LOGINAdmiré el lugar con la boca entreabierta, maravillada y quieta en la entrada de la gran oficina.
Al lado derecho, estaba una sala de buen tamaño, un bar pequeño donde había diversas botellas de licor, así como lo requerido para hacer uso de estas.
Me relamí los labios y mis ojos se fueron directo al gran escritorio de madera que reinaba en la oficina, enorme, magnánimo, tan imponente que me obligó a cerrar la boca.
Tras el escritorio, una gran silla de cuero, donde un hombre de unos cincuenta años me miró divertido con mi apreciación.
Tragué saliva, nerviosa.
El hombre era interesante. Parecía rondar la cincuentena, con cabellos canos que se mezclaban con los castaños, una barba pulcra y un bigote más frondoso, al punto de cubrir el labio superior. Con los ojos pequeños que, desde la lejanía, no pude apreciar el color, pera a que me di cuenta de que conservaban un brillo juvenil. Su sonrisa se amplió al notar mi desconcierto y vergüenza.
―Por favor, entre y siéntese, señorita Salas ―indicó con amabilidad, señalándome con su mano extendida uno de los sillones de la sala.
Se paró casi al instante y tuve que seguir las indicaciones, intimidada no solo por el lugar, sino también por la elegancia de aquel hombre que exudaba confianza y madurez.
«¿Será el padre del bebé?» ―me pregunté confundida, sin decir nada, porque no sabía cómo iniciar aquella complicada entrevista.
Esperaba no tener competencia, de lo contrario, estaba segura de que no podría pagar las cuentas de ese mes, después de todo, no asistí al trabajo en la tienda de electrodomésticos, tampoco avisé, y después de salir corriendo del señor Fish, dudé que me fueran a recibir con los brazos abiertos, tampoco quería volver.
―Yo… ―traté de decir alguna frase inteligente para romper el hielo cuando él se sentó frente a mí.
―Supongo que debe tener muchas dudas ―me interrumpió y asentí, agradeciendo el gesto―. Entiendo, lo cierto es que el correo que envié ayer era muy escueto, aunque decía lo importante ―dijo con tranquilidad.
Asentí dubitativa.
―De cualquier manera, permítame extender la información, pese a que primero me gustaría hablarle de las ventajas del trabajo ―dijo con ese aire aristocrático que me hizo sentir todavía más fuera de lugar.
Escondí mis pies sentándome con las piernas cruzadas a la altura de los tobillos y las manos sobre las rodillas, recta. Esperaba que la tarea solo implicara sacarme la leche y dársela al bebé en una mamila, o algo por el estilo. No es que me molestara darle el pecho a una criatura, pero… no era mío… y eso se sentía extraño.
―Verá, no hemos considerado a nadie más para este puesto, después de todo, nos parece la persona indicada para hacerse cargo de la situación, pero entendemos que no es un trabajo normal que se ofrezca a cualquiera, por ello, antes de especificarle sus labores, me gustaría hablar sobre las ventajas. ―Me observó con gravedad, enfocado solo en mi rostro, lo que me relajó un poco. Asentí para dar pie a que siguiera explicándose―. Además de las ventajas que por ley corresponden, gozaría usted de grandes beneficios, desde un pago cuantioso que asciende al doble de lo que se le pagó por el experimento al mes…
―¿Perdón? ―lo interrumpí anonadada al pensar en la cantidad de dinero que eso significaba, ya que el experimento me lo remuneraron muy bien.
El señor Lars sonrió con amabilidad.
―Además ―continuó como si la pregunta no existiera porque supo que era más una exclamación que un cuestionamiento real―, de aceptar, tendría que mudarse a la mansión, al final el trabajo es a demanda, lo que significa que, si por la noche sus servicios son requeridos, debe estar dispuesta a cumplir. Por lo cual, será dotada de todo lo necesario para ejercer con su labor, desde la vestimenta apropiada hasta otras cosas que pueda necesitar… ―dejó la frase inconclusa para que pudiera interpretar entrelíneas.
