LOGINEL PUNTO DE VISTA DE KIRA
Han pasado días desde que me arrojaron a este sótano oscuro. No sé cuánto tiempo llevo aquí. Los días se funden como sombras en la noche. No hay mañana. No hay tarde. Solo oscuridad y el sonido de la gente respirando con dolor a mi alrededor. A veces, oigo los suaves gritos de quienes sueñan con la libertad. A veces, oigo los susurros de quienes se han rendido.
Debería saber cuánto tiempo llevo aquí, pero mi mente ya no puede contar. Dejé de contar. ¿Qué sentido tiene contar cuando cada hora se siente igual? ¿Qué sentido tiene aferrarse al tiempo cuando el tiempo mismo se siente como un castigo?
Pero una cosa tengo clara. Nunca tuve en mi corazón matar a Korra. Nunca. Ella lo planeó todo. Ella preparó la trampa. Y lo más doloroso es que Simeon, mi compañero, mi Alfa, la creyó a ella antes que a mí. Creyó sus mentiras. Eligió sus palabras en lugar de las mías. El hombre en quien confié, el hombre al que le di todo, me dio la espalda tan rápido.
Cada vez que cierro los ojos, veo su rostro. La decepción. La ira. La mirada que decía que ya era culpable antes de poder hablar. Nunca me dio la oportunidad de explicarme. Su silencio era más fuerte que la muerte misma. Su rechazo era más frío que este sótano. Ese silencio me ha perseguido cada momento que he estado aquí.
Aquí, en este sótano, he escuchado tantas historias. Hombres, mujeres e incluso jóvenes, cada uno contando cómo terminó aquí. Cada historia llena de dolor. Cada historia llena de traición. Y mientras escuchaba, me di cuenta de algo. El setenta por ciento de las personas aquí son inocentes. Igual que yo. Inocentes, pero encerrados, esperando un destino que ninguno de nosotros merece.
Pero incluso mientras los escuchaba, pensé que su dolor era mejor que el mío. Sí, están encerrados, sí, están sufriendo. Pero al menos no enfrentan una sentencia de muerte. Al menos no los acusan de matar a Luna, la Alfa, quien lleva en su vientre a su heredero. Al menos sus nombres no están esparcidos por la manada como veneno.
El día avanzaba lentamente como siempre cuando de repente oí mi nombre.
"Kira".
Mi cuerpo se paralizó. Un guardia me había llamado. Mi nombre resonó por el sótano como un trueno, agudo y pesado. Los demás prisioneros se volvieron hacia mí con los ojos llenos de lástima. Algunos apartaron la mirada rápidamente, reacios a sostener mi mirada, porque sabían lo que significaba que un guardia te llamara.
Pensé que mi hora había llegado. Pensé que me llamaban para escuchar mi sentencia. Muerte. Eso era lo que creía. Sentí una opresión en el pecho. Me temblaban las piernas. Intenté respirar, pero el aire era pesado, demasiado pesado.
Pero cuando di un paso adelante, el guardia dijo algo más.
"Tienes una visita".
Parpadeé. Mi corazón se calmó, pero no mucho. ¿Una visita? ¿Quién vendría a verme? ¿Quién se atrevería a venir a este sótano inmundo donde guardan a los rotos?
Cuando me levanté, vi a alguien entrar. Llevaba una capucha. Su rostro estaba oculto. Mi corazón se aceleró porque ya adivinaba quién podría ser.
Bajó la capucha y la vi.
Selena. La bruja de la manada.
Mi cuerpo se tensó. Me ardía el pecho. La odié en ese momento. Creí que era parte del plan de Korra. ¿Por qué si no estaría allí?
"¿Qué quieres?", pregunté con voz aguda y llena de dolor.
Me miró con ojos indescifrables. Luego susurró: "Ayudarte. No puedes quedarte aquí. No puedes quedarte en esta manada. No desde el principio. Nunca debiste estar aquí".
