FAZER LOGINEl aire se electrificó cuando Alessandro cruzó el umbral del salón. Sus hombres lo siguieron, manteniendo una distancia prudencial. Su mirada, fría y calculadora, recorrió el lugar hasta posarse en mí.
Yo permanecía de pie, tan inquebrantable como una estatua de mármol. Oculta entre los pliegues de mi vestido de novia, mi mano derecha seguía aferrada a la culata de la pistola. El metal frío me recordaba que yo no estaba indefensa. Bastaba un movimiento para terminar con esto, pero tenía que ser inteligente. El juego psicológico apenas empezaba. Alessandro se detuvo a unos metros. Esperaba encontrar a una mujer destrozada, pero se topó con una adversaria digna. —Veo que no has desayunado —murmuró, acercándose a la mesa para servirse una taza de café con movimientos lentos y calculados—. Es una pena. Debes estar hambrienta. —Lo estoy —respondí, sosteniendo mi mano oculta firmemente en el arma—. Pero tengo más hambre de libertad que de comida. Y la única forma de obtenerla es si tú me la das. Alessandro alzó una ceja. Una sonrisa que no llegó a sus ojos se dibujó en su perfecto rostro perfilado. —No estás en posición de negociar, mia regina. Estás en mi casa, bajo mis reglas. No te daré nada que no te ganes. —Te equivocas —di un paso al frente, soltando el arma por un instante para gesticular, fingiendo sumisión—. Ambos estamos en este juego porque tú lo decidiste. Y no importa si me consideras la reina o un peón, la partida no termina hasta que el rey cae. Alessandro soltó una risa seca, desprovista de humor. —Siempre me han gustado las mujeres con carácter. Pero la terquedad solo te llevará a un camino sin salida. —La terquedad es lo único que me queda, ya que me has arrebatado a mi hermana. Él se sentó en el sillón, cruzando las piernas con aire de absoluta indiferencia. —Bien. Te escucho. Dime qué tienes en mente. Me acerqué a la mesa y me serví un poco de café. Mis manos no temblaban; no iba a mostrar ni una sola grieta. —Si quieres que una mujer se rinda ante ti, tienes que ganarte su confianza, no actuar como un salvaje. —Te recuerdo, querida, que nuestro primer encuentro estuvo marcado por mi buena voluntad. Una voluntad que tú pisoteaste —esbozó una sonrisa cruel. —Tal vez. Pero si me permitieras estar junto a mi hermana... podría considerar la opción de que no eres el monstruo que pensé. Si me muestras un gesto de buena voluntad dejando que Sofía pase este encierro conmigo, quizás... yo podría llegar a ser la mujer que siempre has querido. —¿Crees que soy estúpido? —el tono de Alessandro bajó a un susurro peligroso—. A estas alturas ya analizaste tus opciones. Si te devuelvo a tu hermana, buscarás la forma de escapar. —No lo haré. ¿Quién podría huir de una fortaleza como esta? —respondí, mirándolo fijamente—. Soy una mujer de palabra. Si me concedes esto, cooperaré. Pero si me quitas el derecho de verla, no te serviré de nada. Seré solo un cuerpo sin alma. Y tú no quieres un cascarón vacío, ¿verdad? Alessandro se quedó en silencio, sopesando mis palabras. Sabía que yo era astuta, pero su enorme ego era su mayor debilidad. —Bien —accedió, poniéndose en pie—. Jugaremos a tu juego. Pero si intentas traicionarme, tu hermana pagará las consecuencias. Miró a uno de sus guardias. —Trae a la señorita Sofía. Que se quede aquí. Pero no las dejes solas por ningún motivo. Minutos después, la puerta se abrió y Sofía entró al salón. Al verme, sus ojos se agrandaron y se lanzó a mi pecho, sollozando de alivio y terror. —Daryel... pensé que nunca te volvería a ver. La abracé con fuerza, una rara muestra de afecto genuino que pareció sorprenderla. —Estoy aquí, Sofía. Todo estará bien —le prometí al oído, sintiendo el peso del arma oculta contra mi costado. Tenía que protegerla. Alessandro nos observaba con una sonrisa ladina, disfrutando del espectáculo. —Señorita