INICIAR SESIÓNEl sol del mediodía se alzó en el cielo, proyectando una luz despiadada a través de los ventanales de la mansión. El cansancio de no haber dormido comenzaba a pesarme en los párpados, pero mi mente seguía funcionando como un torbellino de planes.
La presencia de Sofía era un alivio, sí, pero también mi mayor debilidad. Recordar la maldita melosidad con la que Alessandro la había tratado durante el desayuno me revolvía el estómago. Sus palabras dulces, su falso interés... El bastardo quería ganársela como aliada para controlar cada uno de mis movimientos. Mis pensamientos se cortaron cuando el soldado apostado en la puerta entró al salón. —El señor Bianchi la espera en su estudio, señorita Metaxis. Me puse de pie de inmediato, acomodando el dañado vestido con mi elegancia gélida de siempre. Sofía me miró con los ojos inyectados en pánico. —¿Daryel? —susurró, con la voz rota por la aprehensión. Le dediqué una sonrisa forzada, intentando infundirle un valor que yo misma estaba perdiendo. —No te preocupes por mí. Solo mantente alerta y, por lo que más quieras, no confíes en nadie. Salí del salón sin esperar respuesta, dejando a mi hermana bajo la intensa y perturbadora mirada de los guardias del capo. El estudio al que me escoltaron era el fiel reflejo de la mente de Alessandro Bianchi: ordenado, imponente y sumergido en un lujo austero. Él estaba de pie junto a la ventana, observando el vasto jardín con las manos entrelazadas a la espalda. El aroma a tabaco caro y madera inundaba el aire. —Buenos días, mi Daryel —dijo sin siquiera girarse. Su voz destilaba una calma exasperante—. Es un placer verte tan... dispuesta. —No te confundas —le respondí, y mi tono fue como un látigo de seda—. Estoy aquí porque no tengo otra opción. ¿Qué quieres de mí? Alessandro se giró lentamente. Una sonrisa cruel y cargada de anticipación se extendió por sus labios perfectos mientras me recorría con la mirada. Un brillo oscuro encendió sus ojos avellana, transformándose en un deseo salvaje. En su mente, la fantasía era explícita: quería atraparme entre sus brazos, arrancar ese vestido de novia que le pertenecía a otro hombre y hacerme suya una y otra vez sobre el escritorio, hasta escucharme suplicar por más. Pero se contuvo. Su orgullo de macho alfa era demasiado grande; el día que me tomara, sería porque yo misma se lo pediría de rodillas. —Directa como siempre. Me gusta —admitió, dando un paso hacia mí—. Pero hoy no te llamé para debatir. Te llamé para presentarte el lugar donde pasarás las horas del día a partir de ahora. Hizo un gesto hacia una pesada puerta lateral que yo no había notado antes. —Allí es donde te espero, Daryel. Una oleada de inquietud me recorrió el cuerpo entero. No era miedo, sino una profunda repulsión a los retorcidos juegos mentales de este hombre. —No me interesa nada de lo que provenga de ti. Solo quiero mi libertad. —Tu libertad es una ilusión —susurró él, acortando la distancia hasta que su aliento rozó mi oído—. La única libertad que tendrás es la que yo decida otorgarte. Déjame mostrarte lo que es ser una reina en mi imperio. Antes de que pudiera apartarme, Alessandro abrió la puerta lateral y me empujó suavemente hacia el interior. Entré con cautela, lista para defenderme, pero el aliento se me escapó de los pulmones al ver lo que había dentro. Era una biblioteca monumental. Un santuario inmenso con estantes de roble que se alzaban hasta el techo, repletos de miles de volúmenes antiguos. Un fuego reconfortante crepitaba en la chimenea, y el olor a cuero y papel viejo llenaba el ambiente. Había sofisticados sillones de lectura y, en el centro, un enorme globo terráqueo de bronce. —Esto es... inaudito —murmuré. Mi fachada altiva flaqueó por un maldito segundo ante la magnificencia del lugar. —Es tu prisión, Daryel —sentenció Alessandro, cerrando la puerta detrás de nosotros con un golpe seco—. Aquí pasarás tus