LOGINPOV DE KIRA
Me senté a la mesa con la mirada fija en el plato que tenía delante. El olor a carne asada llenaba la habitación, pero no podía comer. Mi estómago se retorcía con un dolor que la comida jamás podría curar. Observé en silencio cómo Simeon, mi compañero, alimentaba a Korra con sus manos. Mi hermana gemela. Mi propia sangre.
Rieron juntos. Se tocaron como amantes que habían esperado una eternidad para encontrarse. Él la besó en los labios sin vergüenza, justo ahí delante de mí. Cada sonrisa que compartían era como una daga que se clavaba más profundamente en mi corazón.
Apreté el puño bajo la mesa. Me dije a mí misma que apartara la mirada, pero mis ojos me traicionaron, obligándome a observar cada momento. Cuando Korra presionó sus labios contra su mejilla, sentí una opresión en el pecho tan fuerte que apenas podía respirar.
Finalmente, no pude soportarlo más. Empujé la silla hacia atrás y me levanté.
“Ni siquiera has probado la comida”, dijo Simeón de repente, con una voz que me interrumpió.
Me quedé paralizada. No esperaba que se diera cuenta. Por un instante, mi corazón se alegró, pensando que quizá todavía le importaba.
“Perdí el apetito”, dije rápidamente, forzando las palabras antes de que las lágrimas me traicionaran.
“¿Por el vino también?”, insistió, observándome fijamente.
Me ardía la garganta. Quería gritarle, desahogar la ira que tenía guardada, pero mis labios se cerraron herméticamente. En cambio, me di la vuelta y caminé en silencio hacia el dormitorio.
Pero cuando llegué a la entrada, se me cayó el alma a los pies. Mis pertenencias, mi ropa, mi vida, todo estaba siendo empaquetado. Las criadas se movían como hormigas, doblando mis cosas en bolsas y cajas.
“¿Qué demonios está pasando aquí?”, grité, con la ira estallando en mí.
Todas las criadas se detuvieron. Se les congelaron las manos. Sus ojos se volvieron hacia mí, abiertos por el miedo y la burla a la vez.
“La nueva Luna nos lo ordenó”, respondió una de ellas en voz baja.
“¿La nueva Luna?”, repetí. La palabra me dolió la lengua. Me supo amarga.
“Sí. La Luna que le dará un heredero a la manada”, dijo otra criada con valentía.
Las palabras me desgarraron. Un heredero. Un hijo. Lo único que le había negado a Simeón durante tres años. Ellas lo sabían. Yo lo sabía. Y ahora, mis propias criadas lo usaban para sepultarme en la vergüenza.
Sentí un calor intenso en el rostro. La humillación me nubló la vista. No podía quedarme allí ni un segundo más. Sus risas me siguieron mientras salía furiosa de la habitación.
Regresé al comedor, con el pecho agitado por la rabia. Y aun así, Simeón y Korra estaban allí, besándose como si el mundo fuera solo suyo.
“¿Cómo te atreves a decirles a las criadas que saquen mis cosas de mi habitación?” Grité, con la voz temblando más de dolor que de ira.
Se detuvieron. Lentamente, se giraron hacia mí. Korra se levantó con gracia, colocando la mano sobre el pecho de Simeon. "Cariño, por favor, explícale el motivo", dijo con dulzura, ignorándome por completo. Luego salió de la habitación, con su vestido colgando como el de una reina.
Simeón me miró sin el menor atisbo de culpa. «Está embarazada, Kira. No puedo dejar que mi nueva esposa embarazada duerma en una habitación diferente, lejos de mí».
Y entonces se fue, dejándome allí sola.
Durante tres años, Simeón y yo nunca habíamos dormido separados, excepto cuando el deber lo llamaba. Ahora, me había echado sin dudarlo ni arrepentirse.
Esa noche, llamé a Mariam para rogarle que me preparara una habitación. El único espacio disponible era la habitación junto a la de Alfa y Luna.
Estuve despierta durante horas, mirando al techo, preguntándole a la diosa de la luna, a la vida, a las sombras que me rodeaban. ¿Qué había hecho mal? ¿Por qué yo? ¿Por qué mi propia hermana?
Y entonces, cuando el sueño finalmente empezó a apoderarse de mí, llegaron los sonidos.
Sus voces. Sus gemidos. Sus risas.
Simeón y Korra, al otro lado de la pared.
Korra era ruidosa, demasiado ruidosa. Sus gritos llenaban cada rincón de mi habitación. No había escapatoria. Y sabía, sin duda, que todos en la manada podían oírla. Ese era su objetivo. Humillarme, recordarme que ya no me querían, que ya no me amaban.
Las lágrimas empapaban mi almohada. Me tapé los oídos, pero fue inútil. Cada sonido me apuñalaba más profundamente.
A la mañana siguiente, un golpe seco me despertó de mi sueño interrumpido. Me arrastré hasta la puerta, con los ojos hinchados y el cuerpo débil.
