Masuk"Me vendió como a un objeto para saldar una deuda de sangre. Y el monstruo que me compró juró destruirme." Gemma Rinaldi es un genio de la tecnología y la informática, pero para su familia y para el mundo no es más que una sombra silenciosa, una criatura patética oculta tras ropa holgada y anteojos. Obligada a casarse por un contrato comercial y de venganza, su destino queda atado al hombre más temido de Nueva York: Renzo Bellini, el despiadado Don de la mafia, dueño de imperios y casinos, un hombre cuya palabra es ley. Ante el altar, Renzo fue la parodia perfecta de un caballero. Después de la boda, se convirtió en su peor pesadilla. Ignorada por su esposo, despojada de su lugar y exiliada al cuarto de la servidumbre, Gemma se ve obligada a soportar las crueles humillaciones de Tina, la amante tóxica y maltratadora del Don. Pero lo que Renzo y Tina ignoran es que detrás de la fachada de sumisión de Gemma se esconde una mente brillante. Mientras limpia los pisos y protege en secreto al pequeño Alessandro del terror de la amante, Gemma descubre la traición más oscura que amenaza con derrumbar el imperio de los Bellini desde adentro. La humillaron. La quebraron. La obligaron a arrodillarse. Pero cuando la verdad salga a la luz y el fuego de la venganza la consuma, ya no habrá piedad para nadie. 🩸 ¿Podrá la "esposa inútil" convertirse en la reina que destruya al Capo? 🩸 Una historia de traición, mafia, obsesión y una redención tan dolorosa como adictiva.
Lihat lebih banyakEl humo espeso de los puros de hoja cubana flotaba en el aire del exclusivo club privado de Manhattan como una plaga elegante. En el centro de la penumbra, iluminado apenas por la luz cálida de una lámpara de araña de cristal, Salvatore Rinaldi apuraba su tercer vaso de whisky con los dedos temblorosos. Su imperio de fabricación de vehículos de alta gama se tambaleaba al borde del abismo, devorado por deudas de juego y malas decisiones financieras.
Frente a él, al otro lado de la mesa de caoba maciza, la figura de Renzo Bellini imponía una sombra helada que parecía congelar la habitación.
Renzo no bebía. Sus manos, de nudillos firmes y limpios —las mismas manos que no dudaban en apretar un gatillo o romper un cuello cuando las reglas de la mafia de Nueva York lo exigían—, descansaban sobre la mesa. Vestía un traje confeccionado a medida en Milán, de un negro tan profundo como sus intenciones. Sus ojos azules acero observaban a Salvatore no como a un socio comercial, sino como a un gusano que suplicaba no ser pisoteado.
—Mis contadores revisaron tus estados financieros esta mañana, Salvatore —habló Renzo. Su voz era grave, modulada, carente de cualquier atisbo de calidez. —Estás en la quiebra absoluta. En tres meses, los bancos embargarán hasta el último tornillo de tus plantas de ensamblaje. Tus accionistas te dejarán en la calle, y las familias rivales te devorarán vivo.
Salvatore tragó saliva con dificultad. Su rostro arrugado y desgastado por los excesos se contrajo en una mueca de desesperación.
—Don Bellini... Renzo, por favor —suplicó Salvatore, reclinándose hacia adelante—. Sabes de lo que son capaces mis fábricas. Si me otorgas ese préstamo de doscientos millones de dólares, puedo reestructurar la empresa. Te daré el treinta por ciento de las acciones. ¡El cuarenta!
—No me interesan tus acciones de papel mojado —respondió el Don con una frialdad tajante. —No presto dinero a hombres débiles que no saben gobernar su propia casa. Si voy a inyectar esa suma en tu imperio, no lo haré como un prestamista. Será como el dueño de tu sangre.
Salvatore parpadeó, confundido.
—¿Qué... qué quieres decir?
—Quiero un matrimonio —dictaminó Renzo, entrelazando sus largos dedos sobre la mesa. —Te casarás con la familia Bellini. O mejor dicho, entregarás a tu hija.
El silencio que siguió fue denso, casi asfixiante. Salvatore no dudó por el bienestar de su hija; en su mirada no apareció un solo rastro de duda paterna ni de protección. Su mente egoísta solo calculó el estatus que obtendría al convertirse en el suegro del capo más temido de toda la costa este.
—¿Gemma? —preguntó Salvatore con un tinte de desprecio sutil en la voz. —¿A esa inútil?
Renzo entornó ligeramente los ojos, enmascarando cualquier emoción bajo una máscara de mármol.
—Gemma Rinaldi. Tu única hija legítima. Nos casaremos en un mes. La boda será pública, un espectáculo de opulencia que silenciará a los bancos y le demostrará al bajo mundo que nuestras familias están unidas. Al firmar el acta matrimonial, la transferencia a tus cuentas se ejecutará de inmediato. Tendrás el respaldo total del nombre Bellini. Nadie volverá a tocarte.