días, rodeada de historias y mundos. Pero siempre bajo mi control. Mis hombres vigilarán cada salida. Y recuerda: la seguridad de Sofía dependerá estrictamente de tu comportamiento. Mientras juegues a ser una prisionera obediente, a ella no le pasará nada. Me giré hacia él, con los ojos echando chispas. —¡¿Cómo te atreves a usar a mi hermana para amenazarme?! Estás demente si crees que estas cuatro paredes me van a doblegar. —No lo creo, lo sé —Alessandro acarició mi mejilla con el dorso de su mano, una caricia helada—. Te conozco mejor de lo que te conoces tú misma. Amas el conocimiento, la estrategia, el poder. Aquí te lo estoy dando todo. Solo debes demostrar que eres digna de mi benevolencia. Le sostuve la mirada con pura furia, pero por dentro, una sonrisa letal comenzó a formarse en mi mente. El imbécil cometió el peor error de su vida. Pensaba que me estaba encerrando en una jaula de oro, pero en realidad, me estaba dando acceso a su arsenal. Una biblioteca en la mansión de un capo de la mafia no solo contenía literatura; contenía registros, mapas, historias familiares y los secretos más sucios de los Bianchi. Este lugar no sería mi prisión. Sería el laboratorio donde diseñaría su destrucción. —Bien —dije, con la voz cargada de un desafío velado. Caminé hacia los estantes, deslizando las yemas de mis dedos por los lomos de los libros. Alessandro me observó con una sonrisa de absoluta satisfacción, creyendo que había ganado la ronda. No tenía idea de que mis ojos ya no buscaban una lectura para pasar el rato... buscaban la grieta exacta para derrumbar su imperio. Mis dedos se detuvieron en un pesado volumen de historia familiar en el estante superior. Al jalarlo, un mecanismo oculto hizo un eco sordo detrás de la pared de madera. Alessandro, que ya caminaba hacia la salida, se congeló en seco al escuchar el sonido.El regreso al mundo de los vivos fue un proceso gélido y desprovisto de alivio. Dos días después de la masacre en la mansión de la costa, el auto blindado de Stewart Global se detuvo frente al imponente rascacielos de cristal de la firma en Manhattan. Daryel descendió del vehículo vistiendo un impecable traje sastre azul marino de corte italiano que Andrés le había hecho llegar a su departamento. Llevaba el cabello castaño recogido en un moño estricto, maquillaje de alta cobertura para ocultar la sutil sombra violácea en su cuello, y unos anteojos oscuros que blindaban su mirada del escrutinio público.A su lado, Andrés caminaba con paso firme, pero Daryel no necesitaba un análisis forense para notar que su prometido estaba roto por dentro. El pulcro ejecutivo se sobresaltaba con el cierre brusco de las puertas del ascensor corporativo, y sus manos, las mismas que habían sostenido un subfusil cuarenta y ocho horas antes, temblaban levemente al ajustar los puños de su camisa.—Todo e
El mármol frío golpeó el cuerpo de Daryel mientras rodaba por los escalones, pero el dolor físico era una variable insignificante comparada con la urgencia de su supervivencia. La luz blanca y cegadora de las granadas de destello todavía flotaba en sus pupilas como un fantasma, pero su instinto la guió hacia la densa humareda que cubría la base de la gran escalinata.A su alrededor, el vestíbulo se había convertido en un auténtico matadero. Los gritos de los sicilianos de Bianchi se mezclaban con las órdenes tácticas de los agentes federales y las ráfagas desesperadas de los mercenarios de Andrés.Una mano enguantada y tosca la tomó bruscamente del hombro justo cuando sus pies tocaron el suelo del vestíbulo. Daryel se tensó, lista para atacar, pero una voz rota y familiar atravesó el zumbido de sus oídos.—¡Daryel! ¡Te tengo! ¡Maldita sea, muévete!Era Andrés. Tenía el rostro cubierto de hollín, los ojos desorbitados por el pánico y el sudor le corría por las sienes. Sin esperar u
