INICIAR SESIÓNSonrió y se relamió los labios, divertido por mi reacción un poco exaltada.
Se levantó y se acercó al escritorio, tomando con la mano unos papeles que no tardó en poner frente a mí, junto a un bolígrafo, antes de volverse a sentar con una pose relajada. Su mano hizo un gesto para indicarme que revisara los papeles.
Carraspeé, me incliné sobre la mesa y leí por encima, sin desear saber mucho de la cuestión, saltándome, como siempre hacía, las formalidades de los contratos, solo vi por encima mi nombre y mis datos, hasta llegar a lo importante, es decir, las obligaciones que contraía al firmar el contrato que, básicamente se reducía a comprometerme a no divulgar lo que en adelante se me diría, lo que vería e, incluso, me comprometía a no hablar de la mansión, entre otros pormenores.
No pude evitarlo, mi cabeza se ladeó, mis ojos se abrieron ante el asombro de los detalles que no debían ser divulgados de ese encuentro.
Me rasqué el antebrazo y me acomodé un mechón de cabello que se soltó del moño con el que me lo até, un peinado que casi nunca me duraba lo suficiente gracias a que tenía el cabello muy lacio.
Suspiré, sacando todo el aire. Me mordí el labio, pero no dejé que la indecisión y el mal presentimiento me embargara, tomé el bolígrafo y firmé el acuerdo.
―Excelente ―aplaudió el señor Lars, agarrando el contrato con rapidez, soltándolo a su lado―. Ahora, señorita, permítame hablarle con seriedad ―indicó más formal, poniendo su espalda contra el sillón, con el gesto pétreo que me erizó la piel.
«Aquí hay gato encerrado» ―pensé, pero no iba a echarme para atrás, ¡No, señor! El cielo sabía cuánto necesitaba aquel trabajo.
―Verá, sus verdaderas funciones son de cuidar y, por supuesto, amamantar con su leche, al amo Caine. ―Hizo una pausa, en la que mi confusión se reflejó en mi gesto. Él me dio tiempo para asimilar la información, pese a que no entendí ni la forma de llamar al bebé ni porqué me estaba observando de esa manera tan intensa―. El amo Caine es el dueño de todo lo que ha visto hasta este momento. A él le pertenece la mansión, la oficina, la sociedad y las empresas que se derivan de esta, una de las cuales es la farmacéutica en la que usted sirvió para probar el medicamento que la llevó a tener su condición ―afirmó con gravedad, como si le debiera un respeto reverencial a su amo.
«Amo» ―aquella extraña forma de llamarle me hizo dudar de mis sospechas.
―No es un bebé, ¿verdad? ―pregunté para estar segura, un poco descompuesta ante la idea de dejar que un hombre viejo succionara mis pechos y se alimentara de mi cuerpo con lascivia.
Casi pude ver a un anciano con la piel arrugada y llena de manchas chupando mi leche directo del pezón, morboso, como esos «viejos verdes» que uno se encuentra en la calle, que salivan y se relamen con avaricia, repasando los cuerpos jóvenes.
Tragué saliva, descorazonada, pese a que me dije que era mejor eso que otros trabajos…
―Hace unos meses, el amo Caine sufrió un accidente en su motocicleta que…
«¿Motocicleta?» ―pensé, perturbada, deteniendo mi imaginación, pero no quise hablar.
―… que lo debilitó de sus piernas. Ahora tiene una dificultad para caminar en la que está trabajando para volver a la normalidad. Por suerte, es un joven muy dedicado y está empeñado en resolver…
«¿Joven?» ―me cuestioné más anonadada, sin saber cómo sentirme con la nueva información.
―…pero, para ello, le es necesario su ayuda… ―siguió diciendo.
―Perdone, pero no lo comprendo ―lo corté sin poder detener mi cerebro y las ideas que lo rodeaban. El señor Lars alzó una ceja y me pidió una aclaratoria para responder mis cuestionamientos. Me aclaré la garganta y respiré para darme valor―. Acaso he entendido mal…, pero… ¿me está diciendo que tengo que amamantar a un hombre sano con un problema
en las piernas a causa de un accidente, pero que, fuera de eso…
El señor Lars se rio, enredándome más.