Allí estaba Selena, la bruja de la manada. Sonrió, sus dientes brillando de blanco. "Es hora de la ceremonia", dijo.
Parpadeé. "¿Qué ceremonia?"
"Sabía que lo preguntarías", respondió, sin que su sonrisa se desvaneciera. Siempre que el Alfa toma una segunda esposa, la primera debe bañarse con el agua de la segunda. Y la primera debe usar esa agua para lavarse los pies. Esto simboliza la amistad y la unidad entre las dos esposas. Si no hay paz entre ellas, algo malo le sucederá a la manada, tanto física como espiritualmente.
Sus palabras eran como fuego dentro de mí. Una ceremonia para humillarme aún más. Una ceremonia para someterme a Korra.
Pero no tenía elección. Me bañé, me vestí con cuidado y, al salir, una de las criadas me entregó una bandeja cubierta de plástico.
"Dentro de esta bandeja está lo que usarás para bañar a Korra", explicó Selena. "Por favor, hazlo con amor. Recuerda lo que está en riesgo".
Sus palabras me oprimieron como una maldición.
Cuando entré en la habitación del Alfa, Korra ya estaba en el baño. Estaba desnuda, tumbada en una bañera llena de agua, sonriendo como si ya hubiera conquistado el mundo.
“Buenos días, hermana”, saludó con una voz llena de dulzura.
"Buenos días", murmuré, dejando la bandeja en el suelo. Mi mente se llenaba de preguntas, pero mi lengua se negaba a hablar.
"¿Recuerdas lo que te dije ayer?", preguntó Korra, con la mirada fija en mí.
"Sí", dije con amargura. "Y hasta necesito preguntarte por qué me hiciste esto".
Levantó la mano, silenciándome. "Déjame terminar, querida hermana gemela. Te dije que dejaras esta mochila con tus dos piernas o te obligarían a salir. Así que ahora mi pregunta es, ¿cuál eliges?".
Sus palabras me ardían. Apreté los puños. "No me voy. Este es mi lugar. La diosa de la luna nos unió a Simeón y a mí. Nada, ni siquiera tú, puede separarnos".
Los labios de Korra se curvaron en una sonrisa maliciosa. Alargó la mano hacia la bandeja y, enseguida, gritó:
"¡Ayuda! ¡Ayuda!".
Di un salto, confundida. Entonces mis ojos se posaron en la bandeja. Jeringas. Lleno de líquidos extraños que nunca había visto.
Antes de que pudiera entenderlo, la puerta se abrió de golpe. Simeón y sus betas entraron corriendo. Korra se aferró al borde de la bañera, con los ojos abiertos de par en par por un falso miedo.
"¡Intenta matarme!", gritó.
"¿Qué?", rugió Simeón, mirando fijamente las jeringas.
Negué con la cabeza rápidamente, las palabras pugnaban por salir, pero no salía ningún sonido de mi boca. Mi corazón se aceleraba. Era una trampa.
"Lleven a este monstruo al sótano", ordenó Simeón con frialdad.
Los betas me agarraron, sus manos como hierro sobre mis brazos. Grité, pero se me quebró la voz. El mundo a mi alrededor se desdibujó.
El sótano. Sabía lo que eso significaba.
Cualquiera que estuviera encerrado en el sótano de la manada no volvía a ver la luz del día.
Y mientras me arrastraban por el oscuro pasillo, me di cuenta de que Korra no solo había ocupado mi lugar. Me había enterrado viva.
El verano de 2075 fue testigo de algo que nadie esperaba. Una noche, sin tormenta, sin viento, sin razón aparente, una de las ramas más antiguas del árbol viejo se quebró. Cayó al suelo con un crujido seco que despertó a todos en la cabaña.Alma fue la primera en llegar al jardín. La rama yacía en el suelo, cubierta de hojas verdes que aún no habían tenido tiempo de marchitarse. En el tronco, una herida blanca, limpia, como si el árbol hubiera soltado lo que ya no podía sostener.—¿Qué pasó? —preguntó Sol, llegando detrás de ella.—Se fue —respondió Alma.—¿Qué se fue?—Lo que sostenía. Lo que ya no hacía falta.Erik y Maja salieron de la cabaña, seguidos de los pocos visitantes que se habían quedado esa noche. Todos miraban la rama caída, la herida en el tronco, el árbol que parecía más liviano sin ella.—¿Hay que hacer algo? —preguntó Maja.—No —dijo Alma—. El árbol sabe lo que hace.La rama quedó en el jardín. Alma no la movió. Sol la dibujó en su cuaderno, con las hojas verdes y l
