LOGINTres años de mentiras. Un reencuentro que lo cambiará todo. Charlotte Sinclair lo tiene todo: un apellido que impone respeto, una vida de lujos inalcanzables y un matrimonio perfecto con Parker Kensington, el hombre más influyente de la ciudad. Sin embargo, su vida es una fachada de cristal a punto de estallar. Charlotte guarda un secreto que no figura en los contratos sociales de su familia: un verano en Barcelona, una pasión prohibida y un pacto de silencio con James Caldwell, el hombre que le enseñó que, detrás de su impecable fachada, ella estaba viva. Ella juró que aquello se quedaría en el olvido, pero el destino, en su forma más cruel, decide devolverle las piezas de su pasado. James regresa a su vida no solo como un fantasma, sino como su nuevo jefe, con la mirada intacta y una determinación que amenaza con derribar el mundo que ella se ha construido. Atrapada en un triángulo donde el deber choca contra un deseo que no ha dejado de arder, Charlotte se verá obligada a decidir: ¿Cuánto tiempo puede sostener una vida basada en la mentira? ¿Puede el destino ser tan caprichoso como para obligarla a elegir entre la seguridad de un imperio y el fuego de un amor que nunca debió existir? Tres años después, las cenizas vuelven a arder. El contrato está a punto de romperse.
View MoreEl suave roce del cuero contra mis dedos al cerrar el libro me devolvió al presente, al silencio apacible de la biblioteca donde la luz de la tarde se filtraba con un tono dorado, casi irreal. Dejé el ejemplar sobre la mesa, con su portada personalizada, esa en la que Ross y Charlotte habían plasmado tanto de nuestra existencia: las pesadillas, la tortura psicológica, el juego de poder, y finalmente, la rendición. Una mezcla de ficción y realidad que servía como el testamento de un infierno que, afortunadamente, ya solo vivía entre sus páginas.Me recosté contra el respaldo, sintiendo el peso de los años que habían pasado, y extendí el brazo para atraer a Charlotte hacia mí. Ella se acomodó en mi regazo con esa familiaridad absoluta que solo da el haber sobrevivido juntos a lo impensable.—¿Tienes alguna fantasía con tu ex, Charlotte? —le pregunté, bajando la voz hasta un susurro juguetón, mientras mis dedos trazaban círculos lentos en su cintura.Ella soltó una carcajada cristalina,
El aire en el despacho de los Kensington era tan denso que parecía sólido. Mi mano reposaba sobre la empuñadura de la puerta, pero mis ojos no se apartaban de la figura que tenía frente a mí. Charlotte estaba de pie, inamovible, frente a su padre. El hombre, cuya sola mención había sido durante años sinónimo de terror y cadenas, ahora parecía un animal acorralado en su propia arrogancia. Pero no era el miedo lo que emanaba de Charlotte; era una calma gélida, una determinación que nunca antes había visto en ella. Había dejado atrás a la mujer quebrada y a la sombra vengativa. Ahora, frente a nosotros, estaba la mujer que había aceptado su totalidad.Parker estaba a mi lado, sus músculos tensos, una presencia física que servía como el muro que cerraba cualquier ruta de escape para el viejo.—Se acabó, padre —dijo Charlotte. Su voz no tembló—. Ya no hay chantajes. Ya no hay secretos que esconder bajo la alfombra. Todo lo que intentaste usar para destruirme, todo lo que manipulaste desde
La quietud en la estancia era absoluta, casi sepulcral. Me encontraba en la penumbra del salón, de pie junto a uno de los ventanales que daban hacia los jardines traseros, observando cómo la luz de la luna bañaba los muebles de roble. La mansión, que siempre había sido un monumento a mi éxito y mi control, ahora me parecía una prisión de cristal.En el suelo, apoyado contra la base del sofá de terciopelo, estaba James. La luz azulada de la pantalla de su computadora portátil iluminaba su rostro, marcando cada línea de tensión, cada rastro de una vigilia que ya duraba demasiadas horas. A unos centímetros de él, sobre el sofá, Charlotte dormía. Tenía a Emma acurrucada en sus brazos; ambas eran una imagen de paz que contrastaba violentamente con la tormenta que estábamos viviendo. El pecho de Charlotte subía y bajaba con lentitud, y Emma emitía pequeños sonidos guturales mientras soñaba, ajenas a que el aire que respiraban estaba viciado por verdades que apenas empezábamos a desenterrar.
El aire en la mansión se sentía como si estuviera cargado de estática, una electricidad que anunciaba una tormenta que habíamos estado posponiendo durante demasiado tiempo. En el jardín, podía escuchar las risas distantes de la familia de James mientras jugaban con Emma. Era un sonido ajeno, una melodía de normalidad que contrastaba brutalmente con el infierno que ardía en el interior de Charlotte.Ella estaba en el despacho, sola. Cuando entré, junto a James, la escena me detuvo en seco. Charlotte estaba sentada en el suelo, rodeada de documentos, fotos de su infancia y los informes que habíamos obtenido. No era Charlotte, pero tampoco era Ross. Había algo más, una fusión aterradora y dolorosa, una consciencia que se estaba fracturando y uniendo al mismo tiempo. Estaba llorando, un llanto seco, profundo, que parecía arrancar las entrañas de su propia existencia.—Sé lo que hicieron —dijo, sin levantar la vista. Su voz era una mezcla de sus dos tonos, una sintonía extraña—. Sé lo que
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