El sonido del agua corriendo en la ducha de la suite principal fue la señal de salida. Daryel se deslizó fuera de la cama de dimensiones colosales con movimientos felinos, ignorando deliberadamente el sordo dolor que protestaba en sus muslos y el ardor en su piel. Su cuerpo estaba marcado por los dedos de acero de Alessandro, pero su mente volvía a ser un búnker de cemento armado. Sujetó con delicadeza la pequeña placa de silicona flexible donde había logrado transferir el relieve graso y sudoroso del pulgar del capo. Era una copia térmica efímera; la degradación celular del rastro significaba que tenía menos de veinte minutos antes de que el material se volviera inservible para un lector biométrico de grado militar. Se colocó la camisa de seda rota, anudándola de forma improvisada sobre su cintura, y abandonó la suite con la cabeza alta. Los guardias sicilianos en el pasillo la vieron pasar. Si notaron su andar ligeramente rígido o el labio partido, no dijeron nada; la frialdad d
El desafío quedó suspendido en el aire pesado de la suite. Alessandro Bianchi la observaba desde la altura de su metro noventa, con las facciones tensas por una furia que era puramente posesiva. —Te voy a dar exactamente lo que viniste a buscar, Metaxis —sentenció el capo, su voz descendiendo a un registro grave que vibró directo en el vientre de Daryel—. Pero el precio de acceso a mi cuerpo se paga con la entrega total de tu orgullo. Te quiero de rodillas. Daryel no pestañeó. Su pulso se aceleró, sí, pero su mente ejecutiva se activó a la velocidad del rayo. Esta era la brecha. Si Alessandro creía que exigiéndole sumisión la iba a quebrar, ella usaría esa misma sumisión como una pantalla de humo. En lugar de retroceder o suplicar, Daryel sostuvo la mirada avellana del capo. Con una parsimonia calculada, se deslizó hacia el borde de la cama. Sus movimientos eran los de una mujer que toma una decisión ejecutiva en una junta de negocios, no los de una víctima. Se dejó caer de rodil
El silencio que siguió a la partida de Sofía se instaló en la biblioteca como una losa de concreto. Daryel Metaxis se quedó estática frente al monitor, con las yemas de los dedos rozando la madera donde descansaba el disco duro de titanio. La jugada de Alessandro había sido magistral: bloquear el sistema con su huella dactilar y enviar a Sofía como un escudo de distracción emocional. Sabía que Daryel no flaquearía ante la tortura, pero sí ante la culpa de ver a su hermana menor convertida en el daño colateral de su resistencia. Sin embargo, Bianchi había cometido un error de cálculo básico. Había subestimado el hambre de una Metaxis acorralada. «¿Quieres mi huella dactilar, Alessandro?», pensó Daryel, una sonrisa gélida y letal dibujándose en sus labios de porcelana. «Pues la voy a conseguir». La lógica corporativa dictaba que un sistema biométrico de alta seguridad en una residencia privada tiene un punto débil: el propio usuario cuando baja la guardia. Alessandro no salía de l
Daryel salió del despacho de Alessandro sintiendo que el disco duro cifrado, oculto en el bolsillo lateral de su blazer gris, quemaba su piel a través de la tela. El aire gélido y acondicionado del pasillo la recibió como un shock térmico bienvenido, ayudándola a disipar la neblina sensorial y a reafirmar el control sobre sus facciones. La confrontación en la oficina había sido brutal. Se había expuesto deliberadamente al fuego de la seducción, y el capo le había devuelto el golpe revelándole una verdad perturbadora: su vendetta exterior se cimentaba en la posesión absoluta de su persona. Sin embargo, para la mente analítica de Daryel, el éxito arrollador de Alessandro al doblegar su cuerpo no se debía a una conexión mística, sino a una burda asimetría de experiencia: la vasta y oscura trayectoria sexual de Bianchi contra la absoluta carencia de la misma en ella. Cuando Daryel se había metido en la cama del capo por primera vez, con el único fin corporativo de manipularlo a su ant