Sofía —interrumpió el capo, usando una voz extrañamente suave—. ¿Le gustaría un poco de té y panqueques con miel? Sé que la noche fue difícil. Sofía se tensó al notar su presencia y se encogió detrás de mí. —No, gracias —murmuró, aterrorizada. —No te preocupes, no te haré daño —insistió Alessandro, dando un paso hacia ella. Su tono era tan extrañamente dulce que daba escalofríos—. Solo quiero que te sientas cómoda. Es la primera vez que tengo invitadas. Quiero que se sientan como en casa. —No mientas, Alessandro —lo corté con firmeza—. Sabes perfectamente que no somos tus invitadas. Somos tus prisioneras. —Es una prisión de oro, mi amor. Y tu hermana puede tener lo que quiera, solo debe pedirlo. Sofía lo miró por encima de mi hombro. El rostro de Alessandro se mostraba extrañamente paciente, lleno de una bondad ensayada. —Gracias... —susurró mi hermana, cediendo ante el miedo. Un empleado colocó la bandeja frente a ella. Alessandro se sentó justo al frente, clavando sus ojos en la inocencia de Sofía. —¿Te gusta la miel? —Sí, mucho —respondió ella, sin atreverse a mirarlo a los ojos. —La miel es dulce, te hace feliz. La vida puede ser así de dulce si te dejas llevar, Sofía —Alessandro bajó la voz, transformándola en un susurro hipnótico que pretendía grabarse en la mente de mi hermana—. Yo puedo darte la vida con la que siempre soñaste. Solo tienes que confiar en mí. Me quedé helada al escuchar sus palabras. El bastardo no quería romperme a mí... quería ganarse a mi hermana para destruirme a través de ella. Mis dedos volvieron a buscar desesperadamente la culata del arma bajo mi vestido. Un movimiento en falso de Alessandro, y le volaría la cabeza.El regreso al mundo de los vivos fue un proceso gélido y desprovisto de alivio. Dos días después de la masacre en la mansión de la costa, el auto blindado de Stewart Global se detuvo frente al imponente rascacielos de cristal de la firma en Manhattan. Daryel descendió del vehículo vistiendo un impecable traje sastre azul marino de corte italiano que Andrés le había hecho llegar a su departamento. Llevaba el cabello castaño recogido en un moño estricto, maquillaje de alta cobertura para ocultar la sutil sombra violácea en su cuello, y unos anteojos oscuros que blindaban su mirada del escrutinio público.A su lado, Andrés caminaba con paso firme, pero Daryel no necesitaba un análisis forense para notar que su prometido estaba roto por dentro. El pulcro ejecutivo se sobresaltaba con el cierre brusco de las puertas del ascensor corporativo, y sus manos, las mismas que habían sostenido un subfusil cuarenta y ocho horas antes, temblaban levemente al ajustar los puños de su camisa.—Todo e
El mármol frío golpeó el cuerpo de Daryel mientras rodaba por los escalones, pero el dolor físico era una variable insignificante comparada con la urgencia de su supervivencia. La luz blanca y cegadora de las granadas de destello todavía flotaba en sus pupilas como un fantasma, pero su instinto la guió hacia la densa humareda que cubría la base de la gran escalinata.A su alrededor, el vestíbulo se había convertido en un auténtico matadero. Los gritos de los sicilianos de Bianchi se mezclaban con las órdenes tácticas de los agentes federales y las ráfagas desesperadas de los mercenarios de Andrés.Una mano enguantada y tosca la tomó bruscamente del hombro justo cuando sus pies tocaron el suelo del vestíbulo. Daryel se tensó, lista para atacar, pero una voz rota y familiar atravesó el zumbido de sus oídos.—¡Daryel! ¡Te tengo! ¡Maldita sea, muévete!Era Andrés. Tenía el rostro cubierto de hollín, los ojos desorbitados por el pánico y el sudor le corría por las sienes. Sin esperar u
