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C1-¡SE ROBARON A MI BEBÉ!
—¡Auxilio! ¡Por favor, ayúdenme! ¡Se acaban de robar a mi bebé! El viento de la tarde arrastró la voz de Emma Stanton por el pequeño y exclusivo parque de Santa Mónica, pero no hubo respuesta. Ella giró a la izquierda y a la derecha con desesperación, sintiendo un vuelco gélido en el estómago que le cortó la respiración. Antoni no estaba. Su bebé de tan solo tres meses había desaparecido. El monito de felpa cayó sobre el césped y por ese maldito juguete se había descuidado diez segundos. Diez segundos en los que apartó los ojos de la carriola para recogerlo, confiada en la supuesta seguridad de su vecindario de élite, y ahora su mundo se había desmoronado. Corrió hacia la avenida principal, empujó a dos personas que caminaban despacio y se llevó las manos a la cabeza, perdiendo por completo la fachada gélida y analítica que siempre la caracterizaba como una Stanton. —¡¿Ha visto a mi bebé?! ¡Estaba aquí hace un momento! Nadie se movió. Los transeúntes de la zona residencial la miraron con desconcierto, juzgando su histeria. Emma, con el miedo congelándole la sangre, avanzó hacia una mujer que paseaba a un perro de raza y la tomó de los hombros con una fuerza que no sabía que poseía. —¡Mi hijo! ¡Estaba en la carriola! Un bebé de tres meses... ¿Vio a alguien llevárselo? ¡Dígame que vio algo, por favor! —No... no vi nada, lo siento —respondió la mujer, asustada por la intensidad de su mirada, dando un paso atrás para alejarse. A Emma le faltó el aire. Activando su instinto de supervivencia, corrió las seis cuadras que la separaban de la delegación de policía local. Abrió las puertas de cristal de golpe, sudando, temblando, con su costosa gabardina desarreglada y el rostro desfigurado por un llanto que se negaba a contener. —¡Se robaron a mi bebé en el parque de la calle Catorce! —gritó, golpeando el mostrador con ambas manos—. ¡Tiene apenas tres meses! ¡Declaren una alerta Amber ahora mismo! Un sargento la miró de arriba abajo, evaluando sus finas facciones y su ropa de marca, y la hizo pasar a una oficina pequeña del fondo. Ahí, un detective de chaqueta gris sacó un bloc de notas con una lentitud que a Emma le pareció criminal. —Cálmese, señora. Deme su nombre y los datos del menor. —Emma Stanton. Mi… mi hijo se llama Antoni —sollozó ella, apretando los puños sobre sus muslos para obligar a su mente a procesar el peligro en frío—. Estaba a mi espalda, me agaché un segundo a recoger un juguete y desapareció. ¡Tienen que revisar las cámaras de seguridad del perímetro ya! ¡Hagan algo! El detective empezó a escribir el apellido Stanton, pero el teléfono de su escritorio sonó con un timbre estridente. El hombre le hizo una seña tosca para que se callara y atendió. Escuchó en absoluto silencio. A los pocos segundos, el oficial se puso completamente rígido, su postura relajada desapareció y miró el papel con el apellido de Emma con un brillo de puro temor en los ojos. —Entendido. Sí, señor. Así se hará —murmuró el detective con la voz titubeante. Colgó el teléfono despacio, cerró su bloc de notas de golpe y se cruzó de brazos, evitando mirarla a la cara. —Lo siento, señora, pero no podemos tomar su denuncia en este momento. —¡¿Qué?! —Emma se levantó de la silla como si le hubieran inyectado electricidad—. ¿De qué maldita sea está hablando? ¡Se acaban de llevar a mi hijo! ¡Es un recién nacido! —No hay personal suficiente hoy y el protocolo exige esperar veinticuatro horas para catalogarlo como desaparición —mintió el hombre de forma descarada—. Regrese a su casa, tal vez el padre se lo llevó para darle una lección. ¿Están peleados? ¿No le deja verlo? Emma se tensó por