—Es... es una oferta sumamente generosa, Don Bellini —dijo Salvatore, dejando escapar una sonrisa codiciosa. Las arrugas de su rostro se marcaron con repugnante avaricia. —Pero debo advertirte... Gemma no es una mujer atractiva ni refinada. Es una rata de biblioteca, un engendro callado que se la pasa escondida detrás de sus computadoras y sus malditos anteojos. Se viste como un vagabundo con esa ropa gigante para ocultar que ni siquiera tiene cuerpo de mujer. Es torpe, gorda, llena de fierros en la boca... Se parece demasiado a su miserable madre. Una criatura patética que solo sirve para estorbar.
Cualquier otro hombre habría sentido náuseas al escuchar a un padre hablar de esa manera de su propia carne y sangre. Pero Renzo Bellini no era un hombre común; era un monstruo calculador. En su mente, las palabras de Salvatore solo confirmaban que Gemma era la víctima perfecta: una pieza frágil y vulnerable que podría aplastar sin resistencia para saldar la deuda de sangre que la familia Rinaldi le debía desde hacía años.
—No te pedí una descripción de sus atributos, Salvatore —interrumpió Renzo, levantando una mano para cortarlo en seco. Su tono bajó un octavo, volviéndose mortalmente peligroso. —No me importa si es bella o si es un adorno inservible. Solo necesito que esté en el altar, vestida de blanco, y que diga que sí. ¿Tenemos un trato?
Salvatore no lo pensó ni un segundo. No pensó en la felicidad de su hija, ni en su juventud de apenas veintiún años, ni en el infierno al que la estaba condenando al entregarla al capo de la mafia.
—Tenemos un trato, Don Bellini —dijo Salvatore, extendiendo su mano arrugada con entusiasmo—. Te la entrego. Es toda tuya. Haz con ella lo que quieras.
Renzo estrechó la mano del anciano con una firmeza helada. Por dentro, una chispa de venganza oscura se encendió en su pecho. El tío de Gemma había asesinado a su hermano años atrás, y aunque el culpable ya estaba bajo tierra, la sangre de los Rinaldi aún no había pagado el precio completo. Gemma pagaría cada gota de ese dolor.
Mientras tanto, en la imponente pero fría mansión Rinaldi, Gemma se encontraba sentada frente a la pantalla de triple monitor de su escritorio. Llevaba puesto un jersey tejano extremadamente holgado que le cubría las manos hasta los nudillos y sus pantalones de chándal grises. A pesar del aislamiento al que su padre la sometía, la joven de veintiún años trabajaba febrilmente en la línea de código de un algoritmo de inteligencia artificial revolucionario para la logística de la empresa.
Gemma era una genia no reconocida. Poseía un máster en administración de empresas y un dominio absoluto de la tecnología moderna, pero para su padre, ella no era más que la servidumbre sin sueldo de la casa.
La puerta de su habitación se abrió de golpe, chocando con violencia contra la pared.
Salvatore entró con el rostro desencajado por el alcohol y una sonrisa maquiavélica. Gemma se sobresaltó, poniéndose de pie instintivamente y ajustándose los anteojos sobre el puente de la nariz, sintiendo cómo el metal de su ortodoncia le rozaba la mejilla por el nerviosismo.
—Padre... ¿Pasó algo con los servidores del sistema? —preguntó Gemma con voz suave y timorata.
Salvatore caminó hacia ella y, sin previo aviso, levantó la mano y le asestó una bofetada limpia en el rostro. El impacto resonó en la habitación. Gemma cayó de rodillas sobre la alfombra, llevándose la mano a la mejilla ardiente mientras las lágrimas le empañaban los ojos celestes.
—¡Límpiate esa cara de idiota! —le gritó Salvatore con desprecio, mirándola desde arriba como si fuera una alimaña. —Agradece a Dios que por fin vas a servir para algo en esta puta vida, pedazo de basura inútil.
—¿De... de qué hablas? —sollozó Gemma, temblando en el suelo.
Salvatore se agachó, tomándola del cabello rubio con fuerza brutal para obligarla a mirarlo directamente a los ojos.
—Te casarás —siseó él con una malicia pura en la voz. —Te he vendido al hombre más peligroso de Nueva York. En un mes serás la esposa de Renzo Bellini. Y más te vale comportarte como una perra obediente y no arruinarme el negocio, o te muelo a palos antes de entregarte.
Gemma sintió que el mundo se desmoronaba bajo sus pies. El nombre de Renzo Bellini resopló en su mente como una condena de muerte.
Y justo en ese mismo instante, al otro lado de la ciudad, en el lujoso penthouse de la familia Bellini, una copa de cristal se estrelló violentamente contra la pared, haciéndose mil pedazos.
