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CAUTIVA DEL DESPIADADO MEXICANO
CAUTIVA DEL DESPIADADO MEXICANO
Autor: Paulina W

C1-¡SE ROBARON A MI BEBÉ!

Autor: Paulina W
last update Fecha de publicación: 2026-06-26 12:19:22

C1-¡SE ROBARON A MI BEBÉ!

—¡Auxilio! ¡Por favor, ayúdenme! ¡Se acaban de robar a mi bebé!

El viento de la tarde arrastró la voz de Emma Stanton por el pequeño y exclusivo parque de Santa Mónica, pero no hubo respuesta. Ella giró a la izquierda y a la derecha con desesperación, sintiendo un vuelco gélido en el estómago que le cortó la respiración.

Antoni no estaba.

Su bebé de tan solo tres meses había desaparecido.

El monito de felpa cayó sobre el césped y por ese maldito juguete se había descuidado diez segundos.

Diez segundos en los que apartó los ojos de la carriola para recogerlo, confiada en la supuesta seguridad de su vecindario de élite, y ahora su mundo se había desmoronado.

Corrió hacia la avenida principal, empujó a dos personas que caminaban despacio y se llevó las manos a la cabeza, perdiendo por completo la fachada gélida y analítica que siempre la caracterizaba como una Stanton.

—¡¿Ha visto a mi bebé?! ¡Estaba aquí hace un momento!

Nadie se movió.

Los transeúntes de la zona residencial la miraron con desconcierto, juzgando su histeria.

Emma, con el miedo congelándole la sangre, avanzó hacia una mujer que paseaba a un perro de raza y la tomó de los hombros con una fuerza que no sabía que poseía.

—¡Mi hijo! ¡Estaba en la carriola! Un bebé de tres meses... ¿Vio a alguien llevárselo? ¡Dígame que vio algo, por favor!

—No... no vi nada, lo siento —respondió la mujer, asustada por la intensidad de su mirada, dando un paso atrás para alejarse.

A Emma le faltó el aire.

Activando su instinto de supervivencia, corrió las seis cuadras que la separaban de la delegación de policía local. Abrió las puertas de cristal de golpe, sudando, temblando, con su costosa gabardina desarreglada y el rostro desfigurado por un llanto que se negaba a contener.

—¡Se robaron a mi bebé en el parque de la calle Catorce! —gritó, golpeando el mostrador con ambas manos—. ¡Tiene apenas tres meses! ¡Declaren una alerta Amber ahora mismo!

Un sargento la miró de arriba abajo, evaluando sus finas facciones y su ropa de marca, y la hizo pasar a una oficina pequeña del fondo. Ahí, un detective de chaqueta gris sacó un bloc de notas con una lentitud que a Emma le pareció criminal.

—Cálmese, señora. Deme su nombre y los datos del menor.

—Emma Stanton. Mi… mi hijo se llama Antoni —sollozó ella, apretando los puños sobre sus muslos para obligar a su mente a procesar el peligro en frío—. Estaba a mi espalda, me agaché un segundo a recoger un juguete y desapareció. ¡Tienen que revisar las cámaras de seguridad del perímetro ya! ¡Hagan algo!

El detective empezó a escribir el apellido Stanton, pero el teléfono de su escritorio sonó con un timbre estridente. El hombre le hizo una seña tosca para que se callara y atendió. Escuchó en absoluto silencio. A los pocos segundos, el oficial se puso completamente rígido, su postura relajada desapareció y miró el papel con el apellido de Emma con un brillo de puro temor en los ojos.

—Entendido. Sí, señor. Así se hará —murmuró el detective con la voz titubeante.

Colgó el teléfono despacio, cerró su bloc de notas de golpe y se cruzó de brazos, evitando mirarla a la cara.

—Lo siento, señora, pero no podemos tomar su denuncia en este momento.

—¡¿Qué?! —Emma se levantó de la silla como si le hubieran inyectado electricidad—. ¿De qué maldita sea está hablando? ¡Se acaban de llevar a mi hijo! ¡Es un recién nacido!

—No hay personal suficiente hoy y el protocolo exige esperar veinticuatro horas para catalogarlo como desaparición —mintió el hombre de forma descarada—. Regrese a su casa, tal vez el padre se lo llevó para darle una lección. ¿Están peleados? ¿No le deja verlo?

Emma se tensó por completo.

El dolor la golpeó directo en el pecho, asfixiándola. Tragó saliva y su fachada británica regresó como un escudo de hielo, clavó sus ojos claros en el oficial con una furia letal.

—Su… su padre está muerto.

El hombre asintió con una frialdad absoluta, sin inmutarse ante sus lágrimas.

—Bien, vaya a casa, señorita. Tomamos sus datos, si sabemos algo, la llamaremos. Pierda cuidado.

Emma no podía creerlo, no podía creer que se tomaran con tanta tranquilidad la desaparición de su hijo, así que exigió respuestas, pero solo obtuvo evasivas y frases hechas.

Nadie se levantó de su silla.

Nadie se movió.

La impotencia le quemó la garganta al ver que la ignoraban de forma descarada. Salió de la comisaría destrozada, arrastrando los pies por la acera con el miedo paralizándole el cuerpo.

Entonces, su teléfono vibró en el bolsillo de su pantalón.

Emma lo sacó rápido, la pantalla mostraba un número extraño, desconocido. Apretó el botón de aceptar y se pegó el aparato a la oreja con las manos temblorosas.

—¡Mi bebé! ¿Dónde está mi bebé? —exclamó, al borde de la histeria.

Al otro lado de la línea no se escuchó nada. Solo una respiración lenta, pesada y densa que llenó el auricular. Emma contuvo el aliento, esperando.

—Sigues siendo bien ruidosa, mi güera.

La voz masculina, ronca, arrastrada y con un marcado acento mexicano la golpeó con la fuerza de un impacto. Era una voz que jamás esperó volver a escuchar, la misma que creía enterrada bajo los escombros y el fuego de Londres.

El corazón de Emma se disparó, golpeándole las costillas con violencia.

—San... Santiago.

—El mismo, chula —soltó él, directo, tosco y sin un gramo de piedad—. Así que deja de dar lástima en esa pinche delegación de quinta. Muévete ya para tu departamento si quieres ver al chamaco. No me hagas esperar.

La línea se cortó.

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Comentarios (8)
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Danny Ba
vengo de leer a Julián y su sufrimiento por su amada Cloe a buscar una nueva historia, espero disfrutar tanto está historia, como lo estoy haciendo con la otra....:)
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Yudith Romero
buenísima escritora actualizar por favor siiiiii ...
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Teresa Maldonado
Omg ... está interesante
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