―Señorita, el amo Caine no la quiere solo como su nodriza… ―acotó divertido, admirando mi reacción perpleja.
El corazón se me detuvo, más confundida que antes.
Pestañeé sin poder entrecerrar la boca.
―El amo Caine la quiere a usted, en su cama, como… ya sabe… ―indicó con sutileza, haciendo un gesto con la mano para recorrer mi cuerpo―. Digamos que sus servicios serían los de una enfermera especial que calmarían los deseos… impúdicos del amo Caine, lo que, por supuesto, implica darle a comer de sus pechos lactantes ―concluyó con un gesto amable que solo me hizo sentir más tensa, porque al fin sabía para lo que me contrataron.
Después de explicarme los pormenores de mi trabajo, cuestión que tardó unos minutos más en los que mis oídos pitaron y las palabras del señor Lars calaron en mi cerebro aletargado, él recibió una llamada, dejándome esos minutos para que pensara acerca de la propuesta.
Mis ojos otearon el lugar sin hacerlo, no pude distinguir ni el color de la madera, todo estaba borroso, mi respiración era superflua y estaba segura de que el pitido en los oídos provenía de mi corazón.
Me relamí los labios, sintiéndolos secos.
El amo Caine…, el hombre al que debía darle de comer de mis pechos colmados de leche… era un hombre sano, bueno, tan sano como puede estar alguien que ha perdido la movilidad casi total de sus piernas, sin embargo, eso no era suficiente para que el necesitara mi leche, y no solo eran mis pechos lo que quería.
Me agarré a sus hombros para rebotar con más fuerza sobre sus ejes erguidos que estaban llegando a lo más profundo de mis canales, con sonoros vaivenes que me levantaron los sentidos, así como sus bocas que succionaban con fuerza, deseando vaciar mis tetas que se llenaban con más frecuencia, al punto en el que podía alimentarlos a ambos y dejarlos saciados.Mi cuerpo siendo agitado por sus músculos, llevado al orgasmo una vez tras otra, con mis extremidades tensas, con los pies en puntas, pese a que mis piernas brincaban sobre sus fuertes antebrazos, y mi cuerpo era abierto por sus voluptuosidades de esa forma tan profana que me hacía estremecer por dentro, seducida con nuestra impudor, con la relación obscena en la que mi cuerpo era compartido por padre e hijo, sin distinción, porque los anhelaba a los dos con la misma intensidad, porque estaba enamorada de ellos, así como ellos de mí, al punto de que, al quedar embarazada, a ninguno de los tres nos importó saber quién era el padre d
Solo se vistió con un bóxer oscuro que no le quedaba tan apretado, pero que tampoco era flojo y que, cuando su tienda de campaña se elevó, me hizo salivar.Pero no, no tuvimos sexo en ese instante, en su lugar, me hizo darle de comer, sentada en sus piernas, en el comedor, con sus muslos sirviéndome de asiento, sus muslos grandes y musculosos que se abrieron para hacerme lugar y esa imagen de Aiden masculino, grande y dominante me hizo ronronear y besarlo.No, no me sentí culpable por serle infiel a Daniel, él seguro sabía que a esa hora su padre y yo ya nos habíamos saciado con nuestros cuerpos, al menos lo suficiente para poder bajar nuestra temperatura unos minutos antes de que la lujuria lo atacara y me hiciera descender por su cuerpo, probar su piel, sus pezones pequeños y rosados, seguir lamiendo sus cuadritos, guiada por esa V que me llevó a su camino feliz, y después a su dureza grande, dura y tirante que se agitó cuando lo metí entre mis pechos suaves y apretados que lo envol
