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Capitulo 4

Autor: L. Alejandra
last update Data de publicação: 2022-05-22 10:19:30

La puerta giratoria del hotel me devolvió al mundo real, pero mis pies no obedecían a la lógica de volver a mi habitación. Cada paso que daba hacia el ascensor me sentía como si estuviera caminando hacia un cadalso. La idea de encerrarme entre esas cuatro paredes, con el eco de la voz de Parker resonando en mi mente y el peso de mi vida perfecta presionándome el pecho, me resultó insoportable.

Me di la vuelta antes de llegar a la recepción. Salí corriendo.

No me importó el sonido de mis tacones golpeando el pavimento, ni que mi abrigo se abriera con el movimiento brusco. La lluvia había vuelto a comenzar, una cortina fina y helada que envolvía Barcelona en un sudario de melancolía. Corrí sin un destino fijo, huyendo de las expectativas, huyendo de la mujer que se suponía que debía ser. Mis pulmones ardían y mis ojos estaban nublados por las lágrimas que, por fin, me permitía derramar.

Llegué a una de las avenidas principales, una arteria vacía a esa hora de la madrugada. El pavimento brillaba como un espejo negro bajo las farolas. Y allí, en el centro de la nada, lo vi.

James estaba de pie, en medio de la calle, con las manos hundidas en los bolsillos de su chaqueta de cuero. Parecía un espectro salido de una de sus propias canciones, imperturbable ante el diluvio. Cuando me escuchó llegar —mis jadeos eran el único sonido en la calle—, giró lentamente sobre sus talones. No parecía sorprendido de verme. Como si el destino, en su cruel y maravillosa forma, hubiera dictado que nuestros caminos debían colisionar precisamente allí.

—¿Charlotte? —su voz llegó a mis oídos, baja y firme, atravesando el ruido de la lluvia.

Corrí los últimos metros, sintiendo que cada paso rompía un eslabón más de las cadenas que yo misma me había puesto. Me detuve a escasos centímetros de él, empapada, con el cabello pegado a la cara y los labios temblando. Él no se movió, solo me observó con esa intensidad que me desarmaba, como si estuviera leyendo mi alma a través de la tormenta.

—No puedo… —comencé a decir, mis palabras fragmentadas por el llanto—. No puedo silenciarlas, James. Las voces… las voces de mi padre, de Parker, de todas esas personas que esperan que sea perfecta. Me están gritando todo el tiempo qué debo hacer, qué debo decir, con quién debo casarme… me están volviendo loca. Ayúdame a callarlas. Por favor, solo ayúdame a que se detengan.

El silencio que siguió fue más pesado que la lluvia. James dio un paso hacia adelante. Su rostro estaba mojado, las gotas de agua resbalando por su mandíbula afilada. Sus ojos, profundos y oscuros, no mostraban lástima, sino una comprensión que me dolió más que cualquier insulto.

—¿Quieres callarlas? —preguntó, su voz un susurro ronco.

Asentí, incapaz de articular palabra, sintiéndome pequeña y rota bajo el cielo de Barcelona.

James levantó una mano y, con una lentitud deliberada, retiró un mechón de pelo húmedo de mi frente. Su tacto fue eléctrico, un ancla en medio de mi naufragio. No hubo promesas, no hubo preguntas sobre mi futuro, no hubo juramentos de "siempre" o "nunca". Solo estábamos nosotros, dos extraños en una ciudad que no nos pertenecía, en un momento que no tenía derecho a existir.

Se inclinó hacia mí, acortando el espacio hasta que nuestras respiraciones se mezclaron. Cuando sus labios tocaron los míos, el mundo exterior desapareció por completo. No fue un beso suave; fue una rendición. Fue una necesidad salvaje de comprobar que todavía estaba viva, de llenar el vacío que mi vida de lujos y mentiras había dejado en mi interior.

Sus manos se enredaron en mi cabello, atrayéndome hacia él con una urgencia que me hizo soltar un gemido. Respondí con la misma intensidad, dejando que mis manos se aferraran a su chaqueta de cuero, aferrándome a él como si fuera la única superficie sólida en un mar de incertidumbre. En ese beso, no había espacio para los Sinclair, ni para los Kensington, ni para los contratos navieros. No existía el ayer, esa carga insoportable de errores acumulados, ni existía el mañana, ese terreno pantanoso donde mi matrimonio me esperaba como una sentencia.

Solo existía el ahora.

James me separó apenas unos milímetros, sus labios rozando los míos, su respiración agitada golpeando mi piel. Sus ojos me buscaron con una intensidad que me hizo temblar.

—Olvida el resto —murmuró contra mis labios—. No me importa quién eres allá fuera. No me importa el hombre al que perteneces o las vidas que se supone que debes vivir. Ahora mismo, aquí, bajo esta lluvia, solo existimos nosotros dos.

Su boca volvió a encontrar la mía, y esta vez, el beso se profundizó, cargado de una electricidad que me recorrió hasta los huesos. Me besó con la ferocidad de alguien que sabe que el tiempo es limitado, alguien que entiende que el destino es un juego que no siempre se puede ganar, pero que vale la pena jugar hasta el final.

Me dejé llevar. Me dejé ser esa mujer que no pedía permiso, que no pedía perdón. Bajo la lluvia que nos empapaba, dejamos que el resto del mundo se desvaneciera. Las voces en mi cabeza, esas que me dictaban cómo caminar, qué pensar y a quién amar, se silenciaron de repente, ahogadas por el sonido de su respiración y el golpeteo del agua contra nuestras ropas.

No hubo promesas de amor eterno, porque ambos sabíamos que la realidad estaba esperando al otro lado de la esquina. Pero, en ese momento, no las necesitábamos. El "ahora" era suficiente. Era un refugio momentáneo, una pequeña tregua en medio de la guerra que yo libraba conmigo misma.

James me rodeó con sus brazos, protegiéndome contra su cuerpo sólido y cálido, desafiando el frío de la noche barcelonesa. Me sentí contenida, vista por primera vez en años por alguien que no buscaba nada de mí, que no esperaba que fuera un adorno en su vida. Solo buscaba que fuera yo, en toda mi imperfección y en toda mi desesperación.

Nos besamos hasta que nos faltó el aire, hasta que nuestras manos, entrelazadas y frías, fueron lo único que nos mantuvo conectados a la tierra. Y por un instante glorioso, fui libre. Libre de las ataduras, libre de la etiqueta, libre de la mujer que el mundo decía que era.

Cuando finalmente nos separamos, ambos estábamos jadeando, mirándonos bajo la luz mortecina de una farola. No hablamos del futuro. No hablamos de lo que pasaría al amanecer. James me mantuvo cerca, su frente apoyada contra la mía, mientras la lluvia seguía cayendo sobre nosotros. Éramos dos náufragos que habían encontrado una balsa en medio del océano, sin saber que, más temprano que tarde, la corriente nos arrastraría a lugares que nunca habríamos elegido, pero que, irremediablemente, estábamos destinados a explorar.

—Gracias —murmuré, con la voz apenas audible.

—No me des las gracias —respondió él, con una sonrisa que no llegó a sus ojos, pero que llenó el espacio entre nosotros—. Solo siente esto. Solo vive esto.

Me aferré a él una vez más, sabiendo que, aunque mañana tuviera que volver a ser la prometida de Parker Kensington, una parte de mí se quedaría para siempre en esta calle de Barcelona, bajo la lluvia, en los brazos de un hombre que me enseñó, con un solo beso, que las voces, a veces, pueden callarse si tienes el valor de dejar de escucharlas.

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