MasukPUNTO DE VISTA DE KIRA
El sonido agudo y contundente de la alarma me arrancó de la cama. El corazón me dio un vuelco, como si me hubieran atacado mientras dormía. Me incorporé rápidamente, agarrándome el pecho, y me susurré que solo era la alarma. Pero aun así, el sonido resonaba en mi cabeza. La mañana acababa de empezar y ya sentía el estrés agobiándome. Sabía lo que me esperaba. Scott. Mi hijo. Mi único hijo. Y la interminable batalla para conseguir que hiciera lo que nunca quiso hacer.
Ni siquiera perdí el tiempo. Me até la bata y corrí directamente a su habitación. Sabía lo que vería antes de abrir la puerta, pero esperaba que tal vez, solo tal vez, esta mañana fuera diferente. Pero, por supuesto, no lo fue.
Scott estaba en la cama, con el cuerpo vuelto hacia la pared. Su manta estaba levantada como un escudo. Para cualquier otra persona, parecería que estaba profundamente dormido. Pero yo, su madre, podía oír cómo su respiración cambiaba al entrar. Sentía la tensión en el aire. Estaba despierto. Solo fingía.
"Scott, despierta. Es hora de prepararse para la escuela", dije. Mi voz transmitía una mezcla de advertencia y agotamiento.
No se movió. No se giró. Pensó que su silencio podría salvarlo. Negué con la cabeza, forzando mi tono a endurecerse. "No dejes que venga a sacarte de esa cama".
Se incorporó de inmediato. Su carita parecía tan cansada, tan reticente. Sus ojos oscuros encontraron los míos, y vi la tristeza en ellos. Me miró, con los labios temblorosos antes de hablar por fin: "Mamá, hoy no quiero ir a la escuela".
No me sorprendió. Lo dice casi todos los días. Las mismas palabras, el mismo tono, la misma tristeza. Pero por mucho que las repitiera, no podía ceder. Tenía que mantenerme firme.
“No hay discusión, cariño. Te vas”, dije, caminando hacia su baño para abrir el grifo del agua. El sonido del agua corriendo llenó el silencio, pero me pesaba el corazón. Me preguntaba, como siempre, por qué mi hijo odiaba tanto la escuela.
De repente, oí un golpe seco en la puerta. Me dio un vuelco el corazón. Ya sabía quién sería. Jason. Siempre llegaba temprano, siempre a la hora indicada, siempre de una forma que me inquietaba.
Abrí la puerta y se me congelaron los ojos. Sí, era Jason. Pero su vestimenta me pilló desprevenida. Llevaba la camisa ligeramente abierta, dejando al descubierto parte de su pecho, y por un breve instante, mis ojos se posaron allí antes de apartarlos rápidamente. Su presencia tenía una extraña carga que nunca pude explicar del todo.
“Buenos días, Alfa”, saludó, haciendo una ligera reverencia.
“Buenos días, Jason. ¿Qué tal has dormido bien?”, pregunté, haciéndome a un lado para dejarlo entrar.
Me dedicó una media sonrisa. “Fue… ¿Supongo que el tuyo fue genial?” Su mirada pasó de mí a Scott en la cama. “¿No está listo para la escuela?”
Forcé una sonrisa tranquila. “Sí, pero llegaste demasiado pronto. Te llamaré cuando esté listo”.
Asintió y, sin discutir, se dio la vuelta y salió de la habitación. El aire parecía más ligero cuando salió, pero también más vacío.
Desde que nació Scott, nunca había permitido que nadie más lo cuidara como yo. Ni siquiera las criadas. Su nacimiento, su crecimiento, su bienestar, eran mi responsabilidad personal. Incluso después de convertirme en Alfa de la manada Nax hace dos años, nunca compartí esa responsabilidad. Mi hijo era mi mundo, mi carga y mi tesoro.
Pero Jason… Jason era diferente.
Llegó a nuestras vidas hace un año, cuando uno de los aldeanos lo encontró herido e inconsciente en el límite de las tierras de la manada. Estaba casi muerto cuando me lo trajeron. Lo tratamos, lo cuidamos, y cuando finalmente abrió los ojos, no recordaba nada. Ni su nombre, ni su pasado, ni quién era. Era como una página en blanco.
