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26: Conversaciones íntimas

Author: Liv Malini
last update publish date: 2026-04-22 06:47:40

— Sí… —susurras—. Esa cosa despertó algo que ni siquiera sabía que existía. Me siento… sucia. Equivocada. Yo siempre fui buena, doctor.

Él saca los dedos despacio, con ese sonido húmedo y obsceno que resuena en la sala silenciosa. El látex se desliza fuera de tu coñito todavía sensible, dejando una sensación de vacío que te hace apretar los muslos sin querer. El Dr. Rafael se quita los guantes uno a uno, tirándolos a la basura con calma calculada. Pero no se aleja. Sigue sentado en el banquito
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  • Buena chica: El tratamiento del Dr. Rafael   31: La brasa que no se apaga

    La respiración de él era pesada, caliente, golpeando contra tu cara con cada movimiento. El pecho ancho subía y bajaba rápido contra tus pechos, y sentías el corazón de él latiendo fuerte, desbocado, igual que el tuyo. Su cuerpo te presionaba contra la madera fría de la puerta, la cadera encajando en la tuya de una forma casi peligrosa, dejando claro lo excitado que estaba.Tus manos subieron temblorosas hasta su pecho, los dedos agarrando con fuerza la tela de la camisa social, arrugándola como si tuvieran miedo de que desapareciera otra vez. Correspondiste el beso con la misma hambre, la lengua enredándose con la suya, un gemido bajo escapando cuando él inclinó la cabeza para profundizarlo todavía más.El beso tenía sabor a prohibición. A días de silencio. A rechazo que ahora se transformaba en algo caliente, húmedo y urgente.Cuando por fin apartó la boca, solo unos centímetros, su frente se apoyó en la tuya.Te quedaste confundida. El corazón te latía tan fuerte que parecía qu

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    Días después, no paras de pensar en él. No importa cuánto intentes distraerte —el trabajo, las clases, las charlas con las amigas—, la imagen de él vuelve todo el tiempo. La forma en que te rechazó con esa voz firme. El “no” que todavía resonaba en tu pecho. El sabor del beso que duró solo unos segundos, pero que parecía haber marcado tus labios para siempre.Por las noches, en la cama, cerrabas los ojos y volvías a sentir el cuerpo grande de él contra el tuyo, la mano en tu cintura… y luego el paso atrás. La distancia educada. El rechazo amable.Te sentías ridícula.Una buena chica que se entregó demasiado y recibió un no. Y lo peor: todavía querías más.Esa tarde lluviosa, sentada en la cama con el celular en la mano, tomaste la decisión. Agarraste el aparato con las manos temblando y llamaste a la clínica. Estabas decidida.— Clínica Rafael Miranda, buenas tardes. Emma al habla.— Emma… soy yo, [tu nombre]. — Tu voz salió ronca—. Quería cancelar la consulta de los treinta días. En

  • Buena chica: El tratamiento del Dr. Rafael   28: Conversaciones íntimas

    Abres la boca, pero antes de que puedas responder, el Dr. Rafael parpadea despacio, como si se hubiera dado cuenta de hasta dónde había cruzado la línea. Saca los dedos lentamente, con ese sonido húmedo y obsceno que resuena en la sala silenciosa, y suelta un suspiro corto.— Perdón —dice él, voz baja y sincera, quitándose los guantes con cuidado—. Fui demasiado invasivo. Eso no es apropiado. Viniste aquí para un examen de rutina y yo terminé… haciendo preguntas que van más allá de lo necesario.Sientes que se te aprieta el pecho. El vacío repentino entre tus piernas es casi doloroso. Todavía acostada en la camilla, piernas abiertas, sacudes la cabeza despacio.— Está bien… —murmuras, con la voz ronca—. Yo… no me importa.Él se queda en silencio un momento, tirando los guantes a la basura. Luego se levanta, la bata blanca todavía ligeramente abierta en el pecho. Sus ojos azules encuentran los tuyos con una honestidad cruda.— Siempre he sido muy profesional —dice, casi para sí mismo—.

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    — Yo… no sé bien —confiesas, avergonzada—. Nunca pensé mucho en eso. Con él era rápido… directo. Me gustaba cuando era más lento, pero él no tenía paciencia.El Dr. Rafael inclina ligeramente la cabeza, los ojos azules fijos en tu rostro mientras sus dedos se deslizan más profundo, abriéndote con delicadeza.— Entiendo. Entonces prefieres cuando el toque es más prolongado… más atento. —Hace una pausa, curvando los dedos de nuevo, como si estuviera confirmando algo—. ¿Y cuando estás sola… cómo te tocas? ¿Usas los dedos solo por fuera o te gusta sentir algo dentro también? ¿Qué intensidad te acerca más al orgasmo?Cada pregunta parece entrar más profundo que los dedos.Aprietas las manos en los bordes de la camilla, intentando no gemir.— Yo… uso los dedos por fuera la mayoría de las veces —respondes, la voz casi un susurro—. A veces meto un dedo dentro… pero despacio. No me gusta la prisa.El Dr. Rafael asiente de nuevo, satisfecho con la respuesta. Su pulgar continúa el movimiento rít

  • Buena chica: El tratamiento del Dr. Rafael   26: Conversaciones íntimas

    — Sí… —susurras—. Esa cosa despertó algo que ni siquiera sabía que existía. Me siento… sucia. Equivocada. Yo siempre fui buena, doctor.Él saca los dedos despacio, con ese sonido húmedo y obsceno que resuena en la sala silenciosa. El látex se desliza fuera de tu coñito todavía sensible, dejando una sensación de vacío que te hace apretar los muslos sin querer. El Dr. Rafael se quita los guantes uno a uno, tirándolos a la basura con calma calculada. Pero no se aleja. Sigue sentado en el banquito bajo, entre tus piernas abiertas, la bata blanca ligeramente abierta en el pecho. Sus ojos azules están fijos en ti —ya no solo profesionales. Hay algo más ahí. Algo oscuro, contenido… posesivo.Apoya las manos desnudas en la cara interna de tus muslos, calientes contra tu piel fría. Su pulgar te hace una caricia lenta, casi ausente, subiendo y bajando por la piel suave.— Sucia… Equivocada… —repite las palabras en voz baja, como si estuviera saboreando su peso.Tú no respondes. Solo muerdes el

  • Buena chica: El tratamiento del Dr. Rafael   25: Conversaciones íntimas

    — Sí… —susurras—. Esa cosa despertó algo que ni siquiera sabía que existía. Me siento… sucia. Equivocada. Yo siempre fui buena, doctor.Él saca los dedos despacio, con ese sonido húmedo y obsceno que resuena en la sala silenciosa. El látex se desliza fuera de tu coñito todavía sensible, dejando una sensación de vacío que te hace apretar los muslos sin querer. El Dr. Rafael se quita los guantes uno a uno, tirándolos a la basura con calma calculada. Pero no se aleja. Sigue sentado en el banquito bajo, entre tus piernas abiertas, la bata blanca ligeramente abierta en el pecho. Sus ojos azules están fijos en ti —ya no solo profesionales. Hay algo más ahí. Algo oscuro, contenido… posesivo.Apoya las manos desnudas en la cara interna de tus muslos, calientes contra tu piel fría. Su pulgar te hace una caricia lenta, casi ausente, subiendo y bajando por la piel suave.— Sucia… Equivocada… —repite las palabras en voz baja, como si estuviera saboreando su peso—. ¿Es así como te sientes ahora, d

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