completo. El dolor la golpeó directo en el pecho, asfixiándola. Tragó saliva y su fachada británica regresó como un escudo de hielo, clavó sus ojos claros en el oficial con una furia letal. —Su… su padre está muerto. El hombre asintió con una frialdad absoluta, sin inmutarse ante sus lágrimas. —Bien, vaya a casa, señorita. Tomamos sus datos, si sabemos algo, la llamaremos. Pierda cuidado. Emma no podía creerlo, no podía creer que se tomaran con tanta tranquilidad la desaparición de su hijo, así que exigió respuestas, pero solo obtuvo evasivas y frases hechas. Nadie se levantó de su silla. Nadie se movió. La impotencia le quemó la garganta al ver que la ignoraban de forma descarada. Salió de la comisaría destrozada, arrastrando los pies por la acera con el miedo paralizándole el cuerpo. Entonces, su teléfono vibró en el bolsillo de su pantalón. Emma lo sacó rápido, la pantalla mostraba un número extraño, desconocido. Apretó el botón de aceptar y se pegó el aparato a la oreja con las manos temblorosas. —¡Mi bebé! ¿Dónde está mi bebé? —exclamó, al borde de la histeria. Al otro lado de la línea no se escuchó nada. Solo una respiración lenta, pesada y densa que llenó el auricular. Emma contuvo el aliento, esperando. —Sigues siendo bien ruidosa, mi güera. La voz masculina, ronca, arrastrada y con un marcado acento mexicano la golpeó con la fuerza de un impacto. Era una voz que jamás esperó volver a escuchar, la misma que creía enterrada bajo los escombros y el fuego de Londres. El corazón de Emma se disparó, golpeándole las costillas con violencia. —San... Santiago. —El mismo, chula —soltó él, directo, tosco y sin un gramo de piedad—. Así que deja de dar lástima en esa pinche delegación de quinta. Muévete ya para tu departamento si quieres ver al chamaco. No me hagas esperar. La línea se cortó.Mis mafiosas hermosas, hoy la familia Carrera y la familia Salazar se despiden de ustedes.Santiago es un personaje que voy a recordar siempre; la verdad me divertí "un chingo" escribiéndolo y me encantó aprender aún más de la jerga de este país que tanto amo.Sé que al principio algunas se sintieron un poco chocadas y no entendieron del todo su forma de ser, pero aprovecho para aclararles que Santi es, en esencia, un hombre de rancho... al puro estilo de Antonio Aguilar y Vicente Fernández.Una vez más, un millón de gracias. Ellas y ellos no se van del todo: estarán presentes en mi próximo proyecto de mafia.Gracias por todo, lectoras. De verdad, son las mejores. 🌹
ESPECIAL — MIS TRES HIJOS9 MESES DESPUÉS...Rancho Salazar — Unas semanas después del nacimiento.Emiliano tenía a su hijo en brazos.El bebé acababa de comer y llevaba varios minutos inquieto, protestando en silencio. El capo lo acomodó con cuidado contra su pecho y le habló suavemente.—A ver, mijo... tu mamá lleva tres noches sin dormir bien. Hoy no la vas a despertar, ¿entendiste?El bebé soltó un pequeño quejido y Emiliano bajó la mirada, serio pero con una ternura imposible de ocultar.—No estoy negociando contigo.El pequeño volvió a moverse, buscando pelea. Emiliano suspiró, se puso de pie y comenzó a caminar despacio por la habitación mientras lo mecía.—Tienes la panza llena, estás limpio, te cargué, te acosté, te volví a cargar... ¿Qué más quieres de mí, cabrón?—Quizá quiere a su mamá —respondió una vocecita desde el marco de la puerta.Emiliano giró la cabeza.Daisy estaba allí parada, descalza, y Lottie apareció justo detrás de ella, tallándose un ojo.Él frunció el ceñ