Jadeé, palpité y me perdí en el movimiento de su pelvis, en la forma en la que estaba disfrutando de mi cavidad acuosa, caliente, que se acopló a su miembro, despacio, entrando y saliendo, creando estática entre nuestros sexos, el suyo engrosándose con la fricción y el mío estrechándose.Su mano subió y me apretó el pecho, pellizcando el pezón entre sus falanges que estiraban mi perla achocolatada.Nuestros ojos conectaron, mis gemidos casi ahogados por el sofoco de verlo tan masculino, tan fuerte, tan…Descendió por mi cuerpo, directo a comerme los labios, a nutrirse con mis jadeos. Lo envolví con mis piernas, con mis brazos, pegué mi torso al suyo y nos movimos con precisión acompasando su movimiento pélvico a mis caderas que hicieron pequeños círculos. Mi piel quemaba, su cuerpo aplastó el mío con posesión, una de sus manos me retenía y se sostenía y la otra me apretaba el muslo, la cadera, la cintura.Nos besamos con necesidad, recreándonos con los gemidos que quedaron soterrados
Temblé, mi centro hirvió, me despeiné con una mano y con la otra apreté su cabeza, podía sentirlo, podía sentir las burbujas de lava ardiente arremolinándose en mi vientre bajo, construyendo un mortal orgasmo, maniatándome al antojo del magma que iba subiendo y subiendo, a punto de hacer erupción, y entonces, se alejó, lamiendo el pezón, torturándome con su boca que me dejó pendiendo de un hilo, solo para bajar mi pantaloncito con fuerza, arrancándome la prenda por una pierna, y luego… estallé cuando su mano entró en contacto con mi sexo que hervía y caló sus dedos que se metieron en una profunda estocada en mi interior.Todo se revolvió en mi centro, el aire dejó de entrar en mi nariz, mis músculos se tensaron, mis pies se encogieron, mis manos se crisparon en su cabello y en el mío. Cerré los párpados con fuerza y mordí mi antebrazo con la cabeza ladeada antes de dejar escapar un gemido femenino que salió de lo más profundo de mi ser cuando mi interior detonó y me corrí con fuerza,
Tirité de excitación, con las piernas abiertas para darle espacio a su cuerpo grande.―N-no tiene-tienes que… ―traté de decir al ver que se quedó fijo en mis pechos inflamados, sin hacer un solo movimiento más allá de alzármelos hasta casi dejarlos en mi cuello, haciéndolos ver más hinchados y redondos, con mis clavículas enmarcando más las masas de carne grandes.Sollocé cuando pasó el pulgar por el pezón derecho y un pequeño riachuelo me mojó la piel.Inhaló hondo, su cuello se tensó, las venas de sus sienes y del cuello se abultaron y tras un largo gruñido bestial, atacó mis pechos directo al pezón.Grité entre asombrada, perturbada y excitada, corriéndome al instante en un pequeño orgasmo que me hizo llevar la mano a mi boca y morderme el dorso.Temblé, lloriqueé y me dejé llevar por su boca golosa que comenzó a succionar con fuerza, alimentándose de mi dulce néctar, gimiendo cada que un chorro salía despedido a su paladar. Sus manos en mis tetas, alzándolas para comerme con deses
Su mano subió y elevó mi pecho derecho, pesándolo. Gimió al sentir mi teta grande que ni su mano pudo cubrir.―¡Joder! ―exclamó y llevó los dedos hasta el pezón.Gemí y temblé con fuerza cuando me pinzó la perla achocolatada y la tensión en mis senos se hizo palpable, derramándose sobre su mano, empapando sus dedos y palma.―¡Qué mierda! ―prorrumpió asombrado, alzándose, dejando mi espalda y culo, al tiempo que me soltaba, para, un segundo después, girarme, sin dejar de acorralarme contra la encimera.Agitada, lo miré con las mejillas sonrojadas, avergonzada.Sus ojos descendieron de los míos hasta mis pechos. Me cubrí, me cubrí antes de que notara las manchas de leche que se extendieron por la blusa cuando me apretó el pecho y el otro no se contuvo ante tan delicioso estímulo.Aparté el rostro, realmente avergonzada como nunca lo estuve con Daniel, sabiendo que, fuera de la cama, fuera de mi relación con mi marido, nadie sabía de mi estado, de la petición extraña que hizo mi esposo,