—¡¿Qué has dicho?! —chilló Tina Rosello, con los ojos fuera de sí por la furia, encarándose al hombre de confianza de Renzo—. ¡¿Ese imbécil se va a casar con otra?!
A las tres de la madrugada, cuando el silencio reinaba de nuevo en la propiedad y los invitados se habían marchado, Gemma permanecía despierta en la penumbra del sótano. Se había cambiado el vestido manchado por unos pantalones cómodos y su suéter tejido holgado.Frente a ella, la pantalla de su laptop iluminaba la habitación con un tono azulado. Sus dedos volaban sobre el teclado a una velocidad asombrosa.Tras la humillación en la cena, Gemma decidió dejar a un lado la rabia y concentrarse en su única arma: la información. Había pasado las últimas cuatro horas cruzando los registros de las transferencias financieras de Tina con las bitácoras de seguridad de la mansión de los últimos seis meses.Y lo que descubrió en la pantalla la dejó paralizada.—Dios mío... —susurró Gemma, llevándose las manos a la boca mientras leía las líneas de código desencriptadas.No se trataba solo de pequeñas filtraciones de contrabando o de robos de dinero para joyas. El patrón era escalofriante: cada ve
Tres días después, la mansión Bellini vestía sus galas más opulentas. Renzo había convocado a una cena de alta cúpula con los capos más poderosos de la costa este y varios inversores de los casinos de Las Vegas.En el sótano, Gemma intentaba peinar su cabello rubio frente al pequeño espejo desgastado. Unos minutos antes, Marco, el segundo al mando, le había entregado un vestido de noche sencillo de color crema por órdenes directas del Don. El mandato era claro: debía bajar a cenar y sonreír ante los invitados para demostrar que la alianza entre los Rinaldi y los Bellini seguía tan firme como el primer día.Cuando Gemma ingresó al comedor principal, los murmullos de los hombres poderosos cesaron por un instante. A pesar de sus ropas sencillas y su falta de maquillaje costoso, la delicadeza de sus facciones y su postura erguida le daban un aire de dignidad imposible de pisotear.Renzo la recibió con la misma parodia de caballerosidad ensayada. Se levantó de la cabecera, le ofreció la ma
El ardor en las palmas de las manos de Gemma ya no cedía ni con el agua helada del sótano. La noche anterior, la imagen de la traición en la biblioteca le había quitado el sueño, pero el amanecer no trajo tregua. Faltaban pocos minutos para las seis de la mañana cuando Tina irrumpió en su cuarto, estrellando una cubeta de metal llena de agua con detergente industrial contra el piso.—¡Arriba, holgazana! —chilló Tina con una sonrisa sazonada en veneno. —Como ayer tuviste tiempo para andar de fisgona por el pasillo, hoy vas a limpiar todo el piso de mármol del vestíbulo y los tres salones de la planta baja. A mano y de rodillas.Gemma se incorporó despacio, alisando su jersey holgado.—El servicio de limpieza de la empresa viene a las nueve, Tina —respondió Gemma con serenidad.—El servicio no va a tocar un solo trapero hoy —siseó la amante, dando un paso al frente con la mirada encendida de rabia reprimida. —Lo vas a hacer tú. Sin guantes. Y no vas a probar un solo bocado de comida has
La mañana siguiente al ataque, la mansión Bellini amaneció envuelta en un silencio denso y sofocante. Los hombres de seguridad patrullaban los jardines con armas largas, y el aire olía a pólvora quemada y a productos de limpieza industrial.En el sótano, Gemma intentaba curar las quemaduras de su hombro vendado con torpeza. Tenía los ojos hinchados por la falta de sueño, pero la mente completamente lúcida.Unos pasos apresurados resonaron en el pasillo del servicio. La puerta se abrió de golpe y apareció una de las mucamas jóvenes de la casa, mirando a Gemma con lástima contenida.—Señora Gemma... —murmuró la mucama en voz baja. —La señorita Tina exige que suba de inmediato a la biblioteca del primer piso. Dice que hay unos documentos de la contabilidad de la casa que debe revisar urgentemente.Gemma frunció el ceño. Sabía que Tina jamás la llamaba para asuntos de trabajo real; cada interacción era una trampa para humillarla. Sin embargo, no podía negarse sin desatar una escena con lo












Bienvenido a Goodnovel mundo de ficción. Si te gusta esta novela, o eres un idealista con la esperanza de explorar un mundo perfecto y convertirte en un autor de novelas originales en online para aumentar los ingresos, puedes unirte a nuestra familia para leer o crear varios tipos de libros, como la novela romántica, la novela épica, la novela de hombres lobo, la novela de fantasía, la novela de historia , etc. Si eres un lector, puedes selecionar las novelas de alta calidad aquí. Si eres un autor, puedes insipirarte para crear obras más brillantes, además, tus obras en nuestra plataforma llamarán más la atención y ganarán más los lectores.