ESPECIAL — VAMOS A TENER UN HIJORancho Salazar — Meses después de la boda.Emiliano entró en la habitación y vio a Olivia sentada leyendo, aunque llevaba varios minutos atrapada en la misma página. Se quitó el reloj, dejándolo sobre la mesita, y la observó unos segundos antes de hablar:—¿Sucede algo, ángel?Olivia levantó la mirada del libro.—¿Perdón?—Traes esa cara y sé que pasa algo.Olivia sonrió de lado y se puso de pie despacio. El camisón de seda color marfil se deslizó suavemente por su cuerpo, cayendo hasta la mitad del muslo, mientras los tirantes delgados dejaban al descubierto sus hombros.Al verla, Emiliano dejó de moverse y Olivia caminó hacia él sin prisa.—Quizás simplemente tenía ganas de verte.—Me viste durante toda la cena —repuso él, viéndola acercarse.—Pero no de esta manera —se detuvo justo frente a él, le tomó la solapa de la camisa y lo acercó para besarlo.Fue un beso pausado, sin carreras ni desesperación, pero marcado por un interés que él reconoció al
ESPECIAL — ¡YO NO VUELVO A EMBARAZARTE!México — Hospital privado — MadrugadaSantiago llevaba horas intentando ser útil, aunque sin mucho éxito.Primero le trajo agua, pero Emma no quiso beber.Luego le acomodó la almohada, y ella le ordenó que la dejara en paz.Después intentó masajearle la espalda, pero ella lo apartó de inmediato.Sin saber muy bien qué hacer, se quedó parado junto a la cama mirando el monitor como si pudiera descifrarlo por pura autoridad.De pronto, Emma respiró profundo durante otra contracción y Santiago miró la pantalla al instante.—Ahí viene otra.Emma giró lentamente la cabeza y la mirada que le lanzó bastó para que Santiago se diera cuenta de su error.—Bueno... ya sabes que viene. Obviamente lo sabes, si tú la estás sintiendo —se corrigió a toda prisa.Emma apretó los dientes, aguantando el dolor.—Santiago...—Aquí estoy, güera —dijo él, ofreciéndole la mano.Emma se la agarró con fuerza, pero fue una mala decisión para él. Santiago intentó no hacer mue
C98 — LA BODAMESES DESPUÉS...Londres.Afuera de la iglesia, el viento helado golpeaba sin piedad. Santiago metió las manos hasta el fondo de los bolsillos del abrigo y soltó una bocanada de aire helado.—No mames, ¿siempre hace este pinche frío?James, impasible a su lado, ni siquiera se molestó en mirarlo.—No hace tanto frío.Santiago giró bruscamente hacia él.—Tú naciste aquí, tu opinión no cuenta.—Estamos a doce grados —señaló el inglés.—¡Doce! ¿Y lo dices como si estuvieras a treinta?Emiliano, ajustándose con paciencia los puños de la camisa, intervino sin mirarlos:—Deja de chillar, Santiago.—Tú cállate. Te vas a casar adentro, calentito. Yo llevo veinte minutos parado aquí congelándome los huevos por tu culpa.—Nadie te pidió que llegaras cuarenta minutos antes —recordó James.—¡Él me dijo que llegáramos temprano! —acusó Santiago, señalando al novio.Emiliano ni se inmutó.—Porque en México siempre llegas tarde, cabrón.—Pero esto no es México.—También llegaste tarde en
C97 — RECONCILIACIONESEn la mesa, Olivia miró a Emiliano.—Ni se te ocurra ir.Él, que ni siquiera se había movido, respondió:—No iba a ir.—Tenías toda la cara de querer ir.—¿Qué cara?—Mejor dicho, la de querer enterarte del chisme.Emiliano volvió a tomar su café con tranquilidad.—No hace falta, ángel; después me cuenta.(…)En el pasillo exterior, James escuchó los pasos de Katerina detrás de él, pero no giró la cabeza.—No estoy huyendo.—Por supuesto que no —respondió Katerina con sarcasmo.—Solo quiero desayunar en paz.—Como también querías que yo me fuera a Estados Unidos "por mi propio bien", ¿no?James se detuvo y se giró para encararla.—No hagas eso.—¿Qué cosa?—Usar todo lo que digo en mi contra.Katerina se cruzó de brazos.—Entonces dame algo mejor que usar.James apretó la mandíbula, frustrado.—Ya hablamos de esto.—No, no hablamos —dijo ella, acercándose un paso—. Tú tomaste una decisión, yo me enfadé, y después te emborrachaste con tequila junto a Santiago y E







