LOGINA las tres de la madrugada, cuando el silencio reinaba de nuevo en la propiedad y los invitados se habían marchado, Gemma permanecía despierta en la penumbra del sótano. Se había cambiado el vestido manchado por unos pantalones cómodos y su suéter tejido holgado.Frente a ella, la pantalla de su laptop iluminaba la habitación con un tono azulado. Sus dedos volaban sobre el teclado a una velocidad asombrosa.Tras la humillación en la cena, Gemma decidió dejar a un lado la rabia y concentrarse en su única arma: la información. Había pasado las últimas cuatro horas cruzando los registros de las transferencias financieras de Tina con las bitácoras de seguridad de la mansión de los últimos seis meses.Y lo que descubrió en la pantalla la dejó paralizada.—Dios mío... —susurró Gemma, llevándose las manos a la boca mientras leía las líneas de código desencriptadas.No se trataba solo de pequeñas filtraciones de contrabando o de robos de dinero para joyas. El patrón era escalofriante: cada vez
Tres días después, la mansión Bellini vestía sus galas más opulentas. Renzo había convocado a una cena de alta cúpula con los capos más poderosos de la costa este y varios inversores de los casinos de Las Vegas.En el sótano, Gemma intentaba peinar su cabello rubio frente al pequeño espejo desgastado. Unos minutos antes, Marco, el segundo al mando, le había entregado un vestido de noche sencillo de color crema por órdenes directas del Don. El mandato era claro: debía bajar a cenar y sonreír ante los invitados para demostrar que la alianza entre los Rinaldi y los Bellini seguía tan firme como el primer día.Cuando Gemma ingresó al comedor principal, los murmullos de los hombres poderosos cesaron por un instante. A pesar de sus ropas sencillas y su falta de maquillaje costoso, la delicadeza de sus facciones y su postura erguida le daban un aire de dignidad imposible de pisotear.Renzo la recibió con la misma parodia de caballerosidad ensayada. Se levantó de la cabecera, le ofreció la ma
El ardor en las palmas de las manos de Gemma ya no cedía ni con el agua helada del sótano. La noche anterior, la imagen de la traición en la biblioteca le había quitado el sueño, pero el amanecer no trajo tregua. Faltaban pocos minutos para las seis de la mañana cuando Tina irrumpió en su cuarto, estrellando una cubeta de metal llena de agua con detergente industrial contra el piso.—¡Arriba, holgazana! —chilló Tina con una sonrisa sazonada en veneno. —Como ayer tuviste tiempo para andar de fisgona por el pasillo, hoy vas a limpiar todo el piso de mármol del vestíbulo y los tres salones de la planta baja. A mano y de rodillas.Gemma se incorporó despacio, alisando su jersey holgado.—El servicio de limpieza de la empresa viene a las nueve, Tina —respondió Gemma con serenidad.—El servicio no va a tocar un solo trapero hoy —siseó la amante, dando un paso al frente con la mirada encendida de rabia reprimida. —Lo vas a hacer tú. Sin guantes. Y no vas a probar un solo bocado de comida has
La mañana siguiente al ataque, la mansión Bellini amaneció envuelta en un silencio denso y sofocante. Los hombres de seguridad patrullaban los jardines con armas largas, y el aire olía a pólvora quemada y a productos de limpieza industrial.En el sótano, Gemma intentaba curar las quemaduras de su hombro vendado con torpeza. Tenía los ojos hinchados por la falta de sueño, pero la mente completamente lúcida.Unos pasos apresurados resonaron en el pasillo del servicio. La puerta se abrió de golpe y apareció una de las mucamas jóvenes de la casa, mirando a Gemma con lástima contenida.—Señora Gemma... —murmuró la mucama en voz baja. —La señorita Tina exige que suba de inmediato a la biblioteca del primer piso. Dice que hay unos documentos de la contabilidad de la casa que debe revisar urgentemente.Gemma frunció el ceño. Sabía que Tina jamás la llamaba para asuntos de trabajo real; cada interacción era una trampa para humillarla. Sin embargo, no podía negarse sin desatar una escena con lo
Un estruendo ensordecedor retumbó en el pasillo superior.Antes de que el mercenario pudiera apretar el gatillo contra Gemma, una ráfaga de disparos atravesó la puerta destrozada. Tres proyectiles impactaron limpiamente en la cabeza y el tórax del agresor, que cayó desplomado sobre el parquet como un saco de plomo.A través del humo espeso y el olor a pólvora, la silueta imponente de Renzo emergió de la penumbra. Sostenía una pistola con silenciador en su mano derecha; sus ojos de un azul glacial estaban desorbitados por la descarga de adrenalina.Gemma, encogida en el suelo, apretaba al pequeño Alessandro contra su pecho. Sintió un ardor punzante y abrasador en el hombro izquierdo: el roce de la bala del mercenario al caer había rasgado la tela de su suéter, dejando una cortada sangrante sobre su piel pálida.—¡Alessandro! —gritó Renzo, avanzando a zancadas hacia ellos.Le arrancó al niño a Gemma de los brazos de forma brusca, inspeccionando al pequeño de arriba abajo. Alessandro no
Gemma sintió que el corazón le daba un vuelco contra las costillas. La sombra alta y amenazante de Renzo bloqueaba por completo la luz del pasillo. Con una agilidad mental forjada por el miedo, deslizó el teléfono dentro del bolsillo secreto de su vestido y cruzó los brazos sobre el pecho, disimulando el temblor de sus dedos.—Solo buscaba un poco de aire, Renzo —respondió con voz firme, sosteniéndole la mirada helada—. En el salón hay demasiada gente e hipocresía para mi gusto.Renzo avanzó dos pasos más. Su presencia física era aplastante, oliendo a tabaco fino y al perfume amaderado que lo caracterizaba. Entornó sus ojos de un azul glacial, escudriñando cada rasgo del rostro pálido de Gemma.—Te vi esconder algo —siseó el Don con una gravedad peligrosa, estirando una mano hacia ella—. Dame el teléfono. Ahora.Gemma apretó las mandíbulas. Si Renzo descubriera ese dispositivo, no solo encontraría los programas de hackeo, sino también las carpetas encriptadas que delataban a Tina. Per







