encaró con una valentía suicida.

—¿De verdad eres ciego, Renzo, o simplemente te conviene serlo? —espetó Gemma con una sonrisa amarga y desafiante. —Tienes a una zorra corrupta y maltratadora durmiendo en tu cama, destruyendo a tu propio hijo... pero supongo que el gran Capo de la mafia es demasiado cobarde como para aceptar que le están viendo la cara de idiota en su propia casa.

La expresión de Renzo cambió de golpe. Sus ojos azules destellaron con una furia homicida. En un movimiento tan rápido como el rayo, la mano de Renzo se cerró con fuerza brutal alrededor del cuello de Gemma, levantándola ligeramente del suelo y empujándola contra la pared exterior de piedra de la mansión.

El aire se le escapó de los pulmones de golpe a Gemma. Sus manos cayeron sobre las de él, intentando inútilmente liberarse mientras el rostro se le ponía rojo. El pequeño Alessandro soltó un grito ahogado y comenzó a llorar a los pies de ambos.

—Una palabra más... —siseó Renzo cerca de su oído, con una voz que destilaba veneno puro y una violencia contenida que amenazaba con matarla allí mismo—, una sola palabra más insultando a Tina o cuestionando mi autoridad, y te juro que no solo te mandaré al sótano... haré que desaparescas de la faz de la tierra sin que tu querido padre ni nadie vuelva a saber de ti. ¿Te quedó claro?

Gemma, con los ojos llenos de lágrimas por la falta de aire, apenas pudo asentir con la cabeza en un espasmo desesperado.

Renzo la soltó de golpe. Gemma cayó de rodillas al suelo, tosiendo violentamente y boqueando en busca de oxígeno, mientras abrazaba al niño que lloraba desconsolado.

Sin mirar atrás, el Don dio media vuelta y se alejó con paso firme hacia la mansión.

Gemma se quedó en el suelo, con el cuello adolorido y el corazón latiendo desbocado. Limpiándose una lágrima de rabia, apretó los dientes con una convicción de acero.

«Mátame si quieres, Renzo», pensó, mientras su mente brillante ya comenzaba a trazar el plan definitivo. «Porque cuando saque a la luz lo que tu amada te oculta, vas a suplicar de rodillas que te perdone».

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