Pero no confiaba en él. Al principio no. Pensé que tal vez Simeón, mi enemigo, lo había enviado a espiarme. A vigilarme. A conocerme. Lo miré a los ojos y me dije que podía ver mentiras escondidas allí. Pero pasaron las semanas y no vi ninguna señal de traición. Lo que vi, en cambio, fue el vínculo que comenzó a construir con Scott.
Mi hijo, que no confiaba en casi nadie, confiaba en Jason. Mi hijo, que se resistía a todos, sonrió cuando Jason entró en la habitación. Quería sentarse con él. Quería compartir sus secretos con él. Quería a Jason cerca.
Y yo... no pude resistirme a eso.
Le puse el nombre de Jason. No lo elegí a la ligera. Lo di desde mi espíritu. Un nombre que lo vinculara a nosotros. Un nombre con peso. Y cuando vi su fuerza, la forma en que podía hacer el trabajo de seis lobos sin desmoronarse, lo convertí en mi Beta.
Pero entonces llegaron los rumores.
Los rumores comenzaron en voz baja, pero crecieron. La gente decía que Jason podría ser el padre de Scott. Que yo estaba ocultando la verdad. Que había decidido ocultársela a la manada. Miraron a Jason, luego a Scott, y se desahogaron.
Nunca me importó. Ni siquiera un poco. Sabía la verdad y no malgastaba mi vida dándole explicaciones a los demás.
Después del baño y la cena de Scott, llamé a Jason, como le había prometido. Todavía no entendía por qué insistía en seguir a Scott a la escuela todos los días, pero no podía negarle a mi hijo el consuelo que encontraba en él.
Aun así, en el fondo, un miedo persistía.
Poco después, el conductor trajo a Jason a casa. Me estaba preparando para descansar cuando sonó el teléfono. Era la escuela. Me temblaba la mano al descolgarlo.
"Alfa Kira", dijo la voz, apresurada y asustada. "Scott ha desaparecido".
El mundo se detuvo. Me temblaron las rodillas. El teléfono casi se me resbala de la mano.
"¿Cómo?", pregunté. Se me quebró la voz y el corazón me latía a mil.
La voz del otro lado no tenía respuesta.
Me quedé
allí paralizada, sin poder respirar. Mi hijo se había ido.
El verano de 2075 fue testigo de algo que nadie esperaba. Una noche, sin tormenta, sin viento, sin razón aparente, una de las ramas más antiguas del árbol viejo se quebró. Cayó al suelo con un crujido seco que despertó a todos en la cabaña.Alma fue la primera en llegar al jardín. La rama yacía en el suelo, cubierta de hojas verdes que aún no habían tenido tiempo de marchitarse. En el tronco, una herida blanca, limpia, como si el árbol hubiera soltado lo que ya no podía sostener.—¿Qué pasó? —preguntó Sol, llegando detrás de ella.—Se fue —respondió Alma.—¿Qué se fue?—Lo que sostenía. Lo que ya no hacía falta.Erik y Maja salieron de la cabaña, seguidos de los pocos visitantes que se habían quedado esa noche. Todos miraban la rama caída, la herida en el tronco, el árbol que parecía más liviano sin ella.—¿Hay que hacer algo? —preguntó Maja.—No —dijo Alma—. El árbol sabe lo que hace.La rama quedó en el jardín. Alma no la movió. Sol la dibujó en su cuaderno, con las hojas verdes y l
La primavera de 2075 llegó con una luz que no se parecía a ninguna otra.No era más brillante ni más cálida. Era diferente. Como si el sol hubiera decidido mirar el fiordo desde otro ángulo, o como si el aire tuviera un color que antes no tenía. Alma lo sintió desde el primer día. Algo había terminado. Algo nuevo comenzaba.El jardín estaba en plena floración. Los arbustos del jardín viejo tenían más flores que nunca, y el árbol nuevo brillaba con una luz que parecía venir de adentro, no de afuera. Los visitantes que llegaban se quedaban en silencio, mirando, sin preguntar. Como si supieran que ese año no era para preguntas. Era para despedidas.—¿Qué pasa? —preguntó Sol, viendo a Alma mirar el horizonte desde el porche.—No lo sé. Pero algo se va.—¿El jardín?—No. El jardín se queda. Otra cosa.—¿Qué?—La pregunta. La última.Sol la miró largamente. Habían pasado tantos años juntas que ya no necesitaban explicaciones.—¿La que falta?—No. La que sobra. La que ya no hace falta.—¿Cóm