La primavera de 2075 llegó con una luz que no se parecía a ninguna otra.No era más brillante ni más cálida. Era diferente. Como si el sol hubiera decidido mirar el fiordo desde otro ángulo, o como si el aire tuviera un color que antes no tenía. Alma lo sintió desde el primer día. Algo había terminado. Algo nuevo comenzaba.El jardín estaba en plena floración. Los arbustos del jardín viejo tenían más flores que nunca, y el árbol nuevo brillaba con una luz que parecía venir de adentro, no de afuera. Los visitantes que llegaban se quedaban en silencio, mirando, sin preguntar. Como si supieran que ese año no era para preguntas. Era para despedidas.—¿Qué pasa? —preguntó Sol, viendo a Alma mirar el horizonte desde el porche.—No lo sé. Pero algo se va.—¿El jardín?—No. El jardín se queda. Otra cosa.—¿Qué?—La pregunta. La última.Sol la miró largamente. Habían pasado tantos años juntas que ya no necesitaban explicaciones.—¿La que falta?—No. La que sobra. La que ya no hace falta.—¿Cóm
El invierno de 2075 llegó con un silencio que nadie recordaba. No era el silencio del jardín después de la tormenta, ni el silencio de la espera. Era un silencio más profundo, como si la tierra hubiera decidido guardar todas las palabras para sí misma. Los visitantes llegaban al fiordo y se quedaban en la orilla, sin atreverse a pisar el jardín. Algo había cambiado.Alma lo sintió desde la primera nevada. No era el frío, que era el de siempre. Era una ausencia. La de los murmullos que habían acompañado al jardín durante años. Las voces bajo la tierra, las que ella había escrito en los cuadernos, las que Sol había dibujado, se habían callado.—¿Oyes algo? —preguntó Sol, sentada en el porche con su cuaderno cerrado.—Nada —respondió Alma.—Nunca había pasado.—No. Pero pasa ahora.Pasaron los días. El silencio se hizo más denso, más pesado. Los arbustos del jardín viejo no se movían con el viento. Las flores no se abrían. El árbol nuevo, que siempre había brillado con su luz interna, ah
El otoño de 2074 trajo consigo un fenómeno que nadie supo explicar. El agua del fiordo comenzó a subir. No de golpe, no como una tormenta o un deshielo repentino. Subía despacio, día tras día, centímetro tras centímetro, como si alguien hubiera abierto una llave invisible bajo el fondo del mar.Los primeros en notarlo fueron los arbustos del jardín viejo. Sus raíces, que siempre habían estado secas, ahora se hundían en tierra húmeda. Las flores se abrían más tarde, se cerraban más temprano, y sus colores eran más pálidos, como si algo se estuviera llevando su luz.—¿Qué está pasando? —preguntó Maja, mirando el agua desde el porche.—Algo viene —respondió Alma—. Algo que estuvo abajo. Algo que quiere salir.—¿Qué?—No lo sé. Pero lo sabremos cuando llegue.El agua siguió subiendo. Llegó a las raíces del árbol viejo, luego a las del árbol nuevo. Los senderos que bordeaban la orilla desaparecieron bajo una lámina de agua plateada. La casa de vidrio, construida en el claro entre los dos á
El verano de 2074 trajo consigo una noticia que recorrió el fiordo antes de que nadie pudiera decirla con palabras: alguien había llegado para quedarse.No era un visitante más. Era una mujer joven, de unos treinta años, con el pelo oscuro recogido en una trenza y las manos cubiertas de tierra. Llegó caminando por el sendero con una mochila a la espalda y una caja de madera bajo el brazo. No preguntó por el árbol, ni por las historias, ni por el libro. Preguntó por un lugar donde construir.—Me llamo Iris —dijo—. Y quiero hacer una casa.—¿Una casa? —preguntó Alma, desconcertada.—Sí. De vidrio. Para que entre la luz. Para que los que vengan puedan ver el jardín sin tener que entrar.—¿Y por qué aquí?—Porque aquí es donde empieza todo. O donde termina. Las dos cosas.Alma la miró largamente. Había algo en Iris que le recordaba a alguien, pero no sabía a quién. Tal vez a Lena, cuando llegó la primera vez. Tal vez a Sol, cuando dibujaba mapas de lugares que no existían.—¿Sabes constru
La primavera de 2074 llegó con una luz que Sol reconoció antes de verla.Estaba en el porche, con los brazos cruzados sobre las rodillas, mirando el horizonte. Alma salió con dos tazas de té y se sentó a su lado sin decir nada. Habían pasado tantos años juntas que las palabras ya no eran necesarias.—Escucho algo —dijo Sol al fin.—¿El murmullo? Cesó hace meses.—No es eso. Es otra cosa. Algo que me llama.—¿Adónde?—No lo sé. Pero sé que tengo que ir.Alma sintió un nudo en la garganta. Sol había estado en el fiordo desde que llegó, una niña de siete años con los ojos llenos de preguntas. Ahora tenía veintiuno, y algo en su mirada había cambiado. Era la misma mirada que Alma había visto en Lena antes de irse, en los niños grandes antes de cruzar la puerta, en tantos que habían partido.—¿Cuándo? —preguntó.—Pronto. Cuando las flores del jardín viejo se abran todas.—¿Volverás?—No lo sé. Pero si vuelvo, será diferente.Los días pasaron. Sol no habló más del viaje, pero Alma sabía que