Sus palabras me confundieron. Me herían, pero no las entendía. Se me secó la garganta. "¿Qué quieres decir?", pregunté. ¿Qué quieres decir con que nunca debí estar en esta manada? ¿Qué quieres decir con eso de desde el principio?
Le temblaban los labios. Parecía asustada. “No puedo decírtelo. He hecho un juramento. Si lo digo, moriré. ¿Me oyes? Moriré.”
La miré fijamente, con el cuerpo temblando. Mi corazón no sabía si creerle o maldecirla.
“Lo siento”, dijo rápidamente, con la voz temblorosa. “Siento todo lo que hice para lastimarte. Sé que te causé dolor. Puede que no lo sepas. Pero créeme, un día lo entenderás. Un día me lo agradecerás.”
Sus palabras salieron demasiado rápido. Demasiado pesadas. No podía procesarlas. Mi mente no podía seguirle el ritmo.
“Más despacio”, supliqué. Mi voz se quebró. Me dolía el pecho. “Por favor, más despacio. Hazme entender. Por favor, Selena. Ya estoy sufriendo. No me confundas más.” Su mirada se suavizó, pero negó con la cabeza. «Solo puedo decirte esto: te irás de aquí pronto. No puedo decirte cuándo. No puedo decirte cómo. Pero debes estar preparada. No hables de esto con nadie. No se lo digas a nadie. Si Simeón se entera, ambos moriremos».
Sus palabras me calaron como fuego. No sabía si sentir alivio o miedo.
Entonces, sus ojos dejaron de moverse. Se fijaron en mí. Me miró directamente a los ojos, como si hubiera visto algo dentro de mí.
"¿Hay algún problema?", pregunté. Su mirada me hizo estremecer.
Separó los labios. Jadeó. "Dios mío. Estás embarazada. No. No. Esto no puede estar pasando".
Sus palabras resonaron en el sótano. ¿Embarazada? ¿Embarazada?
"¿Estoy embarazada?", pregunté, con la voz temblorosa de miedo y esperanza. La emoción me invadió por primera vez en mucho tiempo. "¿Quieres decir que estoy embarazada?".
Asintió, pero no había alegría en sus ojos. "Sí. Y eso significa que debes irte esta noche. Esta noche".
Su urgencia me estremeció.
"¿Estás loca?", grité. Se me quebró la voz. Llevo tres años esperando. Tres largos años. Esperando un hijo. Esperando una señal. Y ahora, cuando por fin lo tengo, ¿quieres que me vaya? ¿Por qué? ¿Para qué?
Selena se abalanzó sobre mí y me tapó la boca con la mano. Tenía los ojos abiertos de miedo. “Por favor. Por favor, créeme. Esto es por tu bien. El Alfa Simeón te ha mostrado su verdadera cara. Ya te ha traicionado. Ya se ha casado con tu hermana gemela. ¿No lo ves? Ha roto los votos que ambos hicieron al principio. ¿No lo ves? Nunca estuvieron destinados el uno para el otro. Créeme, Kira. Por favor. Créeme”.
Las lágrimas rodaban por mi rostro. Mi cuerpo temblaba en sus manos. Mi corazón quería gritar, luchar, correr, creer.
“Te irás esta noche”, susurró de nuevo. “Me aseguraré de que estés a salvo. Mis familiares cuidarán de ti. Algún día lo entenderás. Algún día me lo agradecerás”.
Y entonces se fue.
El guardia me arrastró de vuelta y me senté en la esquina, destrozada. Sus palabras me desgarraron. Embarazada. Vete. No estaba destinada a estar aquí. Simeon te traicionó. Mi corazón dio un vuelco.
¿Y si tenía razón? ¿Y si de verdad quería ayudarme? ¿Y si mentía? ¿Y si estaba trabajando con Korra, intentando quebrarme aún más?
Y las palabras que más me dolieron fueron estas: Nunca estuve destinada a estar en esta manada. ¿Qué quiso decir con eso? La propia diosa de la luna confirmó a Simeon como mi compañero. ¿Mintió la diosa? ¿O cometí un error?