Asentí como si entendiera, pese a que estaba rendida a cumplir con la labor desde que mencionó la paga. Era mucho más de lo que ganaba en ambos empleos, ¿cómo podía rechazar un trabajo así? Además, no iba a tener que pagar el alquiler que, pese a que no era una suma cuantiosa, era más dinero para mantener a León dentro del hospital. Podría respirar, al menos no me tendría que preocupar por el dinero y, cuidar de un bebé, hacer de su nodriza, no sería tan difícil como quitarme de encima al señor Fish, lidiar con los clientes maleducados, con los que llegaban a reclamar gritando, o llegar al restaurante por la tarde-noche a sonreírle y tratar de que los hombres que acudían al restaurante no quisieran tocarme de forma inapropiada o con los que renegaran de cualquier cosa del servicio ante la mínima oportunidad.
Inhalé profundo, realmente interesada en el trabajo. Lo necesitaba, ya no solo era cuestión de poder respirar con algo más de libertad, de dejar que la sujeción que me encadenaba al dinero se estirara, sino que, estaba segura de que no podía ser tan malo como todo lo demás.
El señor Lars admiró mi expresión y una sonrisa difícil de descifrar extendió sus labios, remarcando más su bigote poblado. Sus ojos brillaron, advirtiendo que me tenía ganada.
Tragué saliva. La sensación me puso el vello como escarpia, sin embargo, en ese punto estaba dispuesta a cumplir con cualquier tarea. ¿Quería que amamantara al bebé directo del pezón?, lo haría, sin dudar. ¿Quería que cambiara pañales apestosos?, ¡oh, Dios!, los cambiaría, de cualquier forma, desde que comencé a trabajar con el señor Fish mi olfato quedó dañado y no detectaba los aromas desagradables, porque mi exjefe apestaba como su apellido, un hedor espantoso lo cubría, por suerte para la empresa, rara vez lidiaba con los clientes, de lo contrario, hubieran quebrado tiempo atrás. ¿Quería que ayudara con la crianza del pequeño?, lo iba a hacer. No tenía idea de cómo cuidar a un bebé, pero no me importaba, nada me importaba en ese punto, solo quería el dinero y una o dos horas más de sueño.
―Bueno, llegados a este punto ―dijo dudoso, pese a que sus ojos seguían brillando―, debo hacerla firmar un acuerdo de confidencialidad.
―¿Perdón? ―consulté perpleja, sin comprender lo que me quería decir y una punzada de dolor me hizo pulsar los pechos que tenía cargados y bien cubiertos para que no se notara por si acaso no llegaba a tiempo para amamantar al bebé antes de convertirme en una fuente de leche materna.
Me agarré a sus hombros para rebotar con más fuerza sobre sus ejes erguidos que estaban llegando a lo más profundo de mis canales, con sonoros vaivenes que me levantaron los sentidos, así como sus bocas que succionaban con fuerza, deseando vaciar mis tetas que se llenaban con más frecuencia, al punto en el que podía alimentarlos a ambos y dejarlos saciados.Mi cuerpo siendo agitado por sus músculos, llevado al orgasmo una vez tras otra, con mis extremidades tensas, con los pies en puntas, pese a que mis piernas brincaban sobre sus fuertes antebrazos, y mi cuerpo era abierto por sus voluptuosidades de esa forma tan profana que me hacía estremecer por dentro, seducida con nuestra impudor, con la relación obscena en la que mi cuerpo era compartido por padre e hijo, sin distinción, porque los anhelaba a los dos con la misma intensidad, porque estaba enamorada de ellos, así como ellos de mí, al punto de que, al quedar embarazada, a ninguno de los tres nos importó saber quién era el padre d
Solo se vistió con un bóxer oscuro que no le quedaba tan apretado, pero que tampoco era flojo y que, cuando su tienda de campaña se elevó, me hizo salivar.Pero no, no tuvimos sexo en ese instante, en su lugar, me hizo darle de comer, sentada en sus piernas, en el comedor, con sus muslos sirviéndome de asiento, sus muslos grandes y musculosos que se abrieron para hacerme lugar y esa imagen de Aiden masculino, grande y dominante me hizo ronronear y besarlo.No, no me sentí culpable por serle infiel a Daniel, él seguro sabía que a esa hora su padre y yo ya nos habíamos saciado con nuestros cuerpos, al menos lo suficiente para poder bajar nuestra temperatura unos minutos antes de que la lujuria lo atacara y me hiciera descender por su cuerpo, probar su piel, sus pezones pequeños y rosados, seguir lamiendo sus cuadritos, guiada por esa V que me llevó a su camino feliz, y después a su dureza grande, dura y tirante que se agitó cuando lo metí entre mis pechos suaves y apretados que lo envol