El invierno de 2075 llegó con un silencio que nadie recordaba. No era el silencio del jardín después de la tormenta, ni el silencio de la espera. Era un silencio más profundo, como si la tierra hubiera decidido guardar todas las palabras para sí misma. Los visitantes llegaban al fiordo y se quedaban en la orilla, sin atreverse a pisar el jardín. Algo había cambiado.Alma lo sintió desde la primera nevada. No era el frío, que era el de siempre. Era una ausencia. La de los murmullos que habían acompañado al jardín durante años. Las voces bajo la tierra, las que ella había escrito en los cuadernos, las que Sol había dibujado, se habían callado.—¿Oyes algo? —preguntó Sol, sentada en el porche con su cuaderno cerrado.—Nada —respondió Alma.—Nunca había pasado.—No. Pero pasa ahora.Pasaron los días. El silencio se hizo más denso, más pesado. Los arbustos del jardín viejo no se movían con el viento. Las flores no se abrían. El árbol nuevo, que siempre había brillado con su luz interna, ah
El otoño de 2074 trajo consigo un fenómeno que nadie supo explicar. El agua del fiordo comenzó a subir. No de golpe, no como una tormenta o un deshielo repentino. Subía despacio, día tras día, centímetro tras centímetro, como si alguien hubiera abierto una llave invisible bajo el fondo del mar.Los primeros en notarlo fueron los arbustos del jardín viejo. Sus raíces, que siempre habían estado secas, ahora se hundían en tierra húmeda. Las flores se abrían más tarde, se cerraban más temprano, y sus colores eran más pálidos, como si algo se estuviera llevando su luz.—¿Qué está pasando? —preguntó Maja, mirando el agua desde el porche.—Algo viene —respondió Alma—. Algo que estuvo abajo. Algo que quiere salir.—¿Qué?—No lo sé. Pero lo sabremos cuando llegue.El agua siguió subiendo. Llegó a las raíces del árbol viejo, luego a las del árbol nuevo. Los senderos que bordeaban la orilla desaparecieron bajo una lámina de agua plateada. La casa de vidrio, construida en el claro entre los dos á
El verano de 2074 trajo consigo una noticia que recorrió el fiordo antes de que nadie pudiera decirla con palabras: alguien había llegado para quedarse.No era un visitante más. Era una mujer joven, de unos treinta años, con el pelo oscuro recogido en una trenza y las manos cubiertas de tierra. Llegó caminando por el sendero con una mochila a la espalda y una caja de madera bajo el brazo. No preguntó por el árbol, ni por las historias, ni por el libro. Preguntó por un lugar donde construir.—Me llamo Iris —dijo—. Y quiero hacer una casa.—¿Una casa? —preguntó Alma, desconcertada.—Sí. De vidrio. Para que entre la luz. Para que los que vengan puedan ver el jardín sin tener que entrar.—¿Y por qué aquí?—Porque aquí es donde empieza todo. O donde termina. Las dos cosas.Alma la miró largamente. Había algo en Iris que le recordaba a alguien, pero no sabía a quién. Tal vez a Lena, cuando llegó la primera vez. Tal vez a Sol, cuando dibujaba mapas de lugares que no existían.—¿Sabes constru
La primavera de 2074 llegó con una luz que Sol reconoció antes de verla.Estaba en el porche, con los brazos cruzados sobre las rodillas, mirando el horizonte. Alma salió con dos tazas de té y se sentó a su lado sin decir nada. Habían pasado tantos años juntas que las palabras ya no eran necesarias.—Escucho algo —dijo Sol al fin.—¿El murmullo? Cesó hace meses.—No es eso. Es otra cosa. Algo que me llama.—¿Adónde?—No lo sé. Pero sé que tengo que ir.Alma sintió un nudo en la garganta. Sol había estado en el fiordo desde que llegó, una niña de siete años con los ojos llenos de preguntas. Ahora tenía veintiuno, y algo en su mirada había cambiado. Era la misma mirada que Alma había visto en Lena antes de irse, en los niños grandes antes de cruzar la puerta, en tantos que habían partido.—¿Cuándo? —preguntó.—Pronto. Cuando las flores del jardín viejo se abran todas.—¿Volverás?—No lo sé. Pero si vuelvo, será diferente.Los días pasaron. Sol no habló más del viaje, pero Alma sabía que







