INICIAR SESIÓN—Qué cambio tan drástico ha dado nuestra vida de la noche a la mañana… ¿no crees, Gema? —preguntó Vivián, rompiendo el silencio de la gran sala.Era un nuevo día en la Casa de la Playa. La luz dorada de la mañana inundaba el amplio comedor de techos altos y vigas de madera blanca. Sobre la mesa de mármol reposaba un desayuno completo con frutas frescas, pan horneado y café humeante; sin embargo, Gema penas jugaba con la cuchara dentro de su taza, con la mirada perdida en el plato intacto.—Así es, Vivián… —respondió Gema con un suspiro pesado, apoyando el mentón sobre la palma de su mano—. Lo único que podemos hacer en este momento es aprovechar esta oportunidad que nos dieron y ser sumamente agradecidas con la señora Emma.—¡Ay, ánimos, Gema! Hablas demasiado bajo de nota, como si llevaras el peso del mundo sobre los hombros —reclamó Vivián, dejando el tenedor a un lado y mirándola con genuina preocupación.—Lo siento, Vivián, de verdad lo intento… pero Domenic simplemente no sale de
Gema de repente se inclinó y la envolvió en un abrazo desesperado, escondiendo el rostro en su hombro mientras los sollozos la sacudían.El gesto genuino de la joven hizo que a Emma se le hiciera un nudo en la garganta y pasara saliva con dificultad; sin dudarlo un segundo, le correspondió el abrazo con fuerza maternal, acariciándole el cabello.—Muchas gracias… Muchas gracias por todo, de verdad —susurró Gema entre lágrimas.Luego de aquel abrazo sanador, ambas se separaron lentamente. Emma le dedicó una última sonrisa tibia llena de esperanza.—Que Dios te acompañe y te proteja siempre, bella Gema —se despidió.Gema se quedó parada sobre la arena, observándola caminar de regreso hacia el vehículo que la esperaba, hasta que la figura de la matrona desapareció en la penumbra.Al quedar completamente sola frente a la inmensidad del océano, Walton fijó los ojos en la negrura de la noche, escuchando el rugido de las olas. La soledad la aplastó de golpe.—No quiero amarlo más… Por favor,
—¡Joder! —exclamó Domenic, golpeando nuevamente el volante—. Iré a buscarla directamente al apartamento del centro. Ella tiene que estar ahí, no tiene a dónde más ir en esta ciudad.Manejó a velocidades peligrosas hasta llegar al complejo residencial. Subió por el ascensor privado a pasos frenéticos y abrió la puerta del apartamento de un golpe. Pero al cruzar el umbral, se encontró con una estancia helada, sumida en la penumbra y completamente vacía. Ni siquiera los escoltas que había asignado para su seguridad estaban en el pasillo.—¡Gema! ¡Gema! —gritó con desesperación, recorriendo cada habitación, abriendo puertas a la fuerza y revisando los armarios desiertos. La voz se le desgarraba en el espacio hueco.Sentía que se le escapaba la vida, como quien pierde la joya más valiosa de su existencia. Porque dicen que el ser humano solo aprende a valorar las cosas cuando las pierde, y en ese instante Domenic estaba experimentando el peor y más amargo sentimiento de toda su vida.—Debes
—¡Esto es una absoluta mierda! —espetó Domenic, apretando los puños con violencia y dando un paso amenazante hacia el escritorio de su padre. La noticia lo había golpeado como un impacto directo en el pecho, nublándole la razón por completo—. ¡Nadie tiene el derecho de alejarla de mi lado! Esto es un asunto estrictamente entre ella y yo, ¡y nadie más se debe meter!Charles lo miró desde su sillón de piel con una temple de hielo, manteniéndose firme ante el arrebato de su primogénito. Levantó una mano y lo señaló directamente con el dedo índice, clavándole la mirada.—Nadie la alejó de ti más que tú mismo, Domenic. Debiste haber actuado como un hombre de verdad, con la cabeza fría, y desde un principio haberle dado el lugar que le correspondía. Pero me he dado cuenta, con profunda vergüenza, de que solo la estabas usando a tu entera conveniencia. Fue lo primero que les enseñé a ti y a tus hermanos cuando eran jóvenes: 'Jamás jueguen con los sentimientos de una mujer, porque tarde o tem
le reprendió Charles alzar la voz con una potencia que retumbó en las molduras del techo—. No sé cuáles sean sus verdaderas e intenciones ocultas, pero mi hijo Domenic está comprometido formalmente con Gema Walton. Y ese es un compromiso de honor que no se va a derrumbar. No tan siquiera porque haya un hijo de por medio apareciendo de la nada. Así que le pregunto directamente: ¿qué es lo que quiere a cambio? Porque estoy absolutamente seguro de que usted no ama a ese niño; de lo contrario, no le habría provocado este trauma público exponiéndolo de esta manera tan vil.Malvina borró la sonrisa fingida y enderezó la postura, mirando al patriarca con frialdad.—No voy a ponerme a discutir ante las acusaciones absurdas que usted, su hijo o quizás toda la familia Villarreal decida lanzar en mi contra —sentenció ella, cruzándose de brazos—. Yo solo vine a una sola cosa a esta casa, y es a convertirme en la esposa legítima de Domenic Villarreal para que mi hijo crezca junto a sus dos padres
—Ericka, venimos a ver a Gema, por favor —pidió Johana Villarreal con un tono suave, pero impregnado de una autoridad natural e indiscutibleEricka volvió a tragar grueso, sintiendo que el aire se le atascaba en la garganta. Esa visita de tan alto nivel era algo que definitivamente no se esperaba a esas horas y en medio de semejante caos.—¿Quién es, Ericka? —preguntó Gema desde el fondo del apartamento, al oír las voces murmuradas de varias mujeres que rompían el sofocante silencio del lugar.—Por favor, pasen —dijo Ericka, haciéndose a un lado con una reverencia sutil mientras abría la puerta por completo.Las tres matronas de la estirpe Villarreal —Emma, Johana y Channell— ingresaron a la estancia con pasos firmes, proyectando una elegancia imponente que llenó cada rincón del lugar.En cuanto Gema vio entrar a la señora Emma, se colocó de pie de inmediato, tambaleándose levemente. Con las manos temblorosas, intentó secar los rastros de lágrimas de sus mejillas lo más rápido posible







