FAZER LOGINSe les informa que estoy en proceso de terminar este libro, ya se retomó la lectura para proceder a subir capítulos y finalizar la historia. Se está retomando la escritura,ya que por problemas de salud me lo impedía, perooooo ya estoy poniéndome al día. Gracias por su gran paciencia y por sus mensajes en rds sociales. Vengo con todo, así que al terminar estas historias pendientes, llegan más. Un fuerte abrazo en la distancia a todos.
Edward llegó al imponente edificio donde se alzaba su ático, un santuario de lujo en medio del bullicio de la ciudad. Se detuvo un instante, respirando profundamente para controlar las emociones que lo embargaban. La rabia, como un fuego voraz, y la ira, como un torbellino implacable, aún luchaban por consumirlo, pero sabía que debía mantener la compostura. Necesitaba cada pizca de autocontrol para ejecutar el plan meticulosamente trazado. No podía permitirse un paso en falso, un desliz que pudiera comprometer todo el esfuerzo invertido.Con un gesto nervioso, pasó una mano por su cabello, sintiendo la textura suave entre sus dedos. Soltó un largo suspiro, dejando que el aire escapara lentamente de sus pulmones, buscando un instante de calma en medio de la tormenta interna. Dejó caer la cabeza pesadamente sobre el respaldo de cuero del sillón, cerrando los ojos con fuerza, como si pudiera bloquear la realidad con ese simple acto. Se repitió una y otra vez, como un mantra tranquilizado
Fiona revisó por enésima vez la brillante pantalla de su celular, un brillo que contrastaba con la tenue iluminación del elegante restaurante. Sus dedos se deslizaron brevemente sobre el cristal, como si esperando una notificación milagrosa que disipara su impaciencia. Luego, con un suspiro apenas audible, dio un breve y delicado sorbo a su copa de vino, ya casi vacía, observando el líquido carmesí danzar lentamente antes de desaparecer. Exactamente habían transcurrido treinta minutos desde el tiempo acordado, la media hora se había cumplido con exactitud matemática, como una sentencia silenciosa. Torció ligeramente su boca, una mueca sutil de decepción cruzando su rostro, pensando que quizás, después de todo, Edward no llegaría a la cita. La idea, aunque la había contemplado fugazmente, la llenaba de una frustración contenida. Pero se equivocó, su pesimismo se desvaneció en el aire, cuando observó al gerente del restaurante, impecablemente vestido, guiando a Edward con paso firme y d
Grace había sucumbido al sueño en los brazos de Edward después de compartir un rato íntimo en la cama. Habían hecho el amor dos veces, entregándose a la pasión y la conexión que sentían el uno por el otro. Edward se encontraba absorto, intentando descifrar la complejidad de ese sentimiento profundo que lo embargaba por completo. Era una sensación que le llenaba el pecho, haciéndole sonreír de una manera casi infantil, como un tonto enamorado. Con delicadeza, desvió la mirada hacia Grace, quien yacía desnuda, cubierta por la suave seda de la sábana. Su cabello, suelto y abundante, se extendía como una cascada sobre sus hombros y una parte del brazo de él, que ella utilizaba como almohada, aferrándose a su cercanía incluso en el sueño. Con la yema de los dedos, acarició suavemente su mejilla pálida, sintiendo la suavidad de su piel bajo su tacto. Estaba tan intensamente centrado en la serenidad de su presencia, en la belleza tranquila de su rostro dormido, que apenas percibió la suave v
New York, Estados Unidos.Grace se quedó mirando su reflejo en el espejo por lo que pareció una eternidad, los minutos pasando con una lentitud agonizante. Unas ojeras oscuras, como manchas oscuras, estaban grabadas bajo sus ojos grises, usualmente vibrantes, un testimonio de noches sin dormir y un dolor implacable. Una ola de náuseas, familiar e inoportuna, la invadió, y tropezó, temblando, hacia el baño. Con una serie de violentas arcadas, vació los restos de su desayuno en el inodoro, un desayuno que Lorenza había insistido en que comiera, un constante acto de cuidado desde que salieron de Italia. Toda la familia Langford se había unido a ella, su preocupación una presencia tangible, un escudo contra el peso aplastante de su pérdida.—Oh, Dios—, jadeó, su voz débil y ronca. —Ya no queda nada...— Otro espasmo la agarró, pero nada más saldría. Su estómago se revolvió con una miseria vacía.—Aquí—, escuchó la voz reconfortante de Lorenza acercándose. Lorenza le ofreció una botella de
Edward escudriñó el entorno con disimulo, girando la cabeza a derecha e izquierda casi imperceptiblemente. En su mente, maquinaba una estrategia para distraer a sus hermanos. La idea era simple: simular que iba a echar un vistazo rápido a un par de locales a los que ellos ya habían entrado, preguntándose internamente qué tipo de compras estarían realizando. Pero, en realidad, Edward tenía un objetivo mucho más concreto, una meta que lo consumía por dentro. Su mirada se dirigía insistentemente hacia un único lugar: el local con imponentes puertas dobles de cristal, un símbolo de lo que él necesitaba. La fachada, pintada de un verde llamativo, contrastaba con la gran ventana que ofrecía una vista tentadora del interior, invitándolo a cruzar el umbral. Se quedó plantado en la banqueta, observando con atención el flujo constante de personas que pasaban frente a él, saludándolo con un gesto casual o una sonrisa amable. Él respondía automáticamente, pero su mente estaba en otro lugar.—¿Qué