Horas después, intenté dormir, pero mi cuerpo no descansaba. Mis pensamientos me apuñalaban.
Desperté cuando sentí que alguien me sacudía. Una persona extraña estaba frente a mí. Su rostro estaba oculto. Susurró mi nombre.
Entendí.
Este era el momento del que hablaba Selena. Mi escape. Mi libertad.
Pero mi corazón luchaba contra sí mismo. Una parte de mí quería quedarse. Para demostrarle a la manada que se equivocaba. Para demostrar que no estaba maldita. Para demostrar que no era estéril. Para demostrar que no era inútil. Esa parte de mí ardía de orgullo, de furia, con la desesperada necesidad de demostrarle a Simeón que había cometido el mayor error de su vida.
Pero otra parte de mí, la parte más pequeña, la parte temblorosa, quería escuchar a Selena. Esa parte decía vete. Esa parte decía corre. Esa parte decía protege la vida que crecía en mi interior, sin importar lo que costara. Esa parte susurraba sobre la supervivencia.
Me quedé paralizada, con el pecho apretado, los pulmones negándose a respirar. Mi corazón me jalaba en dos direcciones hasta que pensé que se partiría por la mitad. Sentía como si mi alma se estuviera desgarrando.
Estaba confundida. Tan confundida.
Y cuando el desconocido me tendió la mano, supe que tenía que decidir.
Quedarme. O irme.
El verano de 2075 fue testigo de algo que nadie esperaba. Una noche, sin tormenta, sin viento, sin razón aparente, una de las ramas más antiguas del árbol viejo se quebró. Cayó al suelo con un crujido seco que despertó a todos en la cabaña.Alma fue la primera en llegar al jardín. La rama yacía en el suelo, cubierta de hojas verdes que aún no habían tenido tiempo de marchitarse. En el tronco, una herida blanca, limpia, como si el árbol hubiera soltado lo que ya no podía sostener.—¿Qué pasó? —preguntó Sol, llegando detrás de ella.—Se fue —respondió Alma.—¿Qué se fue?—Lo que sostenía. Lo que ya no hacía falta.Erik y Maja salieron de la cabaña, seguidos de los pocos visitantes que se habían quedado esa noche. Todos miraban la rama caída, la herida en el tronco, el árbol que parecía más liviano sin ella.—¿Hay que hacer algo? —preguntó Maja.—No —dijo Alma—. El árbol sabe lo que hace.La rama quedó en el jardín. Alma no la movió. Sol la dibujó en su cuaderno, con las hojas verdes y l
La primavera de 2075 llegó con una luz que no se parecía a ninguna otra.No era más brillante ni más cálida. Era diferente. Como si el sol hubiera decidido mirar el fiordo desde otro ángulo, o como si el aire tuviera un color que antes no tenía. Alma lo sintió desde el primer día. Algo había terminado. Algo nuevo comenzaba.El jardín estaba en plena floración. Los arbustos del jardín viejo tenían más flores que nunca, y el árbol nuevo brillaba con una luz que parecía venir de adentro, no de afuera. Los visitantes que llegaban se quedaban en silencio, mirando, sin preguntar. Como si supieran que ese año no era para preguntas. Era para despedidas.—¿Qué pasa? —preguntó Sol, viendo a Alma mirar el horizonte desde el porche.—No lo sé. Pero algo se va.—¿El jardín?—No. El jardín se queda. Otra cosa.—¿Qué?—La pregunta. La última.Sol la miró largamente. Habían pasado tantos años juntas que ya no necesitaban explicaciones.—¿La que falta?—No. La que sobra. La que ya no hace falta.—¿Cóm