El sonido del agua corriendo en la ducha de la suite principal fue la señal de salida. Daryel se deslizó fuera de la cama de dimensiones colosales con movimientos felinos, ignorando deliberadamente el sordo dolor que protestaba en sus muslos y el ardor en su piel. Su cuerpo estaba marcado por los dedos de acero de Alessandro, pero su mente volvía a ser un búnker de cemento armado. Sujetó con delicadeza la pequeña placa de silicona flexible donde había logrado transferir el relieve graso y sudoroso del pulgar del capo. Era una copia térmica efímera; la degradación celular del rastro significaba que tenía menos de veinte minutos antes de que el material se volviera inservible para un lector biométrico de grado militar. Se colocó la camisa de seda rota, anudándola de forma improvisada sobre su cintura, y abandonó la suite con la cabeza alta. Los guardias sicilianos en el pasillo la vieron pasar. Si notaron su andar ligeramente rígido o el labio partido, no dijeron nada; la frialdad d
El desafío quedó suspendido en el aire pesado de la suite. Alessandro Bianchi la observaba desde la altura de su metro noventa, con las facciones tensas por una furia que era puramente posesiva. —Te voy a dar exactamente lo que viniste a buscar, Metaxis —sentenció el capo, su voz descendiendo a un registro grave que vibró directo en el vientre de Daryel—. Pero el precio de acceso a mi cuerpo se paga con la entrega total de tu orgullo. Te quiero de rodillas. Daryel no pestañeó. Su pulso se aceleró, sí, pero su mente ejecutiva se activó a la velocidad del rayo. Esta era la brecha. Si Alessandro creía que exigiéndole sumisión la iba a quebrar, ella usaría esa misma sumisión como una pantalla de humo. En lugar de retroceder o suplicar, Daryel sostuvo la mirada avellana del capo. Con una parsimonia calculada, se deslizó hacia el borde de la cama. Sus movimientos eran los de una mujer que toma una decisión ejecutiva en una junta de negocios, no los de una víctima. Se dejó caer de rodil
El silencio que siguió a la partida de Sofía se instaló en la biblioteca como una losa de concreto. Daryel Metaxis se quedó estática frente al monitor, con las yemas de los dedos rozando la madera donde descansaba el disco duro de titanio. La jugada de Alessandro había sido magistral: bloquear el sistema con su huella dactilar y enviar a Sofía como un escudo de distracción emocional. Sabía que Daryel no flaquearía ante la tortura, pero sí ante la culpa de ver a su hermana menor convertida en el daño colateral de su resistencia. Sin embargo, Bianchi había cometido un error de cálculo básico. Había subestimado el hambre de una Metaxis acorralada. «¿Quieres mi huella dactilar, Alessandro?», pensó Daryel, una sonrisa gélida y letal dibujándose en sus labios de porcelana. «Pues la voy a conseguir». La lógica corporativa dictaba que un sistema biométrico de alta seguridad en una residencia privada tiene un punto débil: el propio usuario cuando baja la guardia. Alessandro no salía de l
Daryel salió del despacho de Alessandro sintiendo que el disco duro cifrado, oculto en el bolsillo lateral de su blazer gris, quemaba su piel a través de la tela. El aire gélido y acondicionado del pasillo la recibió como un shock térmico bienvenido, ayudándola a disipar la neblina sensorial y a reafirmar el control sobre sus facciones. La confrontación en la oficina había sido brutal. Se había expuesto deliberadamente al fuego de la seducción, y el capo le había devuelto el golpe revelándole una verdad perturbadora: su vendetta exterior se cimentaba en la posesión absoluta de su persona. Sin embargo, para la mente analítica de Daryel, el éxito arrollador de Alessandro al doblegar su cuerpo no se debía a una conexión mística, sino a una burda asimetría de experiencia: la vasta y oscura trayectoria sexual de Bianchi contra la absoluta carencia de la misma en ella. Cuando Daryel se había metido en la cama del capo por primera vez, con el único fin corporativo de manipularlo a su ant







