FAZER LOGINEl frío metal del arma oculta entre mis dedos fue mi único consuelo durante el resto de la noche.
Escondí la pistola reglamentaria entre los pliegues de mi destrozado vestido de novia y me senté a esperar. Cada tic-tac del reloj en la pared era un recordatorio de la trampa en la que Alessandro me había encerrado. La rabia y la impotencia se arremolinaban en mi interior, pero obligué a mi rostro a mantenerse inexpresivo. La soledad, en lugar de romperme, agudizó mis sentidos. Cuando el sol finalmente se filtró por las altas ventanas, bañando el salón con una luz pálida, yo no había pegado el ojo. El muy patán ni siquiera había tenido la decencia de darme una habitación cómoda. Sabía que lo hacía para castigarme, para demostrarme quién tenía el poder. Me levanté y caminé por el inmenso salón. Mis tacones resonaron sobre el mármol como pasos de marcha militar. Desde la ventana, el paisaje era desolador: un jardín inmaculado, un bosque denso y, a lo lejos, el resplandor de la ciudad como un espejismo inalcanzable. Alessandro me había aislado por completo. La pesada puerta se abrió y un sirviente ingresó sosteniendo una bandeja con café y tostadas. —El señor Bianchi me ha pedido que la despierte, señorita. El desayuno está servido. Lo miré de reojo con amargura. ¿Despertarme? Que imbécil. —¿Dónde está mi hermana? —exigí. —En su habitación, por supuesto. No se preocupe, está bien. La frialdad robótica en la voz del hombre me puso en alerta. Este no era un simple empleado doméstico; era un soldado de la mafia. Mi primer obstáculo. Me senté a la mesa con movimientos lentos y calculados. Tenía que ser realista: por primera vez en mi vida, no tenía el control absoluto de la situación. Alessandro Bianchi tenía las armas, el poder y la ventaja. Me había despojado de mi prometido, de mi reputación y de mi libertad. Pero no me había quitado mi ingenio. Si Alessandro estaba obsesionado con el control, su mayor debilidad era su propio orgullo. Le daría exactamente lo que quería: la ilusión de que estaba ganando. Fingiría que me doblegaba ante sus pies, y cuando se sintiera más seguro, encontraría la fisura en su armadura y lo destruiría. —Lleve la bandeja de vuelta —le ordené al sirviente con una voz suave pero cortante—. No tengo apetito. Y dígale a su amo que lo espero aquí. Quiero que me dé la cara. Necesito hablar con él. El soldado dudó, pero le sostuve la mirada con tanta frialdad que terminó por asentir y retirarse, dejando el desayuno sobre la mesa. El plan estaba en marcha. Él creía que yo era la presa, pero una reina caída también sabe cazar. Solo necesitaba ser lo suficientemente convincente para hacerlo negociar. En la planta superior, un golpe sutil interrumpió el silencio de la suite principal. —Señor Bianchi —llamó uno de sus guardias de confianza. Alessandro terminó de abotonarse la camisa negra con una calma exasperante. Solo cuando estuvo impecable, le hizo una seña a su asistente para que abriera la puerta. —La señorita Metaxis exige verlo en el salón principal. El rostro del capo no sufrió la menor alteración, pero sus ojos avellana se transformaron en un pozo profundo y peligroso. No le extrañaba en absoluto esa actitud. Daryel no conocía la palabra sumisión. Desde que la conoció años atrás, ella siempre había sido una fuerza de la naturaleza. Acostumbrada a que el mundo se arrodillara a sus pies. Incluso él, un hombre despiadado con las manos manchadas de sangre, se había arrodillado ante ella una vez para ofrecerle su imperio a cambio de un poco de amor. Y ella lo había rechazado con una crueldad despiadada, tratándolo como a un insecto que debía ser aplastado. Con ese desprecio, Daryel había despertado a la bestia que ahora la tenía cautiva. —Bien —dictó Alessandro, ajustándose el reloj de oro—. Iré a ver qué quiere mi prisionera. Tomó su arma del escritorio, la guardó en la pistolera de su chaqueta y bajó las escaleras. Al entrar al salón, sus ojos se clavaron en Daryel. Ella seguía con el vestido de novia, pálida pero con la espalda recta, esperándolo como una reina en su trono. —¿Tan rápido extrañabas mi compañía, mia reina? —se burló él, acercándose a paso lento. Daryel se puso de pie. Su mano derecha se deslizó disimuladamente entre las telas de su falda, rozando la culata del arma oculta. Su corazón latía a mil por hora. Estaba a solo un movimiento de meterle un tiro en el pecho o de comenzar el juego de manipulación más peligroso de su vida. —Vine a negociar, Alessandro —dijo ella, forzando una sonrisa sumisa que no llegó a sus ojos—. Tú ganas. Hablemos de mis nuevas condiciones. Alessandro se detuvo a un solo paso de ella, entrecerrando los ojos, detectando el cambio en su actitud pero sin notar el peligro real que se escondía bajo la seda blanca.El regreso al mundo de los vivos fue un proceso gélido y desprovisto de alivio. Dos días después de la masacre en la mansión de la costa, el auto blindado de Stewart Global se detuvo frente al imponente rascacielos de cristal de la firma en Manhattan. Daryel descendió del vehículo vistiendo un impecable traje sastre azul marino de corte italiano que Andrés le había hecho llegar a su departamento. Llevaba el cabello castaño recogido en un moño estricto, maquillaje de alta cobertura para ocultar la sutil sombra violácea en su cuello, y unos anteojos oscuros que blindaban su mirada del escrutinio público.A su lado, Andrés caminaba con paso firme, pero Daryel no necesitaba un análisis forense para notar que su prometido estaba roto por dentro. El pulcro ejecutivo se sobresaltaba con el cierre brusco de las puertas del ascensor corporativo, y sus manos, las mismas que habían sostenido un subfusil cuarenta y ocho horas antes, temblaban levemente al ajustar los puños de su camisa.—Todo e