El invierno de 2075 llegó con un silencio que nadie recordaba. No era el silencio del jardín después de la tormenta, ni el silencio de la espera. Era un silencio más profundo, como si la tierra hubiera decidido guardar todas las palabras para sí misma. Los visitantes llegaban al fiordo y se quedaban en la orilla, sin atreverse a pisar el jardín. Algo había cambiado.Alma lo sintió desde la primera nevada. No era el frío, que era el de siempre. Era una ausencia. La de los murmullos que habían acompañado al jardín durante años. Las voces bajo la tierra, las que ella había escrito en los cuadernos, las que Sol había dibujado, se habían callado.—¿Oyes algo? —preguntó Sol, sentada en el porche con su cuaderno cerrado.—Nada —respondió Alma.—Nunca había pasado.—No. Pero pasa ahora.Pasaron los días. El silencio se hizo más denso, más pesado. Los arbustos del jardín viejo no se movían con el viento. Las flores no se abrían. El árbol nuevo, que siempre había brillado con su luz interna, ah
El otoño de 2074 trajo consigo un fenómeno que nadie supo explicar. El agua del fiordo comenzó a subir. No de golpe, no como una tormenta o un deshielo repentino. Subía despacio, día tras día, centímetro tras centímetro, como si alguien hubiera abierto una llave invisible bajo el fondo del mar.Los primeros en notarlo fueron los arbustos del jardín viejo. Sus raíces, que siempre habían estado secas, ahora se hundían en tierra húmeda. Las flores se abrían más tarde, se cerraban más temprano, y sus colores eran más pálidos, como si algo se estuviera llevando su luz.—¿Qué está pasando? —preguntó Maja, mirando el agua desde el porche.—Algo viene —respondió Alma—. Algo que estuvo abajo. Algo que quiere salir.—¿Qué?—No lo sé. Pero lo sabremos cuando llegue.El agua siguió subiendo. Llegó a las raíces del árbol viejo, luego a las del árbol nuevo. Los senderos que bordeaban la orilla desaparecieron bajo una lámina de agua plateada. La casa de vidrio, construida en el claro entre los dos á
El verano de 2074 trajo consigo una noticia que recorrió el fiordo antes de que nadie pudiera decirla con palabras: alguien había llegado para quedarse.No era un visitante más. Era una mujer joven, de unos treinta años, con el pelo oscuro recogido en una trenza y las manos cubiertas de tierra. Llegó caminando por el sendero con una mochila a la espalda y una caja de madera bajo el brazo. No preguntó por el árbol, ni por las historias, ni por el libro. Preguntó por un lugar donde construir.—Me llamo Iris —dijo—. Y quiero hacer una casa.—¿Una casa? —preguntó Alma, desconcertada.—Sí. De vidrio. Para que entre la luz. Para que los que vengan puedan ver el jardín sin tener que entrar.—¿Y por qué aquí?—Porque aquí es donde empieza todo. O donde termina. Las dos cosas.Alma la miró largamente. Había algo en Iris que le recordaba a alguien, pero no sabía a quién. Tal vez a Lena, cuando llegó la primera vez. Tal vez a Sol, cuando dibujaba mapas de lugares que no existían.—¿Sabes constru
La primavera de 2074 llegó con una luz que Sol reconoció antes de verla.Estaba en el porche, con los brazos cruzados sobre las rodillas, mirando el horizonte. Alma salió con dos tazas de té y se sentó a su lado sin decir nada. Habían pasado tantos años juntas que las palabras ya no eran necesarias.—Escucho algo —dijo Sol al fin.—¿El murmullo? Cesó hace meses.—No es eso. Es otra cosa. Algo que me llama.—¿Adónde?—No lo sé. Pero sé que tengo que ir.Alma sintió un nudo en la garganta. Sol había estado en el fiordo desde que llegó, una niña de siete años con los ojos llenos de preguntas. Ahora tenía veintiuno, y algo en su mirada había cambiado. Era la misma mirada que Alma había visto en Lena antes de irse, en los niños grandes antes de cruzar la puerta, en tantos que habían partido.—¿Cuándo? —preguntó.—Pronto. Cuando las flores del jardín viejo se abran todas.—¿Volverás?—No lo sé. Pero si vuelvo, será diferente.Los días pasaron. Sol no habló más del viaje, pero Alma sabía que