Jadeé, palpité y me perdí en el movimiento de su pelvis, en la forma en la que estaba disfrutando de mi cavidad acuosa, caliente, que se acopló a su miembro, despacio, entrando y saliendo, creando estática entre nuestros sexos, el suyo engrosándose con la fricción y el mío estrechándose.Su mano subió y me apretó el pecho, pellizcando el pezón entre sus falanges que estiraban mi perla achocolatada.Nuestros ojos conectaron, mis gemidos casi ahogados por el sofoco de verlo tan masculino, tan fuerte, tan…Descendió por mi cuerpo, directo a comerme los labios, a nutrirse con mis jadeos. Lo envolví con mis piernas, con mis brazos, pegué mi torso al suyo y nos movimos con precisión acompasando su movimiento pélvico a mis caderas que hicieron pequeños círculos. Mi piel quemaba, su cuerpo aplastó el mío con posesión, una de sus manos me retenía y se sostenía y la otra me apretaba el muslo, la cadera, la cintura.Nos besamos con necesidad, recreándonos con los gemidos que quedaron soterrados
Temblé, mi centro hirvió, me despeiné con una mano y con la otra apreté su cabeza, podía sentirlo, podía sentir las burbujas de lava ardiente arremolinándose en mi vientre bajo, construyendo un mortal orgasmo, maniatándome al antojo del magma que iba subiendo y subiendo, a punto de hacer erupción, y entonces, se alejó, lamiendo el pezón, torturándome con su boca que me dejó pendiendo de un hilo, solo para bajar mi pantaloncito con fuerza, arrancándome la prenda por una pierna, y luego… estallé cuando su mano entró en contacto con mi sexo que hervía y caló sus dedos que se metieron en una profunda estocada en mi interior.Todo se revolvió en mi centro, el aire dejó de entrar en mi nariz, mis músculos se tensaron, mis pies se encogieron, mis manos se crisparon en su cabello y en el mío. Cerré los párpados con fuerza y mordí mi antebrazo con la cabeza ladeada antes de dejar escapar un gemido femenino que salió de lo más profundo de mi ser cuando mi interior detonó y me corrí con fuerza,
Tirité de excitación, con las piernas abiertas para darle espacio a su cuerpo grande.―N-no tiene-tienes que… ―traté de decir al ver que se quedó fijo en mis pechos inflamados, sin hacer un solo movimiento más allá de alzármelos hasta casi dejarlos en mi cuello, haciéndolos ver más hinchados y redondos, con mis clavículas enmarcando más las masas de carne grandes.Sollocé cuando pasó el pulgar por el pezón derecho y un pequeño riachuelo me mojó la piel.Inhaló hondo, su cuello se tensó, las venas de sus sienes y del cuello se abultaron y tras un largo gruñido bestial, atacó mis pechos directo al pezón.Grité entre asombrada, perturbada y excitada, corriéndome al instante en un pequeño orgasmo que me hizo llevar la mano a mi boca y morderme el dorso.Temblé, lloriqueé y me dejé llevar por su boca golosa que comenzó a succionar con fuerza, alimentándose de mi dulce néctar, gimiendo cada que un chorro salía despedido a su paladar. Sus manos en mis tetas, alzándolas para comerme con deses
Su mano subió y elevó mi pecho derecho, pesándolo. Gimió al sentir mi teta grande que ni su mano pudo cubrir.―¡Joder! ―exclamó y llevó los dedos hasta el pezón.Gemí y temblé con fuerza cuando me pinzó la perla achocolatada y la tensión en mis senos se hizo palpable, derramándose sobre su mano, empapando sus dedos y palma.―¡Qué mierda! ―prorrumpió asombrado, alzándose, dejando mi espalda y culo, al tiempo que me soltaba, para, un segundo después, girarme, sin dejar de acorralarme contra la encimera.Agitada, lo miré con las mejillas sonrojadas, avergonzada.Sus ojos descendieron de los míos hasta mis pechos. Me cubrí, me cubrí antes de que notara las manchas de leche que se extendieron por la blusa cuando me apretó el pecho y el otro no se contuvo ante tan delicioso estímulo.Aparté el rostro, realmente avergonzada como nunca lo estuve con Daniel, sabiendo que, fuera de la cama, fuera de mi relación con mi marido, nadie sabía de mi estado, de la petición extraña que hizo mi esposo,