El mármol frío golpeó el cuerpo de Daryel mientras rodaba por los escalones, pero el dolor físico era una variable insignificante comparada con la urgencia de su supervivencia. La luz blanca y cegadora de las granadas de destello todavía flotaba en sus pupilas como un fantasma, pero su instinto la guió hacia la densa humareda que cubría la base de la gran escalinata.A su alrededor, el vestíbulo se había convertido en un auténtico matadero. Los gritos de los sicilianos de Bianchi se mezclaban con las órdenes tácticas de los agentes federales y las ráfagas desesperadas de los mercenarios de Andrés.Una mano enguantada y tosca la tomó bruscamente del hombro justo cuando sus pies tocaron el suelo del vestíbulo. Daryel se tensó, lista para atacar, pero una voz rota y familiar atravesó el zumbido de sus oídos.—¡Daryel! ¡Te tengo! ¡Maldita sea, muévete!Era Andrés. Tenía el rostro cubierto de hollín, los ojos desorbitados por el pánico y el sudor le corría por las sienes. Sin esperar u
El sonido del agua corriendo en la ducha de la suite principal fue la señal de salida. Daryel se deslizó fuera de la cama de dimensiones colosales con movimientos felinos, ignorando deliberadamente el sordo dolor que protestaba en sus muslos y el ardor en su piel. Su cuerpo estaba marcado por los dedos de acero de Alessandro, pero su mente volvía a ser un búnker de cemento armado. Sujetó con delicadeza la pequeña placa de silicona flexible donde había logrado transferir el relieve graso y sudoroso del pulgar del capo. Era una copia térmica efímera; la degradación celular del rastro significaba que tenía menos de veinte minutos antes de que el material se volviera inservible para un lector biométrico de grado militar. Se colocó la camisa de seda rota, anudándola de forma improvisada sobre su cintura, y abandonó la suite con la cabeza alta. Los guardias sicilianos en el pasillo la vieron pasar. Si notaron su andar ligeramente rígido o el labio partido, no dijeron nada; la frialdad d
El desafío quedó suspendido en el aire pesado de la suite. Alessandro Bianchi la observaba desde la altura de su metro noventa, con las facciones tensas por una furia que era puramente posesiva. —Te voy a dar exactamente lo que viniste a buscar, Metaxis —sentenció el capo, su voz descendiendo a un registro grave que vibró directo en el vientre de Daryel—. Pero el precio de acceso a mi cuerpo se paga con la entrega total de tu orgullo. Te quiero de rodillas. Daryel no pestañeó. Su pulso se aceleró, sí, pero su mente ejecutiva se activó a la velocidad del rayo. Esta era la brecha. Si Alessandro creía que exigiéndole sumisión la iba a quebrar, ella usaría esa misma sumisión como una pantalla de humo. En lugar de retroceder o suplicar, Daryel sostuvo la mirada avellana del capo. Con una parsimonia calculada, se deslizó hacia el borde de la cama. Sus movimientos eran los de una mujer que toma una decisión ejecutiva en una junta de negocios, no los de una víctima. Se dejó caer de rodil
El silencio que siguió a la partida de Sofía se instaló en la biblioteca como una losa de concreto. Daryel Metaxis se quedó estática frente al monitor, con las yemas de los dedos rozando la madera donde descansaba el disco duro de titanio. La jugada de Alessandro había sido magistral: bloquear el sistema con su huella dactilar y enviar a Sofía como un escudo de distracción emocional. Sabía que Daryel no flaquearía ante la tortura, pero sí ante la culpa de ver a su hermana menor convertida en el daño colateral de su resistencia. Sin embargo, Bianchi había cometido un error de cálculo básico. Había subestimado el hambre de una Metaxis acorralada. «¿Quieres mi huella dactilar, Alessandro?», pensó Daryel, una sonrisa gélida y letal dibujándose en sus labios de porcelana. «Pues la voy a conseguir». La lógica corporativa dictaba que un sistema biométrico de alta seguridad en una residencia privada tiene un punto débil: el propio usuario cuando baja la guardia. Alessandro no salía de l
Daryel salió del despacho de Alessandro sintiendo que el disco duro cifrado, oculto en el bolsillo lateral de su blazer gris, quemaba su piel a través de la tela. El aire gélido y acondicionado del pasillo la recibió como un shock térmico bienvenido, ayudándola a disipar la neblina sensorial y a reafirmar el control sobre sus facciones. La confrontación en la oficina había sido brutal. Se había expuesto deliberadamente al fuego de la seducción, y el capo le había devuelto el golpe revelándole una verdad perturbadora: su vendetta exterior se cimentaba en la posesión absoluta de su persona. Sin embargo, para la mente analítica de Daryel, el éxito arrollador de Alessandro al doblegar su cuerpo no se debía a una conexión mística, sino a una burda asimetría de experiencia: la vasta y oscura trayectoria sexual de Bianchi contra la absoluta carencia de la misma en ella. Cuando Daryel se había metido en la cama del capo por primera vez, con el único fin corporativo de manipularlo a su ant







